Como avancé este lunes, esta mañana he vuelto al trabajo por primera vez desde hace 65 días. Me preocupaban las aglomeraciones en el metro de Barcelona. Pero a las ocho de la mañana, en el andén de la estación de Valldaura, en la línea 3, no había rastro de seres vivos. En un principio, he pensado que se debía a que un convoy acababa de partir, aunque de seguida he notado que la afluencia de pasajeros era muchísimo menor de la habitual, ya que he estado un rato solo, impensable en tiempos preepidémicos. De todos modos, cuando por el panel luminoso anunciaban el próximo metro para dentro de cuatro minutos, he esbozado una mueca de fastidio, pero, a pesar de que la frecuencia de trenes ha disminuido, nos hemos juntado como mucho una decena de personas en todo lo largo y amplio pasillo.
Dentro del vagón mi pasmo ha continuado. La densidad de pasajeros permitía –y lo ha permitido hasta el transbordo de Diagonal- una separación de por lo menos un metro o más entre usuarios. En los intercambios -tanto el de Diagonal como el de Sagrada Familia- todo el mundo respetaba las colas, dejaba distancia de seguridad en las escaleras mecánicas, en los pasillos y en los accesos a los vagones. Solo he visto un par o tres de excepciones cuando algún pasajero adelantaba a otro rozándole. Y solo a una persona sin mascarilla, pero con el jersey a modo de pañuelo cubriéndose boca y nariz.
Pero lo que más ha cautivado mi curiosidad en mi primer día como espeleólogo por las entrañas de la ciudad ha sido la actitud del pasaje. En contraste con una jornada laboral habitual, en la que, como riadas humanas, marchamos a zancadas, apelotonados, abriéndonos hueco a codazos, esta mañana, asemejábamos autómatas, seres poseídos por espíritus o alienígenas al estilo de La invasión de los ultracuerpos, sin atisbo de emoción alguna, con la mirada fija, con movimientos lánguidos, en fila india, disciplinados a más no poder... si Focault levantara la cabeza. Ha sido una experiencia que rayaba lo tétrico, pero agradable por lo novedoso. Aunque pensándolo bien, la única diferencia nace del contraste; pues, antes y ahora, recordamos a zombis, aquellos –los de siempre- más estresados, pero igualmente idos.
En honor a la verdad, mis impresiones han cambiado a la vuelta del trabajo, a eso de las dos y media. Quizás había más gente, aunque poca más, porque aún se mantenían distancias en el interior de los convoyes. Ahora bien, con que aumente un poco más el trasiego ya no se podrá mantener la distancia de seguridad.
Antes de volver a casa he recogido en la librería Alibri unos títulos reservados desde el pasado día 13 de marzo. Me ha asombrado de nuevo las pocas almas que habitaban el centro de Barcelona, en especial, en Plaza Universidad, Rambla de Cataluña y Paseo de Gracia. Creía que a estas alturas habría mucho más barullo. Antes de coger el metro en Paseo de Gracia he sucumbido a la tentación y he subido unos treinta metros en dirección montaña para comprobar qué aspecto exhibe la Casa Batlló y Ametller sin turistas. Quedaría de fábula pronosticar que nunca más en mi vida contemplaré tales fachadas limpias de humanos, pero la vida –ya lo sabemos- nos asombra una y otra vez.
Sexagésimo sexto día de confinamiento.
Dentro del vagón mi pasmo ha continuado. La densidad de pasajeros permitía –y lo ha permitido hasta el transbordo de Diagonal- una separación de por lo menos un metro o más entre usuarios. En los intercambios -tanto el de Diagonal como el de Sagrada Familia- todo el mundo respetaba las colas, dejaba distancia de seguridad en las escaleras mecánicas, en los pasillos y en los accesos a los vagones. Solo he visto un par o tres de excepciones cuando algún pasajero adelantaba a otro rozándole. Y solo a una persona sin mascarilla, pero con el jersey a modo de pañuelo cubriéndose boca y nariz.
Pero lo que más ha cautivado mi curiosidad en mi primer día como espeleólogo por las entrañas de la ciudad ha sido la actitud del pasaje. En contraste con una jornada laboral habitual, en la que, como riadas humanas, marchamos a zancadas, apelotonados, abriéndonos hueco a codazos, esta mañana, asemejábamos autómatas, seres poseídos por espíritus o alienígenas al estilo de La invasión de los ultracuerpos, sin atisbo de emoción alguna, con la mirada fija, con movimientos lánguidos, en fila india, disciplinados a más no poder... si Focault levantara la cabeza. Ha sido una experiencia que rayaba lo tétrico, pero agradable por lo novedoso. Aunque pensándolo bien, la única diferencia nace del contraste; pues, antes y ahora, recordamos a zombis, aquellos –los de siempre- más estresados, pero igualmente idos.
En honor a la verdad, mis impresiones han cambiado a la vuelta del trabajo, a eso de las dos y media. Quizás había más gente, aunque poca más, porque aún se mantenían distancias en el interior de los convoyes. Ahora bien, con que aumente un poco más el trasiego ya no se podrá mantener la distancia de seguridad.
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Antes de volver a casa he recogido en la librería Alibri unos títulos reservados desde el pasado día 13 de marzo. Me ha asombrado de nuevo las pocas almas que habitaban el centro de Barcelona, en especial, en Plaza Universidad, Rambla de Cataluña y Paseo de Gracia. Creía que a estas alturas habría mucho más barullo. Antes de coger el metro en Paseo de Gracia he sucumbido a la tentación y he subido unos treinta metros en dirección montaña para comprobar qué aspecto exhibe la Casa Batlló y Ametller sin turistas. Quedaría de fábula pronosticar que nunca más en mi vida contemplaré tales fachadas limpias de humanos, pero la vida –ya lo sabemos- nos asombra una y otra vez.
Sexagésimo sexto día de confinamiento.
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