Hace unas semanas, subiendo cargado de comprar me encuentro con B., una amiga de la infancia a quien veo pocas veces. Esperaba a su marido de pie, junto al coche en la esquina de mi calle. Hablamos sobre el coronavirus –como no- y el trabajo y le expliqué que no andaba para lanzar cohetes, pero que no me podía quejar. Ella, sin embargo, sí que tenía motivos de queja. Tanto B. como su marido habían perdido el trabajo al principio de la declaración del estado de alarma. Y el primer cobro del paro fue mínimo. De hecho, me dijo que habían conseguido que La Caixa les adelantara algo de dinero -200 euros- para poder comprar hasta que cobraran la segunda paga del subsidio. Con una hipoteca y dos críos.
Sexagésimo octavo día de confinamiento.
Sexagésimo octavo día de confinamiento.
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