Salí a comprar este jueves alrededor de las diez de la mañana. Por primera vez desde que empezó el confinamiento estuve dos horas y media fuera de casa. Primero entré en la papelería de mi barrio, que solo abre por las mañanas, en la calle Lloret de Mar, en Barcelona. Me explicó el dueño que casi no hace caja, que estos días podría haber vendido plastilina, acuarelas o barro –porque algún padre le pide-, pero que como el encierro se estableció de un día para otro, ahora los distribuidores casi no le reparten nada.
Bajé hasta Feliu i Codina, una calle principal del barrio de Horta, para comprar fruta y, de paso, un carrito de compra en la droguería que hay frente als Lluïsos. Y sí, confirmado, es preferible comprar fruta al mediodía porque hay menos clientes. Mientras hacía cola, leí en un cartelito enganchado en la pared que jóvenes del barrio se ofrecen voluntarios para ir a comprar, cuidar niños o pasear mascotas a personas que lo necesiten. Este era su mail: xarxasuporthorta@gmail.com. Subí cargado de naranjas, plátanos, peras, manzanas, zanahorias, patatas y calabacines, como para aguantar hasta el martes o miércoles que viene.
Durante el trayecto me topo con otro cartel. En este caso, una carta que una cantante llamada Tori Sparks dirige a los vecinos de Horta. En la misiva, explica que era ella la que había ofrecido un concierto después de la hora de los aplausos del pasado sábado 21 de marzo y que deseaba repetir el concierto, de solo media hora, para no molestar a nadie, el próximo sábado 28 de marzo. En esta cuenta de la cantante en instagram podéis ver la actuación musical. Y podéis disfrutar de una canción de su último disco en su página. Una fenómeno.
Seguí mi camino. Descargué en la puerta del rellano de casa y me fui al súper. Hasta ahora me había encontrado con colas de cuatro o cinco personas, pero ayer la fila daba la vuelta a la esquina, como se ve en el vídeo que grabé, y tuve que esperar una media hora hasta que llegó mi turno.
Una mujer con la que no había cruzado palabra desde hace más de 30 años guardaba cola detrás mío. Por un momento, sopesé hablar con ella, pero después desistí. Pensé: “Si le cuento la historia de por qué la conozco, quizás ella la recuerde o no, pero podrá soltarme: ‘¿Y por qué me saludas ahora tanto tiempo después si nos hemos visto ya alguna vez por la calle?”. Y además, aunque no me contestara de tal guisa, no hubiera sabido qué cara poner durante los largos minutos que restaban hasta acceder al establecimiento, aún quedaba cola.
A través de una ventana abierta de un edificio de enfrente, se aireaban temas de “Descanso dominical”, que amenizaban la espera. Cuando faltaban cinco o seis personas para entrar, se me volvió a pasar por la cabeza conversar con la mujer; habría ido tal que así, según mi mente fantaseaba, si no fuera porque en ese momento alguien la llamó por el móvil -el destino, que dirían algunos- y la posibilidad del diálogo se esfumó:
-Oiga, perdone, ¿a qué usted es o ha sido profesora de física?
-Uy, pues sí, ¿cómo lo sabe?
-Porque cuando era pequeño, con trece o catorce años, a veces con un amigo, después de salir del cole, nos divertíamos entrevistando a la gente que pasaba por la calle diciéndoles que hacíamos un trabajo para la escuela. Aquel día preparamos una encuesta de cultura general. Una de las preguntas era que qué decía la ley de Boyle-Mariotte. (Aclaro que en aquel momento la sabíamos porque, seguramente, la acabaríamos de haber estudiado). Y, claro, parábamos a mucha gente mayor y nadie la sabía, pero usted, para nuestra sorpresa, nos responde: “La presión ejercida por una fuerza química es inversamente proporcional a la masa gaseosa, siempre y cuando su temperatura se mantenga constante; si el volumen aumenta la presión disminuye, y si el volumen disminuye la presión aumenta”. Al vernos la cara de sorpresa, nos confesó que era física.
¿Qué esperaba extraer de esta conversación en la cola del supermercado que nunca se produjo? Supongo que, simplemente, saber si ella se acordaba. No sé, quizás, algún día, si la veo de nuevo, le pregunto.
Volvamos al súper. Está prohibido entrar sin guantes o, en su defecto, sin bolsas de plástico, pero, de momento, permiten entrar sin mascarilla. Digo “de momento” porque ya he oído que en otras tiendas y supermercados exigen la protección facial. Y no me extraña, más cuando el gobierno ha levantado el confinamiento total y a partir de este lunes miles de trabajadores no esenciales acudirán de nuevo a ocupar sus puestos. Para esta ocasión, el gobierno de España no ha consultado a su comité de expertos científicos, al que tanto se ha referido otras veces. O sea que solo han escuchado a la patronal. Da la sensación que dirijan al pueblo como al ganado, al matadero. ¿La sensación?
Procuro ir con la sonrisa por delante porque quiero y por pragmatismo. Le pregunté a la cajera del súper si al menos el propietario de la cadena les había gratificado con más días de vacaciones o con alguna paga extra y me contestó que sí, que el mes pasado algo les dieron. También me dijo que preferiría estarse en casa, pero que al menos se agradecía el gesto. Ya me lo imagino, le respondí, a mí me da pereza tirar la basura.
