Enfermera: “La gente de ochenta y pico con patologías no baja [a la UCI]”
Los sanitarios en España y Cataluña conforman uno de los grupos más afectados por el coronavirus desde que estalló la pandemia. Según los últimos datos, en Cataluña hay 3.468 contagiados o confinados y, en España, hace tres días, 12.298. Estar en primera línea, además, conlleva sobrecarga laboral y psicológica. Asia sale a las siete de la mañana de casa para ir al trabajo y vuelve a las nueve y media. Durante doce horas se mete en un traje de neopreno y asiste a tres pacientes enfermos de coronavirus en la UCI de una clínica privada de Barcelona. Este jueves descansa y me ha relatado por teléfono cómo vive la epidemia del Covid-19 en su centro. ¿Tienen material de protección adecuado y suficiente? ¿Hubo previsión de compras? ¿Atienden en la UCI a todos los enfermos que lo requieren? ¿A qué perfil de pacientes asisten? ¿Colabora la sanidad pública y la privada? Tanto el nombre de la enfermera como el del centro sanitario permanecen en el anonimato. Asia es un seudónimo.
Esta clínica privada de la provincia de Barcelona dispone en situaciones normales de seis UCI, pero ahora se han habilitado dos quirófanos más y las tres salas de parto. O sea que, en total, cuentan con 11. “La gente de 80 y pico años con patologías ya no baja”, afirma Asia refiriéndose a que ya no entran en la unidad de cuidados intensivos. Todo ha cambiado con el incremento de ingresos graves. La empleada sanitaria pone como ejemplo que llaman a la doctora a la UCI para que suba a planta a examinar un paciente de 80 años que se ha agravado, pero cuando lo ve les responde que “está para bajarlo, pero no le vamos a hacer nada”. En cualquier otro momento se bajaría, se intubaría y se haría algo, asegura, pero ahora un enfermo mayor que necesite respirador lo tiene muy mal. Según explica Asia, el comité de crisis de su clínica estableció que a los mayores de 80 años con morbilidades no les trasladarían a la UCI, pero que si el volumen de ingresos fuera tan brutal que se llegara al colapso, bajarían el rango a 70; "pero eso no ha pasado aún”, puntualiza.
A Asia, hasta hace poco enfermera quirúrgica pero estos días reconvertida para la UCI, le llama mucho la atención que la unidades de cuidados intensivos de su centro rebosan de personas jóvenes, “de 40, 41, 45 y otro de 50”, y que además están “muy mal”. No ha habido casos de 20 años, aunque sabe que en otros hospitales sí. El enfermo más mayor tiene 62 años. Entre los muy graves, refiere una doctora de urgencias, de 45 años, que está intubada y que “pinta muy mal”. Es una compañera suya, y no sabe cómo se la encontrará este viernes.
De material de protección andan bien, aunque con matices y no para tirar cohetes. Las enfermeras visten monos de neopreno, los llamados EPI, pero deben usarlo toda la semana doce horas al día. Las obligan a no quitárselo durante la jornada, pero se pregunta ella cómo acuden al baño o a comer. No pueden estar envueltas así doce horas, y cuando se lo quitan hay peligro de contagio. Además, al cabo de la semana los lavan y se los enfundan de nuevo, pero la enfermera duda de que el traje aguante: “Mañana cuando vuelva no sé si me podré poner yo eso, porque se habrá desintegrado”. En cuanto a las mascarillas, trabajan con una FP3 –de un 97 por ciento de efectividad- durante la semana. Tanto las mascarillas como el traje deberían mudarlos cada día, se queja. Harina de otro costal son las gafas. Tienen que limpiarlas a menudo porque se empañan y compartirlas con compañeros cada vez que entra uno u otro a asistir a un enfermo.
El miedo es patente con motivo. Entre su equipo, hay cuatro enfermeras infectadas y confinadas en casa, y también una supervisora y una directora de enfermería. Pero desconoce el número de colegas contagiadas en planta, porque Asia trabaja solo en la UCI. Poseen test para la detección del coronavirus, pero no para ellas si no manifiestan síntomas o han estado en contacto con diagnosticados.
Antes de la declaración del estado de alarma en España, la competencia para abastecerse de suministros médicos pertenecía a las comunidades autónomas, pero en el caso de la clínica de Asia, al ser privada, era el centro de salud el que debía proveerse. Sin embargo, como ha ocurrido en la sanidad pública, tampoco su clínica fue previsora: “No, cuando ya quisieron pedir es cuando ya faltaba suministro en todos sitios”. Y añade que, en el momento en el que en Cataluña se ordenó el cierre de institutos y escuelas, el pasado 13 de marzo, en la clínica operaban con total normalidad, “como si no pasara nada”, sin atender qué ocurría en China u otros países.
A la clínica de Asia se derivan “un montón” de pacientes de la sanidad pública, pero se lamenta de que nadie de la pública ha acudido a ayudarles. Porque aún pueden convertir quirófanos reservados para emergencias en UCIs para pacientes con coronavirus, pero no está segura de que dispongan del personal suficiente. Al principio, trabajaban doce horas siete días a la semana, pero se dieron cuenta de que así no podían continuar y ahora descansan dos días entre semana: “Nos tienen que dejar descansar o se quedan sin nadie”, concluye. El día a día es muy duro: “Los pacientes de covid de UCI están muy mal y requieren mucho trabajo; estás doce horas y solo llevas a tres pacientes y no te da la vida en hacer todo lo que tienes que hacer, porque están muy mal, se desestabilizan”.
En varios momentos de la conversación, Asia expresa lo horrible que es dejar morir a gente, la carga que supone para enfermería, la pena que siente y como la destroza. Cuando vuelve a casa, han transcurrido 14 horas desde que se marchó temprano por la mañana. En casa le esperan pareja y bebé. Pero tiene otro hijo, también pequeño y en grupo de riesgo, que vive con su padre mientras dure la pandemia: “No le he visto hace ya 25 días”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario