Al señorito Iván le importa un rábano que el secretario de caza, Paco, el Bajo, roce la ancianidad y pierda agilidad y firmeza al trepar a lo alto de las encinas más altas, es más, le pincha riéndose y recriminándole que le puede la edad, “con lo que tú eras”. El secretario se desploma a peso al bajar del árbol y se rompe la crisma. ¿Y se alarma el señorito? No, le preocupa que no pueda seguir cazando y que por poco no le haya caído encima. Le chincha todos los días para que le acompañe de cacería, aunque sea con muletas. No le quita el sueño el peligro de quede inválido. Paco, el Bajo, accede subyugado por el sentimiento de culpa de no poder ayudar al señorito y se rompe de nuevo el pie. Pero al señorito qué le importa, se enfada incluso, solo desea aplacar su ambición, la caza, todo lo demás no existe para él. El secretario ya no puede acompañarle.
El señorito se fija entonces en el cuñado de Paco, el Bajo, Azarías, que cría con ternura y devoción a una grajilla a la que llama “milana bonita”. La estima es mutua, pues el pajarillo planea al hombro de Azarías tan pronto le grita “quiá, quiá”. Una mañana el señorito desespera en el monte, no caza nada, pero el señorito no se conforma, el vicio le domina, necesita matar algo. La mala suerte hace que la grajilla de Azarías vuele por allí y este, inocente, la llame y, sin pensarlo, la ponga a tiro del señorito. Aterrado, le suplica Azarías que no dispare, que es la milana, señorito, “por sus muertos”. Pero al señorito qué más le da. Es que no me pude reportar, se justifica con Azarías, y, añade, ya te compraré otro pajarraco, “carroña de esa es la que sobra en el Cortijo”. Y ríe.
Pasan los años y los granujas empeoran. Muchos señoritos hay en España hoy en día, incluso más y de peor calaña que en la magnífica novela de Delibes, Los santos inocentes, a quienes no les perturba en lo más mínimo la vida del otro, todo sea por la pasta. Que disfrazan cinismo y egoísmo con soflamas del tipo "es por vuestro bien”, “si no, la economía se va a pique” o “no es por nosotros, es para mantener vuestros empleos”.
Trigésimo primer día de confinamiento.
El señorito se fija entonces en el cuñado de Paco, el Bajo, Azarías, que cría con ternura y devoción a una grajilla a la que llama “milana bonita”. La estima es mutua, pues el pajarillo planea al hombro de Azarías tan pronto le grita “quiá, quiá”. Una mañana el señorito desespera en el monte, no caza nada, pero el señorito no se conforma, el vicio le domina, necesita matar algo. La mala suerte hace que la grajilla de Azarías vuele por allí y este, inocente, la llame y, sin pensarlo, la ponga a tiro del señorito. Aterrado, le suplica Azarías que no dispare, que es la milana, señorito, “por sus muertos”. Pero al señorito qué más le da. Es que no me pude reportar, se justifica con Azarías, y, añade, ya te compraré otro pajarraco, “carroña de esa es la que sobra en el Cortijo”. Y ríe.
Pasan los años y los granujas empeoran. Muchos señoritos hay en España hoy en día, incluso más y de peor calaña que en la magnífica novela de Delibes, Los santos inocentes, a quienes no les perturba en lo más mínimo la vida del otro, todo sea por la pasta. Que disfrazan cinismo y egoísmo con soflamas del tipo "es por vuestro bien”, “si no, la economía se va a pique” o “no es por nosotros, es para mantener vuestros empleos”.
Trigésimo primer día de confinamiento.
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