Una de las actividades favoritas de mi hijo, de 21 meses, durante el confinamiento por la epidemia del coronavirus es divisar perros –“guau, guaus”, que balbucea- desde la ventana. Por poco que estemos, alguno vemos. En la tele dijeron el otro día que ha aumentado el número de peticiones de adopciones en las perreras.
Nos quejamos de políticos corruptos, de explotadores sin escrúpulos o de familias multimillonarias a las que les importa un rábano el destino de la humanidad, que solo miran por su cortijo, por su bienestar, sin importunarles que otros padezcan miseria, enfermedad y muerte, o lucrándose de eso mismo. Y es verdad. Pero también es cierto que si estos no estuvieran, habríamos otros; quizás los que quieren ahora perritos, quizás los que se marchan a segundas residencias en plena epidemia, quizás los que especulan con los precios de las mascarillas, quizás los que envidian a los poderosos, seguro los que a cualquier precio ocuparían el lugar de ellos.
Y todo seguiría igual.
Vigésimo sexto día de confinamiento.
Y todo seguiría igual.
Vigésimo sexto día de confinamiento.
No hay comentarios:
Publicar un comentario