jueves, 23 de abril de 2020

La vorágine de Sant Jordi

A riesgo de que me tilden de aguafiestas y amargado, escribo estas palabras sobre el día del libro. Sant Jordi en Cataluña es una fiesta consumista más, como las Navidades, las Rebajas –sí, son una fiesta- o el Black Friday. Pero como la venta del libro se viste de producto cultural enmarcado en una fiesta tradicional el negocio se maquilla. Parece diferente, elegante, civilizado, culto, exento del pecado capitalista, etc. Sin embargo, el libro es un producto de consumo que se rige por leyes de mercadotecnia. Vean, si no, el diseño de portadas, las imágenes, los colores, los títulos, las reseñas favorables y exageradas, la disposición en estanterías y, finalmente, cómo -cuando trasteamos por entre los libros- deseamos hacer acopio de legiones ingentes de novelas, ensayos u otros fármacos. No digo nada nuevo.

Cuando piso una librería adquiero más de un ejemplar, pero a poco que arramble con cuatro o cinco la cuenta roza los cien euros. Mi sueldo actual no me lo permite. Hace un tiempo me impuse el límite infranqueable de cincuenta euros mensuales, pero pocas veces lo respeté, por el vicio, porque comprar libros y leer también es un vicio, en el sentido más peyorativo del vocablo. Total, que hay meses que no compro, muerto el perro se acabó la rabia. Los libros cuestan un ojo de la cara si compras con frecuencia. No, claro está, si regalas un par para Sant Jordi. Puedes encontrar de bolsillo por poco más de diez euros, pero la gran mayoría valen alrededor de veinte o más, incluso mucho más.

Cerca de mi trabajo, una asociación vende libros de todo género. Es un grupo de amigos de la letra impresa que recoge donaciones ciudadanas y las vende al precio que estime el cliente, o sea, según la voluntad. Así, a veces, sacio el síndrome de abstinencia. Asimismo hay paradas similares desde hace unos años en el metro, que también ayudan.

Vuelvo a Sant Jordi, a criticarlo y a honrarlo. Al margen de que nos plazca recorrer el centro de las ciudades y pueblos en busca de una rosa y un libro, o del disfrute del ambiente, en Barcelona tenemos que reconocer tal muchedumbre paseando por aceras, que hindúes o chinos de megalópolis de Oriente pensarían que el catalán se ha ido por completo, que ha caído en las fauces de la locura. Y luego están los reclamos. Algunos supermercados del libro anuncian descuentos del 5 por ciento para toda la semana, cuando esa misma rebaja la aplican durante todo el año si el cliente presenta el carnet de biblioteca. Pero si la oferta fuera mayor no creo que entrase en tiendas, porque a la mayoría no se puede acceder y, si se pudiera, no sé si se podría salir. La marabunta empeora en los interiores. Algunas superficies comerciales del libro acogen más consumidores que borrachos y drogados rebuznábamos en discotecas de los años noventa a altas horas de la madrugada; me pregunto si, como en las discos de entonces, tales supermercados disponen de límite de aforo, porque un día habrá una desgracia: “¡Eo, tal fulano firma en tal mesa!”, y avalancha asegurada.

Hace unos años nunca deambulaba por Barcelona ese día y, ni mucho menos, compraba. Pero en las últimas tres ediciones la ciudad condal se ha deleitado con mi presencia. A un amigo le encanta remover libros en los puestos levantados en Paseo de Gracia y las Ramblas. Tanto le gusta, que se pide libre en el trabajo para la diada. Un par de veces he quedado con él en dicha festividad después de salir de trabajar. Así descubrí que en Sant Jordi hay espacio para las oportunidades. Al final de la jornada y de las Ramblas, venden libros de segunda mano a un precio más que asequible.

Feliz Sant Jordi. ¿Seguro que nos vemos el 23 de julio?

***

Este miércoles por la mañana un vehículo del Ayuntamiento de Barcelona circulaba por mi calle con los altavoces a todo volumen instando a los vecinos a que nos quedáramos en casa confinados a consecuencia del coronavirus. Sin llegar a estremecer, el mensaje que oía desde mi casa me recordaba a escenas propias de regímenes autoritarios, del tipo ‘Gran hermano’, de 1984.

Cuadragésimo primer día de confinamiento.

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