Hay libros, como afirmaba Nietzsche, que cuando los empiezas sabes que los acabarás. Es el caso de las obras del teólogo y filósofo danés Søren Kierkegaard. Me ha ocurrido con La enfermedad mortal, con Los lirios del campo y las aves del cielo, y ahora, con Estética y ética, libro del que trata esta entrada.
Muchos seres humanos vivimos en la desesperación, el tipo de vida que procura la estética. Deduzco que es la manera de decir, del filósofo danés, que las personas buscamos la actividad –cualquiera que sea, la danza, la lectura, el trabajo, la gimnasia, el teatro, el ocio, cualquier objeto placentero- como arreglos para intentar ocultar la desesperación en que hemos convertido nuestra vida al no hallar nada sólido a lo que aferrarnos. Quizás es el mismo hastío del que habla Schopenhauer cuando afirmaba que la Historia del hombre podía entenderse como una lucha contra el aburrimiento. Buscamos una vía para no sufrir y creemos que no sufrimos porque hacemos y deshacemos, incluso les puede suceder esto a quienes se creen en posesión de una de los deseos más preciados y ansiados que pueda anhelar el ser humano, que no es ni más ni menos que el de dar con un proyecto de vida. “Pero el que quiere gozar de la vida establece siempre una condición que se encuentra permanentemente fuera del individuo, pero independientemente de su voluntad”, advierte el teólogo.
El último estadio de la concepción estética de la vida consiste en vivir en la desesperación misma, cuando te has dado cuenta que vives desesperado. Viven –vivimos- los estéticos zarandeados, en busca de chutes de placer. “Resulta de ello que tu vida se halla entre dos enormes contrarios; tienes, a veces, una energía prodigiosa, a veces, una indolencia igualmente grande”, y así el estético no hace nada, no acaba ningún proyecto. Si tuviera memoria de su vida, afirma Kierkegaard, al menos el estético no habría “hecho tantos trabajos que llamaré de media hora”. Evita la continuidad, porque así puede seguir autoengañándose, retrocediendo, ocultándose a sí mismo y, de nuevo, caer en la indolencia. (Me recuerda a cómo explica Jaime Balmes la pereza y la inconstancia, pero en la obra del danés analizada con mayor profundidad). Exige Kierkegaard al estético que desespere con toda su alma, “pues esa es mi condición, mi victoria sobre el mundo: el hombre que no ha probado la amargura de la vida, ha desconocido la importancia de la vida, por hermosa y rica en placeres que ella haya sido”; pero no que desespere creyendo que se debe a causas múltiples ajenas a él, sino que “él se ha cerrado, su alma razonable ha sido sofocada y se ha transformado en una bestia que no retrocede ante ningún medio, pues para él todo es legítimo”.
Pero, entonces, ¿qué nos queda? Para Kierkegaard, según entiendo, todo esto no son más que parches que colocamos para no sucumbir, pero nuestra persona hace aguas por diferentes vías. Es necesario que no huyamos de nosotros mismos. Sostiene que nuestra dicha, nuestra potencia, y en esto coincide con Spinoza, proviene de nuestro interior, de sabernos criaturas eternas, conocimiento que hemos olvidado, al que ya no tomamos en serio. Viviríamos, entonces, como seres frívolos con la vida y con nosotros mismos. Pero curarse de la tristeza –de la melancolía, “de no querer profunda y sinceramente”- solo ocurre cuando el espíritu se encuentra a sí mismo, entonces cesan las penas y sus causas, y “entras en el mundo”.
Únicamente obtendremos seguridad, importancia, verdad, belleza y seriedad en la vida si partimos de nosotros mismos. Para ello, hay que llevar una vida ética. Y esta solo se consigue si nos tomamos a nosotros mismos como finalidad. No es suficiente con el conócete a ti mismo, este es el punto de salida. Una vez sabes cómo eres y quién eres, has de elegirte a ti mismo y ser tu guía en la vida. Tú eres tu tarea, en la que persistir sin dejarte engañar, teniendo en cuenta además que a la ética –tú mismo- le acompañan temperamento, valores, deberes, capacidades, pasiones, ansias de mejora y influencias externas que te dejan huella, y que, además, estás en completa evolución, pero en libertad porque te has elegido: no te mueves por necesidad, es decir, no das bandazos en función de las circunstancias: “El que vive éticamente se ha visto a sí mismo, penetra toda su creación con su conciencia, no permite que en él vayan y vengan ideas imprecisas, no permite que posibilidades seductoras lo distraigan con sus charlatanerías, no tiene la impresión de ser como una carta mágica de la que pueda salir ya una cosa ya otra, según la manera de manipularla. Él se conoce a sí mismo”.
La ética no puede venir de afuera, porque sería algo abstracto, irrealizable, sino de adentro, de ti mismo, algo concreto, vivencial, experimental en ti: “(…) en lo que a ética se refiere, jamás se trata de lo exterior, sino de lo interior”. Es imposible la negatividad si tiendes a ti mismo; si te eliges a ti, tienes un punto sólido, un punto de apoyo concreto desde el que moverte en el mundo. Pero que nos elijamos a nosotros como piedra angular no significa que desaparezca la vertiente estética de nuestra personalidad, continuará existiendo, pero no será nuestro punto de apoyo, será relativa, accidental, no absoluta como la ética; la ética podrá establecer límites a la estética y la transfigurará, “y aun si encuentra en él [en su personalidad] más mal que bien, eso significa no que el mal deba manifestarse, sino que el mal debe ceder y que el bien debe manifestarse”. Incluso en el sufrimiento la ética domeñará la estética. No es que la persona con concepción ética deje de sufrir o no deba hacerlo, “pero también sé que no hay que afligirse como alguien que no tuviese ninguna esperanza” y “si en el abatimiento [el sufrimiento] me encanta, entonces me sublevo. No admito ninguna rebeldía, no quiero que algo en el mundo me arrebate lo que he recibido de la mano de Dios como una gracia”. Con la concepción ética edificas tu vida, lo que te acontece, sea alegre, sea triste, lo transformas; eliges la libertad en lugar de la necesidad. Como se suele decir, no puedes elegir todo lo que te ocurra, pero sí qué hacer con ello. “El que vive éticamente siempre encuentra una salida cuando todo le es contrario; cuando la oscuridad de la tormenta cae sobre él al punto de que su vecino ya no le ve, él, sin embargo, no ha sucumbido; siempre queda un punto que él retiene: él mismo”.
En el fondo no es más que una manera de decir que nos dejemos de monsergas, que para estar en paz con nosotros mismos no tenemos más que escudriñarnos, extirpar lo acartonado e inerte que hay en nosotros –aquello venido de afuera-, ser honestos con nosotros mismos y actuar y vivir en consecuencia. Puede que fallemos, y claro que lo haremos, pues somos falibles, pero sabremos quienes somos, qué somos, cómo somos y hacia dónde vamos: hacia nosotros mismos, “su ‘yo’ es la meta hacia la cual aspira”. Llegar a ser lo que uno es. Hete aquí la lucha, y la lucha es bella. Sin embargo, ¿cómo sabes que tu deber no se ha impuesto desde fuera? Según Kierkegaard, porque el deber incumbe a la naturaleza de cada cual y de ahí que experimentas “tranquilidad y seguridad” al realizarlo, porque expresas tu “naturaleza más íntima”. “Si el hombre comprende correctamente a la ética, está infinitamente seguro de sí mismo; en caso contrario, se vuelve indeciso, y no puedo imaginar existencia más desgraciada o más penosa que la del hombre para quien el deber se ha hecho exterior y que, sin embargo, siempre desea realizarlo”. Por eso, Kierkegaard habla del deber de uno y no de la obligación del prójimo o de un grupo humano, algo vacío y abstracto: “Nunca digo de un hombre: cumple con el deber o los deberes; sino que digo: cumplo con mi deber, tú cumples con el tuyo”. Y hace hincapié en la intensidad con que ha sentido el deber, no con el deber o deberes en sí que ha sentido, “de tal modo que la conciencia, a este respecto, le da la seguridad de la validez eterna de su naturaleza”. Un ser humano ha de tomar conciencia de que posee mapa y brújula propios y singulares para estar y conducirse en la vida.
