Vigésimo segundo día de confinamiento.
Médicos, virólogos y epidemiólogos recomendaban hace poco que solo los contagiados del covid-19 usaran mascarillas, pero este viernes protección civil ha rogado que todo el mundo las use en la compra diaria. Supongo que, como al principio debía de ser un material tan escaso, se sacaron de la manga aquello de que casi no protegía. O se miente antes o ahora. También es verdad que no todas las mascarillas resguardan igual, algunas caseras nada y menos. Sea como sea, por la calle ya hay mucha más gente con mascarilla que al principio del confinamiento; diría que la cosa anda mitad y mitad, entre quienes la llevan y quienes no. Pero es que, que se sepa, justo por ser un bien escaso y preciado, no se vendían en farmacias ni en ningún lugar. ¿De dónde diantres las sacaba la gente? ¿O es que todos los enmascarados están contagiados? No lo sé, pero desde hace unos días se pueden adquirir en el super de mi barrio. O no son ya tan buscadas por las autoridades sanitarias; o sí lo son, pero el super pasa de todo; o las que venden al cliente protegen poco.
La pandemia del coronavirus continúa como monotema en las conversaciones vecinales, al menos en los retazos de diálogos que cazo al vuelo cuando emerjo de mi cueva a comprar y me cruzo con alguien. Y cruzar es una forma de hablar. Porque nos evitamos, zigzagueamos, atravesamos la calzada, nos separamos al pasar uno junto al otro como dos imanes del mismo polo se repelen. Dos hombres mayores en la acera y con mascarillas a metro y medio de distancia: “Le hemos dicho que las cartas las deje todas juntas, que no las cogemos, ya veremos cuándo”.
Las charcuteras siguen con la sonrisa en la boca, mejor dicho, en los ojos, porque las tres van tapadas con mascarilla. Dejan entrar a dos o tres clientes a la vez, el resto guarda cola afuera. No paran de atender y anotar pedidos telefónicos. En la frutería, podemos acceder uno cada vez. Una mujer ha pedido entrar porque solo quería un par de cosas, pero el frutero le ha dicho que no. La mujer se ha marchado indignada. El tendero se ha explicado diciendo que son las normas, pero que además durante la mañana la policía ha pasado dos veces y en ambas ocasiones ha recordado a los clientes que mantuvieran las distancias de seguridad.
En condiciones normales, con armas nucleares a tutiplén, con conflictos bélicos sempiternos, con la contaminación a tope, con la explotación y la corrupción al máximo, con el precio de los pisos y los alquileres por las nubes, con sueldos irrisorios y con el hambre haciendo estragos, pero pudiendo salir al parque porque no hay virus, ¡qué fastidio es olvidarte algo de la compra! ¡Y encima, casi siempre, se olvida uno del producto más indispensable! Pues ahora este fastidio se convierte en algo más por el tiempo de espera en las colas de las tiendas. A mí me ha ocurrido esta mañana, pero, de camino a casa, he pasado delante de un pakistaní y no había nadie. Total, he comprado lo que me faltaba y le pregunto al tendero:
-¿Cómo está en Pakistán?
-Bastante bien, unos 300 y pico afectados y 30 muertos.
-¿Pero están confinados? Porque el otro día vi noticias de vuestros vecinos [me refiero a la India], pero no hablaron de Pakistán.
-No como aquí –me contesta.
-Pues allí acabaréis también mal, porque sois muchísimos –le digo.
-No creas, allí hace calor y no afecta tanto –me replica.
-Sí, pero mira Irán, también hacía calor y…
-Ya, pero en Irán la mayoría de gente se ha contagiado en zonas frescas.
No me fiaría.
Por cierto, si antes faltaba papel higiénico, ahora cuesta encontrar harina. Hipótesis: para no salir tan a menudo la gente prefiere hornear su propio pan.
Médicos, virólogos y epidemiólogos recomendaban hace poco que solo los contagiados del covid-19 usaran mascarillas, pero este viernes protección civil ha rogado que todo el mundo las use en la compra diaria. Supongo que, como al principio debía de ser un material tan escaso, se sacaron de la manga aquello de que casi no protegía. O se miente antes o ahora. También es verdad que no todas las mascarillas resguardan igual, algunas caseras nada y menos. Sea como sea, por la calle ya hay mucha más gente con mascarilla que al principio del confinamiento; diría que la cosa anda mitad y mitad, entre quienes la llevan y quienes no. Pero es que, que se sepa, justo por ser un bien escaso y preciado, no se vendían en farmacias ni en ningún lugar. ¿De dónde diantres las sacaba la gente? ¿O es que todos los enmascarados están contagiados? No lo sé, pero desde hace unos días se pueden adquirir en el super de mi barrio. O no son ya tan buscadas por las autoridades sanitarias; o sí lo son, pero el super pasa de todo; o las que venden al cliente protegen poco.
La pandemia del coronavirus continúa como monotema en las conversaciones vecinales, al menos en los retazos de diálogos que cazo al vuelo cuando emerjo de mi cueva a comprar y me cruzo con alguien. Y cruzar es una forma de hablar. Porque nos evitamos, zigzagueamos, atravesamos la calzada, nos separamos al pasar uno junto al otro como dos imanes del mismo polo se repelen. Dos hombres mayores en la acera y con mascarillas a metro y medio de distancia: “Le hemos dicho que las cartas las deje todas juntas, que no las cogemos, ya veremos cuándo”.
Las charcuteras siguen con la sonrisa en la boca, mejor dicho, en los ojos, porque las tres van tapadas con mascarilla. Dejan entrar a dos o tres clientes a la vez, el resto guarda cola afuera. No paran de atender y anotar pedidos telefónicos. En la frutería, podemos acceder uno cada vez. Una mujer ha pedido entrar porque solo quería un par de cosas, pero el frutero le ha dicho que no. La mujer se ha marchado indignada. El tendero se ha explicado diciendo que son las normas, pero que además durante la mañana la policía ha pasado dos veces y en ambas ocasiones ha recordado a los clientes que mantuvieran las distancias de seguridad.
En condiciones normales, con armas nucleares a tutiplén, con conflictos bélicos sempiternos, con la contaminación a tope, con la explotación y la corrupción al máximo, con el precio de los pisos y los alquileres por las nubes, con sueldos irrisorios y con el hambre haciendo estragos, pero pudiendo salir al parque porque no hay virus, ¡qué fastidio es olvidarte algo de la compra! ¡Y encima, casi siempre, se olvida uno del producto más indispensable! Pues ahora este fastidio se convierte en algo más por el tiempo de espera en las colas de las tiendas. A mí me ha ocurrido esta mañana, pero, de camino a casa, he pasado delante de un pakistaní y no había nadie. Total, he comprado lo que me faltaba y le pregunto al tendero:
-¿Cómo está en Pakistán?
-Bastante bien, unos 300 y pico afectados y 30 muertos.
-¿Pero están confinados? Porque el otro día vi noticias de vuestros vecinos [me refiero a la India], pero no hablaron de Pakistán.
-No como aquí –me contesta.
-Pues allí acabaréis también mal, porque sois muchísimos –le digo.
-No creas, allí hace calor y no afecta tanto –me replica.
-Sí, pero mira Irán, también hacía calor y…
-Ya, pero en Irán la mayoría de gente se ha contagiado en zonas frescas.
No me fiaría.
Por cierto, si antes faltaba papel higiénico, ahora cuesta encontrar harina. Hipótesis: para no salir tan a menudo la gente prefiere hornear su propio pan.
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