Lo que más me sorprende cuando leo Recuerdos, sueños, pensamientos es el parecido que le encuentro a la tesis de kierkegaard en Estética y ética. A Jung le importa poco el mundo finito, solo le parecen decisivos los sucesos de la vida en los que “el mundo inmutable incide en el mutable”. “El destino quiere ahora –como siempre ha querido- que, en mi vida, lo externo sea accidental, y solo lo interno rija como sustancial y determinante”, así se dirige a un amigo a propósito de escribir su autobiografía. No sé si el psiquiatra suizo leyó alguna vez al teólogo danés, pero en mi opinión tratan de lo mismo, cada uno de ellos con su lenguaje y bajo su experiencia. Hay pasajes de pensamientos calcados:
En la búsqueda de uno mismo, Jung coincide con Nietzsche en que antes de zambullirse en uno mismo muchos prefieren la conducta gregaria, que no levanta más que obstáculos en el camino, aunque se conviertan también en refugios en la tormenta de la vida. Si se sortea el desliz, cada persona camina sola allende la sociedad, en sí mismo: “Allí tampoco existen leyes para el caso de que se encuentre en situaciones imprevistas, por ejemplo, un conflicto de deberes, que no se puede solventar fácilmente”.
Según Jung, la mayoría de sus pacientes eran personas que habían perdido la fe, trataba con “ovejas descarriadas”. Me pregunto si en la actualidad existirá algún estudio al respecto. A ver si al final el psicólogo se ha convertido de veras en el nuevo portador del alzacuellos. Para el psiquiatra suizo, muchos neuróticos –en desacuerdo consigo mismos, insatisfechos- lo son debido a su incapacidad para vincularse a las ciencias, al mundo externo, y no soportan –desesperan, que diría otro- una vez han abandonado el mito que les unía a la naturaleza. Para Jung, a más prevalencia del raciocinio, mayor empobrecimiento de la vida; a más mitos comprendidos, más vida integrada. Sobre la utilidad del mito como cura y base del bienestar, argumenta:
Encontrase a uno mismo, esta es la clave de una existencia lograda, auténtica, real, para Jung. La única que consigue satisfacerle. Y no vale intelectualizar, hay que vivir cada uno de y según su organismo. El médico huyó durante toda la vida de las recetas y los caminos que otros aportaran o transitaran –de ahí, en parte, su ruptura con Freud-, necesitaba experimentarse a sí mismo, conocerse en lo más profundo. Para Jung, el conocimiento estaba por encima de todo, para Freud, según relata Jung, no. Cuenta como al pedirle a Freud que le diera más detalles sobre su vida para interpretar mejor un sueño, el padre del psicoanálisis le respondió: “El caso es que no puedo arriesgar mi autoridad”. Aquella frase supuso el principio del fin de la relación. Jung discrepa con Freud en cuanto a la interpretación de los sueños. El primero no veía intención engañosa alguna en los sueños, mientras que el segundo los consideraba una fachada levantada bajo el peso de la represión que ejerce la consciencia, del superyó, y que era realmente tras las imágenes superficiales donde se esconde el significado del sueño. Jung, sin embargo, afirma: “No veía motivos para suponer que los estados de consciencia se extiendan también a los procesos naturales del inconsciente”. Pero, digo yo, ¿si recordamos los sueños no será porque ya han viajado al consciente, o, de hecho, son creaciones conscientes, de una consciencia mermada?