A modo de comparación, imagínese a usted mismo asomado al balcón en un décimo piso, apoyado en la barandilla, bien a salvo del precipicio, disfrutando de la experiencia de un bello paisaje urbano a sus pies. Ahora, de repente, la barandilla desaparece y usted sigue al borde del precipicio, pero sin protección, a un paso de la nada. No tiene por qué perder el equilibrio y desplomarse diez pisos para desparramarse unos pocos segundos después por el suelo. Pero aunque no se caiga, no se sentirá seguro, no disfrutará de la experiencia al filo del abismo, sentirá una angustia continuada al no tener nada sólido a qué aferrarse, vivirá en alerta y espantado; entre usted y el vacío solo hay un paso, un desequilibrio, un golpe de viento… En cambio, con la barandilla nos sentimos protegidos, reconfortados, despreocupados.
Para Kierkegaard, la ética es la barandilla, aquello absoluto y eterno por lo que el ser humano existe y puede guiarse sin miedo a perderse, a desesperarse. Para Kierkegaard la realidad de la ética es más sólida, concreta y eterna que todo lo que existe en el mundo físico y finito pero, a diferencia de la barandilla, solo podemos hallarla en nuestro interior, no puede provenir de imposiciones externas. La ética es una experiencia propia. Al teólogo le importa la funcionalidad que ofrece la barandilla, la solidez que implica, no tanto el color de la pintura o la forma u ornamentos de la barandilla, todo esto es relativo, estético, así como lo que nos sobrevenga; lo importante es que la barandilla nos asegura, tranquiliza, nos coloca a resguardo de vicisitudes, en paz, y nos guía a puerto. Pero no importa tanto a cuál -porque cada uno tendrá el suyo-, como que nos demos cuenta de que la ética es nuestra única guía y asidero efectivo y real, y que optemos con decisión por ella.
Parece Kierkegaard un exegeta que interpreta y aúna para el común de los mortales las experiencias de los místicos, de los sufistas o de los budistas que alcanzan el nirvana, un conciliador, un ecuménico, en definitiva, un humanista. Pero a diferencia de los místicos, su mensaje parece asequible a cualquiera. En nosotros tenemos nuestra guía, así de sencillo: “La ética ayuda inconscientemente a todo hombre; pero puesto que esa ayuda es inconsciente, parecerá una disminución, consecuencia de la miseria de la vida, en vez de ser una elevación, consecuencia de la naturaleza divina de la vida”. Para mí, Kiekergaard deja claro no solo que bases tu conducta en ti –tu ética- y que esta te genere satisfacción, goce, belleza, plenitud y seguridad, sino que puedas disfrutar al máximo de los dulces que te ofrece la vida -sabiendo que no saciarán tu hambre de eternidad-, que no te aflijas hasta perder la esperanza con las adversidades y que no te pierdas a ti mismo en el laberinto de las vanidades pensado que vayan a cubrir los huecos que solo colma una vida ética.
Para acabar, una cita más de Kierkegaard: “La ética dice que la importancia de la vida y de la realidad consiste en que el hombre se ponga de manifiesto. Si no lo hace, entonces la manifestación aparecerá como castigo”. Me cuesta no ver aquí a Ortega y Gasset cuando afirmaba en La rebelión de las masas: “Envilecimiento, encanallamiento, no es otra cosa que el modo de vida que le queda al que se ha negado a ser el que tiene que ser. Éste su auténtico ser no muere por eso, sino que se convierte en sombra acusadora, en fantasma, que le hace sentir constantemente la inferioridad de la existencia que lleva respecto a la que tenía que llevar. El envilecido es el suicida superviviente”.
Kierkegaard, en Estética y ética, trata también del trabajo, del matrimonio y de la amistad bajo el prisma del concepto estético y ético de la vida. Pero estos puntos –sobre todo, el del trabajo- los relego (o no) para un futuro. Incluso quizás trate en los siglos venideros otra cuestión clave que Kierkegaard da por sentada: el origen divino de la ética.
