viernes, 8 de mayo de 2020

El gato

Un mecánico habla en la puerta de su taller con un cliente:
-El día 17 de marzo abrimos, pero a media mañana, a medida que oía las noticias por la radio, le dije a [ininteligible]: “Eo, vamos cerrando, nos vamos para casa”.

Más adelante, en la acera, una persona mayor charla con otra:
-¡Que no es fácil, oye!, que el gobierno no lo hace tan mal, gobernar a todos sin que…

Y ya no capto nada más, porque subo cargado con el carrito y con bolsas de la compra por el medio de la calzada de mi calle, sin detenerme, aprovechando que es una de las 44 vías que el ayuntamiento ha cerrado al tráfico en Barcelona durante quince días. Por cierto, dos veces algún listillo ha retirado las vallas para que circularan los coches y dos veces, otro listillo –yo- las ha vuelto a colocar en su sitio.

Cuando pones el pie en la calle estas semanas es más fácil escuchar o participar en conversaciones que tengan que ver con el covid-19 que con cualquier otro asunto. Pero este jueves por primera vez en mucho tiempo ha sido diferente. Tras volver a colocar una valla en su sitio y cargado con la compra, me para una mujer con una lata de comida de gato en la mano, preocupada:
-Perdona, ¿has visto un gato?
-Ostras, no.
-Es que lo acabo de perder.

Por la tarde vi que habían enganchado varios carteles en postes y farolas por si alguien lo encontraba.


Salí a dar una vuelta con mis hijos cerca del Meiland, unos campos de futbol que se extienden bajo la Ronda de Dalt y la falda de la cordillera de Collserola. Me sorprendí al ver que han quitado la piscina a la que iba cuando era pequeño. Están haciendo obras, no sé si para mejorarla o porque construirán más campos de fútbol.

Quincuagésimo quinto día de confinamiento.

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