A raíz de esta empresa personal, surgió la propuesta del inconsciente colectivo y toda su teoría psicológica. Para Jung el inconsciente era tan real como cualquier realidad cotidiana, más incluso:
A veces me he imaginado al ser humano como un órgano reproductor tal que la flor de un árbol. En una hipotética quinta dimensión los humanos seríamos como unos gusanos retorciéndonos, juntándonos unos con otros, procreando nuevos y, finalmente, sucumbiendo. Pero, al fin y al cabo, todos físicamente unidos, solo que a través del genoma. (Quizás seamos un gran rizoma, pensado en Deleuze, y no sé si este pensó en Jung). Jung explica que algo permanece de este modo:
De nuevo, leo a Kierkegaard en Jung, a ver si es que ambos no hacen más que contemplar lo mismo, uno llamándole ética, el otro, inconsciente colectivo:
Siempre había imaginado el inconsciente como una habitación oscura y la consciencia como una fuerza que engulle ingentes cantidades de energía para mantener la atención en una parte iluminada de la sala al modo de un haz de una linterna, pero una vez alumbrando una sección del habitáculo y otras, otra. Jung considera que el inconsciente es una entidad separada del consciente y si se juntan sin más la integridad de la persona corre peligro. Por eso, bajo su experiencia, es mejor aislarla personificándola para ponerla en contacto con el yo consciente. Otro peligro es dejarse asombrar por las imágenes que emergen del inconsciente sin tratar de comprenderlas ni de extraer consecuencias morales, que es lo que según él casi siempre se descuida: “La no-comprensión, así como la carencia de obligación moral, arrebatan a la existencia su integridad y otorgan a muchas vidas individuales el penoso carácter fragmentario”. Jung sabe que no puede (de)mostrar qué resulta de la integración de contenidos inconscientes a la consciencia –“se trata de una cuestión indiscutiblemente subjetiva”-, pero lo considera “un hecho práctico muy importante y rico en consecuencias, que en todo caso es raro que sea pasado por alto por los psicoterapeutas y por los psicólogos interesados en la terapéutica”. En la terapia Jung insta a conocer más allá de la consciencia, “y si durante el tratamiento se llega a inusitadas decisiones se presentan sueños cuyo significado exige algo más que reminiscencias personales”.
¿Mi mente está conformada por miles de pensamientos, ideas y creencias ancestrales, inconscientes para mí, pero existentes, que hemos heredado los humanos desde la noche de los tiempos, más allá incluso de la existencia del homo sapiens, hasta los mismísimos orígenes de la vida? Podría parecer una locura. Pero quién sabe. Muchos genes no se sabe para qué sirven, incluso algunos que hasta ahora parecían sin función resulta que la tienen, aunque no sea para transportar memoria inconsciente. Pero podría haberlos que sí. Y aunque cueste creer que en un puñado de genes se guarden ingentes cantidades de información, recordemos que en realidad la vida es un continuo; aunque creamos que la vida aparece en cada concepción, no es así, somos “meros” transportadores de genes, como apuntaba Richard Dawkins. Además, si los humanos podemos almacenar información en dispositivos cada vez más microscópicos, quién nos dice que la naturaleza no lo haya conseguido ya desde hace eones. En fin, todo esto no son más que especulaciones, no aporto, claro está, ninguna prueba. Además, ¿para qué nos serviría tal información si no la podemos disponer de manera consciente? Es más, ¿por qué no recordamos sucesos concretos de nuestros ancestros directos? La vida, si sigue el principio de selección natural, conserva aquello estable, aquello que mejor se adapta a la naturaleza, lo que le sirve para la supervivencia. ¿Para qué conservar esquemas, creencias, arquetipos, de los que no podemos disponer de manera consciente y que, por lo tanto, a veces nos pueden perjudicar?
Cuenta Jung en uno de sus viajes por México que habló con un indio que le decía lo crueles que le parecían los blancos:
En cuanto a la muerte, el psiquiatra suizo asevera: “Si aceptamos que «allí» prosigue la vida, no podemos imaginarnos otra existencia que la psíquica; pues la vida de la psique no necesita espacio ni tiempo”. Mucho es imaginar qué habrá allí, si es que hay algo. Pienso más bien en algo inimaginable. ¿Por qué iba a ser una vida psíquica?