Muchos seres humanos vivimos en la desesperación, el tipo de vida que procura la estética. Deduzco que es la manera de decir, del filósofo danés, que las personas buscamos la actividad –cualquiera que sea, la danza, la lectura, el trabajo, la gimnasia, el teatro, el ocio, cualquier objeto placentero- como arreglos para intentar ocultar la desesperación en que hemos convertido nuestra vida al no hallar nada sólido a lo que aferrarnos. Quizás es el mismo hastío del que habla Schopenhauer cuando afirmaba que la Historia del hombre podía entenderse como una lucha contra el aburrimiento. Buscamos una vía para no sufrir y creemos que no sufrimos porque hacemos y deshacemos, incluso les puede suceder esto a quienes se creen en posesión de una de los deseos más preciados y ansiados que pueda anhelar el ser humano, que no es ni más ni menos que el de dar con un proyecto de vida. “Pero el que quiere gozar de la vida establece siempre una condición que se encuentra permanentemente fuera del individuo, pero independientemente de su voluntad”, advierte el teólogo.
El último estadio de la concepción estética de la vida consiste en vivir en la desesperación misma, cuando te has dado cuenta que vives desesperado. Viven –vivimos- los estéticos zarandeados, en busca de chutes de placer. “Resulta de ello que tu vida se halla entre dos enormes contrarios; tienes, a veces, una energía prodigiosa, a veces, una indolencia igualmente grande”, y así el estético no hace nada, no acaba ningún proyecto. Si tuviera memoria de su vida, afirma Kierkegaard, al menos el estético no habría “hecho tantos trabajos que llamaré de media hora”. Evita la continuidad, porque así puede seguir autoengañándose, retrocediendo, ocultándose a sí mismo y, de nuevo, caer en la indolencia. (Me recuerda a cómo explica Jaime Balmes la pereza y la inconstancia, pero en la obra del danés analizada con mayor profundidad). Exige Kierkegaard al estético que desespere con toda su alma, “pues esa es mi condición, mi victoria sobre el mundo: el hombre que no ha probado la amargura de la vida, ha desconocido la importancia de la vida, por hermosa y rica en placeres que ella haya sido”; pero no que desespere creyendo que se debe a causas múltiples ajenas a él, sino que “él se ha cerrado, su alma razonable ha sido sofocada y se ha transformado en una bestia que no retrocede ante ningún medio, pues para él todo es legítimo”.
Pero, entonces, ¿qué nos queda? Para Kierkegaard, según entiendo, todo esto no son más que parches que colocamos para no sucumbir, pero nuestra persona hace aguas por diferentes vías. Es necesario que no huyamos de nosotros mismos. Sostiene que nuestra dicha, nuestra potencia, y en esto coincide con Spinoza, proviene de nuestro interior, de sabernos criaturas eternas, conocimiento que hemos olvidado, al que ya no tomamos en serio. Viviríamos, entonces, como seres frívolos con la vida y con nosotros mismos. Pero curarse de la tristeza –de la melancolía, “de no querer profunda y sinceramente”- solo ocurre cuando el espíritu se encuentra a sí mismo, entonces cesan las penas y sus causas, y “entras en el mundo”.
Únicamente obtendremos seguridad, importancia, verdad, belleza y seriedad en la vida si partimos de nosotros mismos. Para ello, hay que llevar una vida ética. Y esta solo se consigue si nos tomamos a nosotros mismos como finalidad. No es suficiente con el conócete a ti mismo, este es el punto de salida. Una vez sabes cómo eres y quién eres, has de elegirte a ti mismo y ser tu guía en la vida. Tú eres tu tarea, en la que persistir sin dejarte engañar, teniendo en cuenta además que a la ética –tú mismo- le acompañan temperamento, valores, deberes, capacidades, pasiones, ansias de mejora y influencias externas que te dejan huella, y que, además, estás en completa evolución, pero en libertad porque te has elegido: no te mueves por necesidad, es decir, no das bandazos en función de las circunstancias: “El que vive éticamente se ha visto a sí mismo, penetra toda su creación con su conciencia, no permite que en él vayan y vengan ideas imprecisas, no permite que posibilidades seductoras lo distraigan con sus charlatanerías, no tiene la impresión de ser como una carta mágica de la que pueda salir ya una cosa ya otra, según la manera de manipularla. Él se conoce a sí mismo”.
