Ya dije en el pos anterior que me había dejado algunos flecos por comentar sobre El criterio, la obra del teólogo, apologista y filósofo catalán Jaime Balmes.
Al principio del libro, Balmes distingue entre posible e imposible, probable e improbable. El ejemplo es parecido a este otro que seguro que habréis escuchado alguna vez. ¿Podría un chimpancé escribir El Quijote si picara al azar sobre las teclas de un ordenador? Alguien razonará que si se diera el tiempo suficiente, podría llegar a suceder. O sea que es posible pero muy improbable. Es cierto, pero es tan altísimamente improbable que podemos decir, en la práctica, y sin riesgo a equivocarnos, que es imposible que jamás se dé tal azar en lo que queda de vida del Universo. En su ejemplo, no hay mono, hay letras de una imprenta lanzadas al azar para que se componga una página.
Khrishnamurti, el filósofo y espiritualista oriental, otorga muchísima importancia al error que supone dividir la mente entre el pensador y lo pensado. Dice que de este desdoblamiento nacen muchos de nuestros sufrimientos. Siempre había mantenido yo, que el pensamiento y el yo –aquello que percibe dentro de nosotros- eran entidades diferentes. A Balmes estas disputas le traen sin cuidado: “(…) por cierto que para pensar bien no es necesario saber si la idea es distinta de la percepción o no”. Más adelante publicaré una entrada sobre esto que ya tengo escrita.
Denuncia Balmes el peligro del excesivo análisis; el hecho de que, al descomponer una realidad en muchas caras para estudiar cada una de ellas por separado y entender mejor la realidad, nos olvidemos que esa faceta interactúa con el resto, forma parte de un conjunto y, en consecuencia, neglijamos el sentido global. Aquí se contradice un poco con su oposición al estudio holístico.
Balmes señala el riesgo de confundir a una persona experta en cualquier área del saber con un “oráculo infalible”. Los humanos, seamos quienes seamos, fallamos. Solo Dios, no yerra, zanja.
Sobre la amistad. ¿Por qué transformamos un amigo en un monstruo? “Las pasiones nos ciegan”. Cierto. El amor, la ira, la euforia suelen distorsionar la percepción. Un amigo del alma un día nos desaira por una nimiedad, nos niega un favor, nos recibe con frialdad o nos responde de malas maneras, ilustra el filósofo. Desde entonces lo juzgamos de otra manera, “el lance que nos afecta ha descorrido el velo, nos ha sacado de la ilusión; y fortuna si el hombre modelo no se ha trocado de repente en un monstruo”. Pero el problema, aduce Balmes, es que nuestro afecto anterior no nos dejaba ver sus máculas, y el enfado actual las exagera. No juzga la razón, sino el corazón herido.
¿Qué es lo correcto? A veces no es fácil responder a esto. Según Balmes, el ser humano y la sociedad siempre sabrán qué es lo correcto: “No hay fuerzas que basten a apagar la antorcha de la moral ni en el individuo ni en la sociedad; en el individuo sobreviene a todos los crímenes, en la sociedad resplandece aun después de los mayores trastornos; en el individuo culpable reclama sus derechos con la voz del remordimiento, en la sociedad por medio de elocuentes protestas y de ejemplos heroicos”. Para dormir tranquilo, intento seguir la misma idea que se expresa en este fragmento del poema Desiderata, de Max Ehrman: “(…) sean cuales sean tus afanes y aspiraciones, en la ruidosa confusión de la vida, conserva la paz con tu propia alma”. Quizás la más poderosa guía de conducta sea la vida, o la filosofía de Nietzsche del eterno retorno.
¿Han leído Los 7 hábitos de las personas altamente efectivas, de Stephen R. Covey? El autor habla de la contradependencia, una conducta errónea que muchos emplean para parecer independientes hacia otra persona. Una manera de creer que mostramos independencia de conducta y parecer, de singularizarnos como personas, consistente en llevar la contraria como sistema. Pues esto mismo defiende Balmes de algunas personas y lo achaca no al intelecto, sino al orgullo. Me llama la atención cómo las mismas ideas o parecidas se repiten en unos autores y otros.