“Por ello tampoco no había él [se refiere a su padre, teólogo y párroco] presenciado nunca el milagro de la gracia que todo lo cura y todo lo hace inteligible. Él había tomado los mandamientos de la Biblia por normas de conducta, creía en Dios tal como en la Biblia se lee y como su padre le había enseñado. Pero no conoció al Dios directamente vivo que es omnipotente y libre, que está por encima de la Biblia y de la Iglesia, que llama a los hombres a su libertad y puede impulsarles a renunciar a sus propias convicciones y opiniones para cumplir incondicionalmente sus mandatos. Dios al poner a prueba el valor humano no se deja influir por las tradiciones, por sagradas que éstas fuesen. Cuida en Su Omnipotencia de que en tales pruebas no sobrevenga nada verdaderamente malo. Si se cumple la voluntad de Dios se puede estar seguro de ir por el buen camino”.Para mí, Freud copió a Nietzsche; no sé si Jung plagió a Kierkegaard, pero creo que no, que ambos experimentaron y obtuvieron las mismas conclusiones:
“La desviación hacia lo abstracto despoja a la experiencia de su sustancia y le presta el mero nombre, que a partir de entonces suplanta a la realidad. Nadie está obligado a un concepto y tal es precisamente la conveniencia buscada que promete protección frente a la experiencia. Pero el espíritu no vive de los conceptos, sino de los hechos. Las meras palabras no sirven para nada, lo único que se logra es repetir este proceso hasta el infinito. A los pacientes más difíciles y desagradecidos pertenecen, según mi experiencia, junto a los habituales mentirosos, los denominados intelectuales, pues en ello una mano ignora lo que hace la otra. Cultivan una psicología à compartiments. Con un intelecto no controlado por sentimiento alguno, todo se puede solucionar y, sin embargo, se tiene una neurosis”.En otro momento, explica: “Naturalmente, los hombres que nada saben de la naturaleza son neuróticos, pues no se adaptan a la realidad”. Una cosa es la realidad y otra muy distinta lo que, por ley, costumbres, creencias y moral, es decir, por imposición social, creemos que debería ser. Y si encima no distinguimos la realidad –ni la aceptamos- de lo que nos han impuesto que debería ser -que nunca será, pero que pretendemos que debiera ser y que ansiamos o creemos vivir- el dolor y la angustia están servidas.
En la búsqueda de uno mismo, Jung coincide con Nietzsche en que antes de zambullirse en uno mismo muchos prefieren la conducta gregaria, que no levanta más que obstáculos en el camino, aunque se conviertan también en refugios en la tormenta de la vida. Si se sortea el desliz, cada persona camina sola allende la sociedad, en sí mismo: “Allí tampoco existen leyes para el caso de que se encuentre en situaciones imprevistas, por ejemplo, un conflicto de deberes, que no se puede solventar fácilmente”.
Según Jung, la mayoría de sus pacientes eran personas que habían perdido la fe, trataba con “ovejas descarriadas”. Me pregunto si en la actualidad existirá algún estudio al respecto. A ver si al final el psicólogo se ha convertido de veras en el nuevo portador del alzacuellos. Para el psiquiatra suizo, muchos neuróticos –en desacuerdo consigo mismos, insatisfechos- lo son debido a su incapacidad para vincularse a las ciencias, al mundo externo, y no soportan –desesperan, que diría otro- una vez han abandonado el mito que les unía a la naturaleza. Para Jung, a más prevalencia del raciocinio, mayor empobrecimiento de la vida; a más mitos comprendidos, más vida integrada. Sobre la utilidad del mito como cura y base del bienestar, argumenta:
“El mito, en cambio, podría presentarles otra imagen útil e ilustrativa de la vida en el país de los muertos. Si el hombre cree en ellos, o les concede siquiera algo de crédito, tiene tanta razón como le falta, igual que aquel que no cree en ellos. Mientras que el que los niega se enfrenta con la nada, el que se obliga al arquetipo sigue las huellas de la vida hasta la muerte. Ambos están en la incertidumbre, uno en contra de sus instintos, el otro de acuerdo con ellos, lo cual significa una considerable diferencia y ventaja a favor de este último”.Ciertamente, la razón –junto a la experimentación- prevalece sobre otras facultades humanas en muchas personas. Pero también la emocionalidad humana, la moral y la ley. Quizás la razón actúe como una brida que nos impida a veces desbocarnos y vivir con mayor libertad; y seguramente la atención a las intuiciones se haya visto mermada a favor del raciocinio. Nietzsche ya nos advertía de que la razón debería estar supeditada a la vida y no al revés. La vida es algo mucho más amplio, y quién nos dice