La ética no puede venir de afuera, porque sería algo abstracto, irrealizable, sino de adentro, de ti mismo, algo concreto, vivencial, experimental en ti: “(…) en lo que a ética se refiere, jamás se trata de lo exterior, sino de lo interior”. Es imposible la negatividad si tiendes a ti mismo; si te eliges a ti, tienes un punto sólido, un punto de apoyo concreto desde el que moverte en el mundo. Pero que nos elijamos a nosotros como piedra angular no significa que desaparezca la vertiente estética de nuestra personalidad, continuará existiendo, pero no será nuestro punto de apoyo, será relativa, accidental, no absoluta como la ética; la ética podrá establecer límites a la estética y la transfigurará, “y aun si encuentra en él [en su personalidad] más mal que bien, eso significa no que el mal deba manifestarse, sino que el mal debe ceder y que el bien debe manifestarse”. Incluso en el sufrimiento la ética domeñará la estética. No es que la persona con concepción ética deje de sufrir o no deba hacerlo, “pero también sé que no hay que afligirse como alguien que no tuviese ninguna esperanza” y “si en el abatimiento [el sufrimiento] me encanta, entonces me sublevo. No admito ninguna rebeldía, no quiero que algo en el mundo me arrebate lo que he recibido de la mano de Dios como una gracia”. Con la concepción ética edificas tu vida, lo que te acontece, sea alegre, sea triste, lo transformas; eliges la libertad en lugar de la necesidad. Como se suele decir, no puedes elegir todo lo que te ocurra, pero sí qué hacer con ello. “El que vive éticamente siempre encuentra una salida cuando todo le es contrario; cuando la oscuridad de la tormenta cae sobre él al punto de que su vecino ya no le ve, él, sin embargo, no ha sucumbido; siempre queda un punto que él retiene: él mismo”.
En el fondo no es más que una manera de decir que nos dejemos de monsergas, que para estar en paz con nosotros mismos no tenemos más que escudriñarnos, extirpar lo acartonado e inerte que hay en nosotros –aquello venido de afuera-, ser honestos con nosotros mismos y actuar y vivir en consecuencia. Puede que fallemos, y claro que lo haremos, pues somos falibles, pero sabremos quienes somos, qué somos, cómo somos y hacia dónde vamos: hacia nosotros mismos, “su ‘yo’ es la meta hacia la cual aspira”. Llegar a ser lo que uno es. Hete aquí la lucha, y la lucha es bella. Sin embargo, ¿cómo sabes que tu deber no se ha impuesto desde fuera? Según Kierkegaard, porque el deber incumbe a la naturaleza de cada cual y de ahí que experimentas “tranquilidad y seguridad” al realizarlo, porque expresas tu “naturaleza más íntima”. “Si el hombre comprende correctamente a la ética, está infinitamente seguro de sí mismo; en caso contrario, se vuelve indeciso, y no puedo imaginar existencia más desgraciada o más penosa que la del hombre para quien el deber se ha hecho exterior y que, sin embargo, siempre desea realizarlo”. Por eso, Kierkegaard habla del deber de uno y no de la obligación del prójimo o de un grupo humano, algo vacío y abstracto: “Nunca digo de un hombre: cumple con el deber o los deberes; sino que digo: cumplo con mi deber, tú cumples con el tuyo”. Y hace hincapié en la intensidad con que ha sentido el deber, no con el deber o deberes en sí que ha sentido, “de tal modo que la conciencia, a este respecto, le da la seguridad de la validez eterna de su naturaleza”. Un ser humano ha de tomar conciencia de que posee mapa y brújula propios y singulares para estar y conducirse en la vida.
