Vigésimo tercer día de confinamiento.
Casi todas las tardes mi mujer, mis hijos y el aquí presente nos asomamos a la ventana para aplaudir. A veces, no salgo, a veces son mi hija o mi mujer quienes no aplauden, pero siempre mi enano de 21 meses deja de jugar y se dirige escopeteado a la ventana para otear el edificio de enfrente y, de tanto en cuanto -sobre todo, cuando le avisamos de que es hora de cerrar-, para aplaudir como si le fuera la vida en ello. Nunca se lo pierde. Apenas dice cinco palabras (“mama”, “tata”, “yastá”, “sí”, “no” y, muy pocas veces, “papa”), pero entiende a la perfección que la ovación dura poco y que hay que ingeniárselas para alargar ese interludio el mayor tiempo posible. Por supuesto, él no aplaude a sanitarios. D, quiere respirar, formar parte de la algarabía, desfogarse tras todo un día encerrado entre cuatro paredes de apenas cuarenta y cinco metros cuadrados.
Mi mujer observó hace unos días que pocos hombres salían a la ventana a aplaudir, que casi todo eran mujeres. Y es cierto. Esta tarde lo he comprobado. De 14 personas que he contado, cuatro éramos hombres (el 28,5 por ciento), el resto mujeres y algún niño (el 71,4 por ciento). No es que desee denunciar nada, menuda tontería, simplemente es una constatación, una curiosidad. En sus vecindarios, ¿ocurre algo similar?
Casi todas las tardes mi mujer, mis hijos y el aquí presente nos asomamos a la ventana para aplaudir. A veces, no salgo, a veces son mi hija o mi mujer quienes no aplauden, pero siempre mi enano de 21 meses deja de jugar y se dirige escopeteado a la ventana para otear el edificio de enfrente y, de tanto en cuanto -sobre todo, cuando le avisamos de que es hora de cerrar-, para aplaudir como si le fuera la vida en ello. Nunca se lo pierde. Apenas dice cinco palabras (“mama”, “tata”, “yastá”, “sí”, “no” y, muy pocas veces, “papa”), pero entiende a la perfección que la ovación dura poco y que hay que ingeniárselas para alargar ese interludio el mayor tiempo posible. Por supuesto, él no aplaude a sanitarios. D, quiere respirar, formar parte de la algarabía, desfogarse tras todo un día encerrado entre cuatro paredes de apenas cuarenta y cinco metros cuadrados.
Mi mujer observó hace unos días que pocos hombres salían a la ventana a aplaudir, que casi todo eran mujeres. Y es cierto. Esta tarde lo he comprobado. De 14 personas que he contado, cuatro éramos hombres (el 28,5 por ciento), el resto mujeres y algún niño (el 71,4 por ciento). No es que desee denunciar nada, menuda tontería, simplemente es una constatación, una curiosidad. En sus vecindarios, ¿ocurre algo similar?
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