Barcelona ha entrado en fase 1 hace casi 48 horas. Esta tarde hemos salido por primera vez toda la familia, cuatro en total, a dar el paseo preceptivo, pero en lugar de hacerlo en las inmediaciones de casa, hemos ido al centro del barrio –Horta- para devolver un libro a la biblioteca (por cierto, que después de todo estaba cerrada).
Desconozco si ya en fase 0 y 0,5 la concurrencia era tan elevada como el gentío que este martes abarrotaba la plaça Eivissa, centro neurálgico de Horta. Ya he recibido un toque de atención al pasar cerca del Parc de la Unitat –parque para niños que tenemos al lado de casa-, repleto de criaturas jugando, en manadas, como si aquí no hubiera pasado nunca nada, junto con adultos y mayores. Pero lo peor –como digo- en la Plaça Eivissa. Grupos de adolescentes paseando con tranquilidad, apelotonadas, la mayoría con mascarilla, pero algunos sin. Niños y niñas correteando en la plaza, sin guardar distancias, por supuesto. Y como ya en fases anteriores, personas de todas las edades -mayores, pequeñas y jóvenes-, juntas y revueltas, sin franjas horarias que valgan. Y sujetos charlando a una distancia normal, sin mascarilla. He sentido pena, miedo, asco y rabia. Si estuviéramos ahora en marzo, el rebrote estaría asegurado. Y si no hay ningún rebrote importante se deberá a las altas temperaturas, pero no a la prudencia.
Una lástima, qué rápido olvidamos que en España ha llegado a haber más de mil muertes al día. Sí, más de mil, y posiblemente cerca de las dos mil, porque aunque las cifras oficiales hablaran durante una semana de más de 800, incluso un día en que se alcanzó el pico de 950, todos sabemos que ha habido más fallecidos que aún no se han contado, pero que se acabarán contabilizando. La cifra oficial habría que multiplicarla por entre 1,5 y dos, como mínimo, y, si no, al tiempo. Qué rápido que nos hemos olvidado también de lo mal que lo han pasado los sanitarios, que son, junto a los yayos, los que peor parte se han llevado.
Hace años vi un reportaje en el que se advertía de que la mayoría de accidentes en carretera en viajes de largo recorrido sucedían cuando el vehículo se acercaba al destino. Y esto se debía a que el conductor bajaba la guardia, se confiaba, se relajaba, perdía la atención y la vigilancia.
Pues eso.
Septuagésimo tercer día de confinamiento.
Desconozco si ya en fase 0 y 0,5 la concurrencia era tan elevada como el gentío que este martes abarrotaba la plaça Eivissa, centro neurálgico de Horta. Ya he recibido un toque de atención al pasar cerca del Parc de la Unitat –parque para niños que tenemos al lado de casa-, repleto de criaturas jugando, en manadas, como si aquí no hubiera pasado nunca nada, junto con adultos y mayores. Pero lo peor –como digo- en la Plaça Eivissa. Grupos de adolescentes paseando con tranquilidad, apelotonadas, la mayoría con mascarilla, pero algunos sin. Niños y niñas correteando en la plaza, sin guardar distancias, por supuesto. Y como ya en fases anteriores, personas de todas las edades -mayores, pequeñas y jóvenes-, juntas y revueltas, sin franjas horarias que valgan. Y sujetos charlando a una distancia normal, sin mascarilla. He sentido pena, miedo, asco y rabia. Si estuviéramos ahora en marzo, el rebrote estaría asegurado. Y si no hay ningún rebrote importante se deberá a las altas temperaturas, pero no a la prudencia.
Una lástima, qué rápido olvidamos que en España ha llegado a haber más de mil muertes al día. Sí, más de mil, y posiblemente cerca de las dos mil, porque aunque las cifras oficiales hablaran durante una semana de más de 800, incluso un día en que se alcanzó el pico de 950, todos sabemos que ha habido más fallecidos que aún no se han contado, pero que se acabarán contabilizando. La cifra oficial habría que multiplicarla por entre 1,5 y dos, como mínimo, y, si no, al tiempo. Qué rápido que nos hemos olvidado también de lo mal que lo han pasado los sanitarios, que son, junto a los yayos, los que peor parte se han llevado.
Hace años vi un reportaje en el que se advertía de que la mayoría de accidentes en carretera en viajes de largo recorrido sucedían cuando el vehículo se acercaba al destino. Y esto se debía a que el conductor bajaba la guardia, se confiaba, se relajaba, perdía la atención y la vigilancia.
Pues eso.
Septuagésimo tercer día de confinamiento.
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