que no puedan existir otras facultades que ignoremos, por reprimidas bajo el yugo de la razón burguesa o porque no sean propiedades del estadio evolutivo biológico en el que vivimos. Alguien podría decir que las intuiciones, corazonadas o presentimientos, por ejemplo, yerran muchas veces. Sí, pero el raciocinio también. (Aunque para mí, las intuiciones son juicios condensados debidos a experiencias pretéritas en la vida de uno. Pero puede que incluso esta creencia la levantara bajo el esquema del desprecio a la intuición; que me dijera: “No es nada, es una razón sui generis”). Hace 30 años, en el instituto, mi intuición me advertía de que un compañero de clase no era muy buena persona, el caso es que al irlo conociendo me di cuenta de mi error. Eso me enseñó una lección, quizás mal entendida, de que mi intuición –que hasta entonces no me había fallado- era falible y fuente de prejuicios erróneos. Y hablo de “mal entendida”, porque desde entonces desterré la intuición como método de conocimiento práctico, cuando debí entenderla como una advertencia de que, al igual que la razón, la intuición puede equivocarse y necesita contrastarse con la experiencia. Sea como fuere, desde entonces ninguneé la intuición hasta el punto que cuando he querido recuperarla –hace tan solo unos pocos años- ya no sé distinguirla ni verla. Como un músculo infrautilizado, mi intuición se ha atrofiado.
Encontrase a uno mismo, esta es la clave de una existencia lograda, auténtica, real, para Jung. La única que consigue satisfacerle. Y no vale intelectualizar, hay que vivir cada uno de y según su organismo. El médico huyó durante toda la vida de las recetas y los caminos que otros aportaran o transitaran –de ahí, en parte, su ruptura con Freud-, necesitaba experimentarse a sí mismo, conocerse en lo más profundo. Para Jung, el conocimiento estaba por encima de todo, para Freud, según relata Jung, no. Cuenta como al pedirle a Freud que le diera más detalles sobre su vida para interpretar mejor un sueño, el padre del psicoanálisis le respondió: “El caso es que no puedo arriesgar mi autoridad”. Aquella frase supuso el principio del fin de la relación. Jung discrepa con Freud en cuanto a la interpretación de los sueños. El primero no veía intención engañosa alguna en los sueños, mientras que el segundo los consideraba una fachada levantada bajo el peso de la represión que ejerce la consciencia, del superyó, y que era realmente tras las imágenes superficiales donde se esconde el significado del sueño. Jung, sin embargo, afirma: “No veía motivos para suponer que los estados de consciencia se extiendan también a los procesos naturales del inconsciente”. Pero, digo yo, ¿si recordamos los sueños no será porque ya han viajado al consciente, o, de hecho, son creaciones conscientes, de una consciencia mermada?
A raíz de esta empresa personal, surgió la propuesta del inconsciente colectivo y toda su teoría psicológica. Para Jung el inconsciente era tan real como cualquier realidad cotidiana, más incluso:
“Filemón y otras figuras de la fantasía me llevaron al convencimiento de que existen otras cosas en el alma que no hago yo, sino que ocurren por sí mismas y tienen su propia vida. Filemón representaba una fuerza que no era yo. Tuve con él conversaciones imaginarias y él hablaba de cosas que yo no había imaginado saberlas. Me di cuenta de que era él quien hablaba, y no yo. Él me explicaba que yo me comportaba con mis ideas como si las hubiera creado yo mismo, mientras que, en su opinión, estas ideas poseían su propia vida como los animales en el bosque o los hombres en una habitación, o los pájaros en el aire: «Si ves hombres en una habitación, no se te ocurriría decir que los has hecho o que eres responsable de ellos», me explicó. Así iba yo familiarizando paulatinamente con la objetividad psíquica, «la realidad del alma»”.En Los complejos y el inconsciente, Jung describe los complejos como entidades independientes del yo, con vida propia, que invaden la conciencia a su antojo. Aseguraba la existencia del inconsciente por varias razones. Una de ellas me llama la atención por su ingenuidad. Se preguntaba: ¿de dónde manan las ocurrencias o inspiraciones que aparecen en el consciente? Y a veces razonaba que se le había ocurrido o fantaseado tal cosa sin haber mantenido contacto con el asunto. Me parece a mí que una de las facultades de la cognición es la asociación y vinculación de ideas dispares para crear nuevas ideas y conocimientos, es decir, la mente analiza, sintetiza y conceptualiza. No veo necesaria por ahí la existencia de un inconsciente; no, por lo menos, de un inconsciente insondable.