Vigésimo octavo día de confinamiento.
Bajé hasta Feliu i Codina, una calle principal del barrio de Horta, para comprar fruta y, de paso, un carrito de compra en la droguería que hay frente als Lluïsos. Y sí, confirmado, es preferible comprar fruta al mediodía porque hay menos clientes. Mientras hacía cola, leí en un cartelito enganchado en la pared que jóvenes del barrio se ofrecen voluntarios para ir a comprar, cuidar niños o pasear mascotas a personas que lo necesiten. Este era su mail: xarxasuporthorta@gmail.com. Subí cargado de naranjas, plátanos, peras, manzanas, zanahorias, patatas y calabacines, como para aguantar hasta el martes o miércoles que viene.
Durante el trayecto me topo con otro cartel. En este caso, una carta que una cantante llamada Tori Sparks dirige a los vecinos de Horta. En la misiva, explica que era ella la que había ofrecido un concierto después de la hora de los aplausos del pasado sábado 21 de marzo y que deseaba repetir el concierto, de solo media hora, para no molestar a nadie, el próximo sábado 28 de marzo. En esta cuenta de la cantante en instagram podéis ver la actuación musical. Y podéis disfrutar de una canción de su último disco en su página. Una fenómeno.
Seguí mi camino. Descargué en la puerta del rellano de casa y me fui al súper. Hasta ahora me había encontrado con colas de cuatro o cinco personas, pero ayer la fila daba la vuelta a la esquina, como se ve en el vídeo que grabé, y tuve que esperar una media hora hasta que llegó mi turno.
Una mujer con la que no había cruzado palabra desde hace más de 30 años guardaba cola detrás mío. Por un momento, sopesé hablar con ella, pero después desistí. Pensé: “Si le cuento la historia de por qué la conozco, quizás ella la recuerde o no, pero podrá soltarme: ‘¿Y por qué me saludas ahora tanto tiempo después si nos hemos visto ya alguna vez por la calle?”. Y además, aunque no me contestara de tal guisa, no hubiera sabido qué cara poner durante los largos minutos que restaban hasta acceder al establecimiento, aún quedaba cola.
A través de una ventana abierta de un edificio de enfrente, se aireaban temas de “Descanso dominical”, que amenizaban la espera. Cuando faltaban cinco o seis personas para entrar, se me volvió a pasar por la cabeza conversar con la mujer; habría ido tal que así, según mi mente fantaseaba, si no fuera porque en ese momento alguien la llamó por el móvil -el destino, que dirían algunos- y la posibilidad del diálogo se esfumó:
-Oiga, perdone, ¿a qué usted es o ha sido profesora de física?
-Uy, pues sí, ¿cómo lo sabe?
-Porque cuando era pequeño, con trece o catorce años, a veces con un amigo, después de salir del cole, nos divertíamos entrevistando a la gente que pasaba por la calle diciéndoles que hacíamos un trabajo para la escuela. Aquel día preparamos una encuesta de cultura general. Una de las preguntas era que qué decía la ley de Boyle-Mariotte. (Aclaro que en aquel momento la sabíamos porque, seguramente, la acabaríamos de haber estudiado). Y, claro, parábamos a mucha gente mayor y nadie la sabía, pero usted, para nuestra sorpresa, nos responde: “La presión ejercida por una fuerza química es inversamente proporcional a la masa gaseosa, siempre y cuando su temperatura se mantenga constante; si el volumen aumenta la presión disminuye, y si el volumen disminuye la presión aumenta”. Al vernos la cara de sorpresa, nos confesó que era física.
¿Qué esperaba extraer de esta conversación en la cola del supermercado que nunca se produjo? Supongo que, simplemente, saber si ella se acordaba. No sé, quizás, algún día, si la veo de nuevo, le pregunto.
Volvamos al súper. Está prohibido entrar sin guantes o, en su defecto, sin bolsas de plástico, pero, de momento, permiten entrar sin mascarilla. Digo “de momento” porque ya he oído que en otras tiendas y supermercados exigen la protección facial. Y no me extraña, más cuando el gobierno ha levantado el confinamiento total y a partir de este lunes miles de trabajadores no esenciales acudirán de nuevo a ocupar sus puestos. Para esta ocasión, el gobierno de España no ha consultado a su comité de expertos científicos, al que tanto se ha referido otras veces. O sea que solo han escuchado a la patronal. Da la sensación que dirijan al pueblo como al ganado, al matadero. ¿La sensación?
Procuro ir con la sonrisa por delante porque quiero y por pragmatismo. Le pregunté a la cajera del súper si al menos el propietario de la cadena les había gratificado con más días de vacaciones o con alguna paga extra y me contestó que sí, que el mes pasado algo les dieron. También me dijo que preferiría estarse en casa, pero que al menos se agradecía el gesto. Ya me lo imagino, le respondí, a mí me da pereza tirar la basura.
Vigésimo octavo día de confinamiento.
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