Sexagésimo primer día de confinamiento.
Al principio del libro, Balmes distingue entre posible e imposible, probable e improbable. El ejemplo es parecido a este otro que seguro que habréis escuchado alguna vez. ¿Podría un chimpancé escribir El Quijote si picara al azar sobre las teclas de un ordenador? Alguien razonará que si se diera el tiempo suficiente, podría llegar a suceder. O sea que es posible pero muy improbable. Es cierto, pero es tan altísimamente improbable que podemos decir, en la práctica, y sin riesgo a equivocarnos, que es imposible que jamás se dé tal azar en lo que queda de vida del Universo. En su ejemplo, no hay mono, hay letras de una imprenta lanzadas al azar para que se componga una página.
Khrishnamurti, el filósofo y espiritualista oriental, otorga muchísima importancia al error que supone dividir la mente entre el pensador y lo pensado. Dice que de este desdoblamiento nacen muchos de nuestros sufrimientos. Siempre había mantenido yo, que el pensamiento y el yo –aquello que percibe dentro de nosotros- eran entidades diferentes. A Balmes estas disputas le traen sin cuidado: “(…) por cierto que para pensar bien no es necesario saber si la idea es distinta de la percepción o no”. Más adelante publicaré una entrada sobre esto que ya tengo escrita.
Denuncia Balmes el peligro del excesivo análisis; el hecho de que, al descomponer una realidad en muchas caras para estudiar cada una de ellas por separado y entender mejor la realidad, nos olvidemos que esa faceta interactúa con el resto, forma parte de un conjunto y, en consecuencia, neglijamos el sentido global. Aquí se contradice un poco con su oposición al estudio holístico.
Balmes señala el riesgo de confundir a una persona experta en cualquier área del saber con un “oráculo infalible”. Los humanos, seamos quienes seamos, fallamos. Solo Dios, no yerra, zanja.
Sobre la amistad. ¿Por qué transformamos un amigo en un monstruo? “Las pasiones nos ciegan”. Cierto. El amor, la ira, la euforia suelen distorsionar la percepción. Un amigo del alma un día nos desaira por una nimiedad, nos niega un favor, nos recibe con frialdad o nos responde de malas maneras, ilustra el filósofo. Desde entonces lo juzgamos de otra manera, “el lance que nos afecta ha descorrido el velo, nos ha sacado de la ilusión; y fortuna si el hombre modelo no se ha trocado de repente en un monstruo”. Pero el problema, aduce Balmes, es que nuestro afecto anterior no nos dejaba ver sus máculas, y el enfado actual las exagera. No juzga la razón, sino el corazón herido.
¿Qué es lo correcto? A veces no es fácil responder a esto. Según Balmes, el ser humano y la sociedad siempre sabrán qué es lo correcto: “No hay fuerzas que basten a apagar la antorcha de la moral ni en el individuo ni en la sociedad; en el individuo sobreviene a todos los crímenes, en la sociedad resplandece aun después de los mayores trastornos; en el individuo culpable reclama sus derechos con la voz del remordimiento, en la sociedad por medio de elocuentes protestas y de ejemplos heroicos”. Para dormir tranquilo, intento seguir la misma idea que se expresa en este fragmento del poema Desiderata, de Max Ehrman: “(…) sean cuales sean tus afanes y aspiraciones, en la ruidosa confusión de la vida, conserva la paz con tu propia alma”. Quizás la más poderosa guía de conducta sea la vida, o la filosofía de Nietzsche del eterno retorno.
¿Han leído Los 7 hábitos de las personas altamente efectivas, de Stephen R. Covey? El autor habla de la contradependencia, una conducta errónea que muchos emplean para parecer independientes hacia otra persona. Una manera de creer que mostramos independencia de conducta y parecer, de singularizarnos como personas, consistente en llevar la contraria como sistema. Pues esto mismo defiende Balmes de algunas personas y lo achaca no al intelecto, sino al orgullo. Me llama la atención cómo las mismas ideas o parecidas se repiten en unos autores y otros.
Sexagésimo primer día de confinamiento.
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