A veces me he imaginado al ser humano como un órgano reproductor tal que la flor de un árbol. En una hipotética quinta dimensión los humanos seríamos como unos gusanos retorciéndonos, juntándonos unos con otros, procreando nuevos y, finalmente, sucumbiendo. Pero, al fin y al cabo, todos físicamente unidos, solo que a través del genoma. (Quizás seamos un gran rizoma, pensado en Deleuze, y no sé si este pensó en Jung). Jung explica que algo permanece de este modo:
“La vida se me ha aparecido siempre como una planta que vive de su rizoma. Su vida propia no es perceptible, se esconde en el rizoma. Lo que es visible sobre la tierra dura solo un verano. Luego se marchita. Es un fenómeno efímero. Si se medita el efímero devenir y perecer de la vida y de las culturas se recibe la impresión de la nada absoluta; pero yo no he perdido nunca el sentimiento de algo que vive y permanece bajo el eterno cambio. Lo que se ve es la flor, y ésta perece. El rizoma permanece”.Considero importante transcribir aquí estos párrafos de Recuerdos, sueños, pensamientos para entrever la comprensión y la relación del inconsciente colectivo con el malestar intrínseco humano:
“Tanto nuestra alma como nuestro cuerpo se componen de elementos que todos estuvieron ya presentes en la serie de antepasados. Lo «Nuevo» en el alma individual es la recombinación variada hasta el infinito de los ancestrales componentes, cuerpo y alma tienen por ello un carácter eminentemente histórico y no hallan en lo nuevo, en lo recién nacido la adecuada morada, es decir, los rasgos ancestrales se encuentran en el propio hogar sólo en parte. Nosotros no hemos terminado todavía con el Medioevo, la antigüedad y el primitivismo tal como nuestra psique exige. En lugar de ello somos lanzados a la catarata del progreso que cuanto más nos impulsa con más salvaje ímpetu hacia el futuro, tanto más nos arranca de nuestras raíces. Pero una vez derribado lo antiguo, generalmente queda también destruido y ya no es posible detenerse en absoluto. Pero es precisamente esta pérdida de vinculación, este desarraigo, lo que provoca una especie de «insatisfacción de la cultura» y una prisa tal que se vive más del futuro y de sus promesas quiméricas de una era dorada, que en el presente, en el cual todo nuestro trasfondo histórico-evolutivo ni siquiera se ha alcanzado todavía. Desenfrenadamente se arroja uno a lo nuevo llevado por un creciente sentimiento de insatisfacción, descontento y desasosiego. No se vive ya de lo que se posee, sino de promesas, no a la luz del presente día, sino en las tinieblas del futuro en que se aguarda el auténtico amanecer. No se quiere reconocer que todo mejor se adquiere a costa de un peor. La esperanza de una mayor libertad es frustrada por un acrecentamiento de esclavitud al Estado, para no hablar de los terribles peligros que nos ofrecen los más brillantes descubrimientos de la ciencia. Cuanto menos comprendamos lo que buscaron nuestros padres y antecesores, tanto menos nos comprendemos a nosotros mismos, y contribuimos con todas nuestras fuerzas a acrecentar la carencia de arraigo e instintos del individuo de tal modo que sigue a «la fuerza de la gravedad» sólo como partícula física.