A modo de comparación, imagínese a usted mismo asomado al balcón en un décimo piso, apoyado en la barandilla, bien a salvo del precipicio, disfrutando de la experiencia de un bello paisaje urbano a sus pies. Ahora, de repente, la barandilla desaparece y usted sigue al borde del precipicio, pero sin protección, a un paso de la nada. No tiene por qué perder el equilibrio y desplomarse diez pisos para desparramarse unos pocos segundos después por el suelo. Pero aunque no se caiga, no se sentirá seguro, no disfrutará de la experiencia al filo del abismo, sentirá una angustia continuada al no tener nada sólido a qué aferrarse, vivirá en alerta y espantado; entre usted y el vacío solo hay un paso, un desequilibrio, un golpe de viento… En cambio, con la barandilla nos sentimos protegidos, reconfortados, despreocupados.
Para Kierkegaard, la ética es la barandilla, aquello absoluto y eterno por lo que el ser humano existe y puede guiarse sin miedo a perderse, a desesperarse. Para Kierkegaard la realidad de la ética es más sólida, concreta y eterna que todo lo que existe en el mundo físico y finito pero, a diferencia de la barandilla, solo podemos hallarla en nuestro interior, no puede provenir de imposiciones externas. La ética es una experiencia propia. Al teólogo le importa la funcionalidad que ofrece la barandilla, la solidez que implica, no tanto el color de la pintura o la forma u ornamentos de la barandilla, todo esto es relativo, estético, así como lo que nos sobrevenga; lo importante es que la barandilla nos asegura, tranquiliza, nos coloca a resguardo de vicisitudes, en paz, y nos guía a puerto. Pero no importa tanto a cuál -porque cada uno tendrá el suyo-, como que nos demos cuenta de que la ética es nuestra única guía y asidero efectivo y real, y que optemos con decisión por ella.
Parece Kierkegaard un exegeta que interpreta y aúna para el común de los mortales las experiencias de los místicos, de los sufistas o de los budistas que alcanzan el nirvana, un conciliador, un ecuménico, en definitiva, un humanista. Pero a diferencia de los místicos, su mensaje parece asequible a cualquiera. En nosotros tenemos nuestra guía, así de sencillo: “La ética ayuda inconscientemente a todo hombre; pero puesto que esa ayuda es inconsciente, parecerá una disminución, consecuencia de la miseria de la vida, en vez de ser una elevación, consecuencia de la naturaleza divina de la vida”. Para mí, Kiekergaard deja claro no solo que bases tu conducta en ti –tu ética- y que esta te genere satisfacción, goce, belleza, plenitud y seguridad, sino que puedas disfrutar al máximo de los dulces que te ofrece la vida -sabiendo que no saciarán tu hambre de eternidad-, que no te aflijas hasta perder la esperanza con las adversidades y que no te pierdas a ti mismo en el laberinto de las vanidades pensado que vayan a cubrir los huecos que solo colma una vida ética.
Para acabar, una cita más de Kierkegaard: “La ética dice que la importancia de la vida y de la realidad consiste en que el hombre se ponga de manifiesto. Si no lo hace, entonces la manifestación aparecerá como castigo”. Me cuesta no ver aquí a Ortega y Gasset cuando afirmaba en La rebelión de las masas: “Envilecimiento, encanallamiento, no es otra cosa que el modo de vida que le queda al que se ha negado a ser el que tiene que ser. Éste su auténtico ser no muere por eso, sino que se convierte en sombra acusadora, en fantasma, que le hace sentir constantemente la inferioridad de la existencia que lleva respecto a la que tenía que llevar. El envilecido es el suicida superviviente”.
Kierkegaard, en Estética y ética, trata también del trabajo, del matrimonio y de la amistad bajo el prisma del concepto estético y ético de la vida. Pero estos puntos –sobre todo, el del trabajo- los relego (o no) para un futuro. Incluso quizás trate en los siglos venideros otra cuestión clave que Kierkegaard da por sentada: el origen divino de la ética.
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