Seguro que usted ha visto a muchos. Y según su sensibilidad y precaución se habrá dado más o menos cuenta. Dejan su estela de baba allá por donde pasan. Haylos en los comercios, deambulando por los supermercados, comiendo en el metro o en espacios públicos cerrados. Son seres especiales. Inmunes. Listos. Adolescentes. Jóvenes. Mayores. Hombres. Mujeres. Garrulos, aunque se crean de modales exquisitos. Son los primeros que pondrán el grito en el cielo cuando sobrevenga una segunda oleada del coronavirus. Y, entonces, ya no recordarán que se quitaban la mascarilla en los supermercados, a modo de sostenedor de barbilla, que devoraban bocadillos en el metro, que jugaban a petanca tan panchos, que paseaban en cuadrillas sin rastro de protección facial, que dejaban al aire la naricilla en el autobús. Pero sí, criticarán a diestro y siniestro.
Y si no hay segunda oleada, no será por ellos, sino a pesar de ellos.
Y si no hay segunda oleada, no será por ellos, sino a pesar de ellos.
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