»Mejoras progresivas, es decir, mediante nuevos métodos o gadgets, resultan a primera vista verdaderamente convincentes, pero dudosas en cuanto a su duración y en todo caso se pagan muy caras. En ningún caso incrementan el bienestar, la satisfacción o la felicidad. En la mayoría de casos representan modos pasajeros de endulzar la existencia, como, por ejemplo, las medidas de acortamiento del tiempo que aceleran enojosamente el tempo y de este modo nos dejan menos tiempo que antes. Omnis festinatio ex parte diaboli est: toda prisa proviene del diablo, solían decir los antiguos maestros.
»Mejoras que se basen en el pasado son generalmente menos costosas y más duraderas, pues se resumen a los caminos más sencillos y seguros del pasado y a hacer el más exiguo uso de periódicos, radio, televisión y casi todas las innovaciones que, por así decirlo, ahorran tiempo.
»Hablo mucho en este libro de mi ideología subjetiva que, sin embargo, no representa ningún progreso de la razón. Más bien es una visión que se obtiene cuando uno se propone ver y oír la figura y voz del ser con los ojos semicerrados y con los oídos algo sordos. Si vemos y oímos con excesiva claridad, en tal caso nos hallamos limitados a las horas y minutos del hoy y no percibimos el cómo y el porqué nuestra alma ancestral acepta y comprende el hoy, o en otras palabras, cómo reacciona el inconsciente. Y así permanecemos en las tinieblas sin vislumbrar si el mundo de los antepasados participa con bienestar ancestral en nuestra vida, o a la inversa, si se aparta de ella con aversión. Nuestra tranquilidad y satisfacción internas dependen en gran medida de si la familia histórica, personificada por el individuo, concuerda o no con las condiciones efímeras de nuestro presente”.Si nos observáramos desde una quinta dimensión y realmente fuéramos gusanos, nos produciría dolor y sufrimiento tratar de arrancarnos de nosotros mismos, como cuando se cercena una rama de su tronco. Parece Jung un poco ido, pero él dice que habla desde la experiencia de haber tratado con el inconsciente, a diferencia de mí, que solo especulo en base a conocimientos previos y relaciones posteriores alocadas, o no (pero no olvidemos que la vida es un continuo). A Jung –locas o no tales ideas- le funcionó para entenderse a sí mismo y vivir satisfactoriamente. Según dos sueños de Jung, el inconsciente es la base de la que emerge la conciencia, que no sería más que mera ilusión ante la colosal realidad del inconsciente creador, “el inconsciente como generador de la persona empírica”. El inconsciente “aspira a realización total, es decir, a devenir completamente consciente en el hombre”. En Los complejos y el inconsciente, Jung trata al yo como un mero complejo más, salvo que, al parecer, a diferencia de otros, el yo posee consciencia.
De nuevo, leo a Kierkegaard en Jung, a ver si es que ambos no hacen más que contemplar lo mismo, uno llamándole ética, el otro, inconsciente colectivo:
“La cuestión decisiva para los hombres es: ¿guarda relación con lo infinito o no? Esto es el criterio de la vida. Sólo sí yo sé que la falta de límites es lo esencial, no presto interés a cuestiones vanas y a cosas que no tienen un significado decisivo. Si no lo sé, insisto en perseguir tal o cual propiedad que percibo como posesión personal, algo que rige el mundo. Así es, pues, quizás a causa de «mi» inteligencia o «mi» belleza. Cuanto más insiste el hombre en la falsa posesión y cuanto menos capta lo esencial, tanto más insatisfactoria es su vida. Se siente limitado porque tiene objetivos limitados y esto crea envidia y celos. Cuando se comprende y siente que se está unido, ya en esta vida, al infinito, cambian los deseos y actitudes. En última instancia, uno se rige sólo por lo esencial, y si no se posee esto se ha malgastado la vida. También en la relación con los demás hombres es decisivo si en ello se expresa lo infinito o no. El sentimiento de lo infinito sólo lo alcanzo, sin embargo, cuando estoy limitado al máximo. La mayor limitación del hombre es la persona; se manifiesta en la vivencia «¡yo no soy más que esto!». Sólo la consciencia de mi estrecha limitación en la persona me une a la infinitud del inconsciente. En esta consciencia me siento a la vez limitado y eterno, como el Uno y el Otro. Al saberme único en mi combinación personal, es decir, limitado, tengo la posibilidad de tomar consciencia también de lo infinito. Pero sólo así”.Para Jung la tarea del ser humano, como la de Kierkegaard, es “adquirir consciencia de lo que le impulsa desde el inconsciente”. Otro ejemplo de Kierkegaard en Jung, o de ambos experimentando al parecer lo mismo:
“La imperfección de todo juicio humano nos sugiere siempre la duda de si nuestra opinión es siempre acertada. También podemos encontrarnos sometidos a un juicio falso. Por ello el problema ético se capta solamente cuando nos sentimos inseguros respecto a nuestra calificación moral. Con todo, debemos decidirnos éticamente. La relatividad de lo «bueno» y lo «malo» no significa en absoluto que estas categorías queden invalidadas o no existan. El juicio moral se encuentra presente siempre y en todas partes con sus consecuencias psicológicas características. Tal como he subrayado en otro lugar, el error cometido, planeado y pensado se vengará en nuestras aulas en el futuro igual que ha hecho hasta el presente, independientemente de que el mundo haya cambiado o no para nosotros. Son solamente los contenidos del juicio los que sucumben a las condiciones de lugar y tiempo, y varían paralelamente. La valoración moral se fundamenta siempre en nuestro código de costumbres, que nos parece seguro, que pretende saber lo que es bueno y malo. Pero ahora que sabemos lo inseguro que es el fundamento, la decisión ética se convierte en una acto creador subjetivo que sólo podemos asegurarnos concedente Deo, es decir, necesitamos un impulso espontáneo y decisivo por parte del inconsciente. La ética, es decir, la decisión entre Bien y Mal, no es afectada por esto, sólo se dificulta. Nada puede ahorrarnos la tortura de la decisión ética. Pero hay que tener, por duro que pueda sonar, la libertad de impedir si fuese necesario el bien moral conocido y hacer el mal reconocido como tal, si se quiere alcanzar la decisión ética. En otras palabras: no hay que caer en los extremos. Frente a una parcialidad de ese tipo disponemos del modelo del neti-neti de la filosofía india en forma moral. En ella el código de la moral, si el caso lo exige, se suprime sin falta y se deja a la decisión ética del individuo. Esto no es en sí nada nuevo, sino que ha sucedido ya desde siempre en la época prepsicológica como «colisión de deberes»”.Cuesta creer que Jung no leyera a Kierkegaard.
Siempre había imaginado el inconsciente como una habitación oscura y la consciencia como una fuerza que engulle ingentes cantidades de energía para mantener la atención en una parte iluminada de la sala al modo de un haz de una linterna, pero una vez alumbrando una sección del habitáculo y otras, otra. Jung considera que el inconsciente es una entidad separada del consciente y si se juntan sin más la integridad de la persona corre peligro. Por eso, bajo su experiencia, es mejor aislarla personificándola para ponerla en contacto con el yo consciente. Otro peligro es dejarse asombrar por las imágenes que emergen del inconsciente sin tratar de comprenderlas ni de extraer consecuencias morales, que es lo que según él casi siempre se descuida: “La no-comprensión, así como la carencia de obligación moral, arrebatan a la existencia su integridad y otorgan a muchas vidas individuales el penoso carácter fragmentario”. Jung sabe que no puede (de)mostrar qué resulta de la integración de contenidos inconscientes a la consciencia –“se trata de una cuestión indiscutiblemente subjetiva”-, pero lo considera “un hecho práctico muy importante y rico en consecuencias, que en todo caso es raro que sea pasado por alto por los psicoterapeutas y por los psicólogos interesados en la terapéutica”. En la terapia Jung insta a conocer más allá de la consciencia, “y si durante el tratamiento se llega a inusitadas decisiones se presentan sueños cuyo significado exige algo más que reminiscencias personales”.
¿Mi mente está conformada por miles de pensamientos, ideas y creencias ancestrales, inconscientes para mí, pero existentes, que hemos heredado los humanos desde la noche de los tiempos, más allá incluso de la existencia del homo sapiens, hasta los mismísimos orígenes de la vida? Podría parecer una locura. Pero quién sabe. Muchos genes no se sabe para qué sirven, incluso algunos que hasta ahora parecían sin función resulta que la tienen, aunque no sea para transportar memoria inconsciente. Pero podría haberlos que sí. Y aunque cueste creer que en un puñado de genes se guarden ingentes cantidades de información, recordemos que en realidad la vida es un continuo; aunque creamos que la vida aparece en cada concepción, no es así, somos “meros” transportadores de genes, como apuntaba Richard Dawkins. Además, si los humanos podemos almacenar información en dispositivos cada vez más microscópicos, quién nos dice que la naturaleza no lo haya conseguido ya desde hace eones. En fin, todo esto no son más que especulaciones, no aporto, claro está, ninguna prueba. Además, ¿para qué nos serviría tal información si no la podemos disponer de manera consciente? Es más, ¿por qué no recordamos sucesos concretos de nuestros ancestros directos? La vida, si sigue el principio de selección natural, conserva aquello estable, aquello que mejor se adapta a la naturaleza, lo que le sirve para la supervivencia. ¿Para qué conservar esquemas, creencias, arquetipos, de los que no podemos disponer de manera consciente y que, por lo tanto, a veces nos pueden perjudicar?
Cuenta Jung en uno de sus viajes por México que habló con un indio que le decía lo crueles que le parecían los blancos:
“Sus labios son finos, su nariz puntiaguda, sus rostros los desfiguran y surcan las arrugas, sus ojos tienen duro mirar, siempre buscan algo. ¿Qué buscan? Los blancos quieren siempre algo, están inquietos y desasosegados. No sabemos lo que quieren. No les comprendemos. Creemos que están locos”.Creo recordar que también Montaigné explicaba algo así en sus Ensayos cuando los primeros españoles llegaron a América. Los indígenas encontraban que los europeos no carburábamos bien, siempre detrás del oro a cualquier precio, con los ojos perdidos. Y esto me recuerda al crítico de arte Joaquín Jesús Sánchez que hace poco decía en un tuit: “¿El neoliberalismo es algo más que sociopatía y cocaína? A ver si estamos viendo una teoría económica donde solo hay un trastorno”. Los blancos hemos perdido el norte, tiramos de la inteligencia para suplir la conexión con la naturaleza, pero la razón no sirve; tal conexión nos la ofrecía el mito:
“Entonces comprendí en qué consistía la «dignidad», la serena naturalidad del individuo: es el hijo del sol, su vida tiene un sentido cosmológico, ayuda a su padre y mantenedor de toda vida en su salida y ocaso diarios. Comparemos con ello nuestra automotivación, nuestro sentido de vida que nos formula la razón, y con ello no podemos menos que sentirnos impresionados por nuestra miseria. Por mera envidia tenemos que reírnos de la ingenuidad de los indios y mostrarnos orgullosos de nuestra inteligencia para no descubrir cuán empobrecidos y rebajados estamos. El saber no nos enriquece sino que nos aleja cada vez más del mundo místico, en el cual tuvimos una vez nuestra verdadera patria”.Es la ética sólida, absoluta y eterna de la que habla Kierkegaard. Más adelante, Jung afirma: “Entonces comprendí que en el alma habita desde un principio un anhelo de luz y un impulso irresistible de salir de sus tinieblas iniciales”.
En cuanto a la muerte, el psiquiatra suizo asevera: “Si aceptamos que «allí» prosigue la vida, no podemos imaginarnos otra existencia que la psíquica; pues la vida de la psique no necesita espacio ni tiempo”. Mucho es imaginar qué habrá allí, si es que hay algo. Pienso más bien en algo inimaginable. ¿Por qué iba a ser una vida psíquica?
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