-¡Venga, a aplaudir!
Recuerdo que así nos invitaba mi padre a mi hermano y a mí a salir al balcón para aplaudir cuando éramos chiquitines. Y yo, cuarenta años después, hago lo mismo con mis hijos. A las ocho en punto, cada día, estemos donde estemos, en un balcón, en una terraza, en una ventana, en la playa, en el bosque, en el arcén de una carretera, de vacaciones en Vega, en el avión, en el barco, en la nave, sea donde sea, salimos a aplaudir. Y como nosotros, millones de seres, en planetas, en satélites, en colonias espaciales, desde hace eones. Y sonriendo, agradeciendo al Universo la vida que nos ha regalado.
Hoy, Marcelo cumple diez años y me pregunta:
-Papá, ¿y desde cuándo aplaude la gente?
Y le respondo lo que me contestó mi madre cuando cuatro décadas atrás le pregunté lo mismo.
-¡Déjame en paz, y aplaude, como todo el mundo, carajo!
No, eso es lo que he pensado. Le he venido con cuentos, como a mí me vinieron. Que no se sabe bien desde cuándo ni por qué, pero que lo más seguro es que sea la huella de algún rito primitivo ya abandonado.
-¿Qué rito? –insiste el palomo.
-Bueno –le digo-, hay dos hipótesis. Una sostiene que desde muy antiguo los seres humanos adoraron al Sol como fuente de vida. Y que cada atardecer y anochecer le rendían culto para que se fuera contento a dormir y animarlo así a que a la mañana siguiente despertara de nuevo. Con el paso de siglos y milenios, las civilizaciones nacían y morían, se sucedían unas tras otras, pero conservaron y adaptaron el culto hasta desembocar en este aplauso de dos minutos que todavía hoy ofrecemos a la naturaleza.
-¿Y la otra?
-La otra cuenta que en los inicios de la civilización transplanetaria, cuando la humanidad solo había chapoteado en la orilla del espacio, cuando ni tan solo se habían levantado ciudades en la Luna, Marte o Europa, una epidemia asoló el mundo, una enfermedad amenazó a la humanidad, no supieron controlarla a tiempo, por codicia, por negligencia, y que solo el sobreesfuerzo de algunos hizo posible acabar con la infección.
-¿Y? ¿Qué tiene que ver eso con los aplausos? –me suelta el niño con razón.
-Pues que se dice que millones de personas que estaban aisladas en sus casas y pisos se asomaban a sus balcones y ventanas para animar a quienes cuidaban a los enfermos y alimentaban a la población.
-¡Bah, menuda tontería, no puede ser! –dice, mientras le acaricio el cabello y le dirijo una sonrisa de aprobación.
-No, claro, la mayoría de científicos defiende la primera hipótesis, casi nadie cree la segunda.
Recuerdo que así nos invitaba mi padre a mi hermano y a mí a salir al balcón para aplaudir cuando éramos chiquitines. Y yo, cuarenta años después, hago lo mismo con mis hijos. A las ocho en punto, cada día, estemos donde estemos, en un balcón, en una terraza, en una ventana, en la playa, en el bosque, en el arcén de una carretera, de vacaciones en Vega, en el avión, en el barco, en la nave, sea donde sea, salimos a aplaudir. Y como nosotros, millones de seres, en planetas, en satélites, en colonias espaciales, desde hace eones. Y sonriendo, agradeciendo al Universo la vida que nos ha regalado.
Hoy, Marcelo cumple diez años y me pregunta:
-Papá, ¿y desde cuándo aplaude la gente?
Y le respondo lo que me contestó mi madre cuando cuatro décadas atrás le pregunté lo mismo.
-¡Déjame en paz, y aplaude, como todo el mundo, carajo!
No, eso es lo que he pensado. Le he venido con cuentos, como a mí me vinieron. Que no se sabe bien desde cuándo ni por qué, pero que lo más seguro es que sea la huella de algún rito primitivo ya abandonado.
-¿Qué rito? –insiste el palomo.
-Bueno –le digo-, hay dos hipótesis. Una sostiene que desde muy antiguo los seres humanos adoraron al Sol como fuente de vida. Y que cada atardecer y anochecer le rendían culto para que se fuera contento a dormir y animarlo así a que a la mañana siguiente despertara de nuevo. Con el paso de siglos y milenios, las civilizaciones nacían y morían, se sucedían unas tras otras, pero conservaron y adaptaron el culto hasta desembocar en este aplauso de dos minutos que todavía hoy ofrecemos a la naturaleza.
-¿Y la otra?
-La otra cuenta que en los inicios de la civilización transplanetaria, cuando la humanidad solo había chapoteado en la orilla del espacio, cuando ni tan solo se habían levantado ciudades en la Luna, Marte o Europa, una epidemia asoló el mundo, una enfermedad amenazó a la humanidad, no supieron controlarla a tiempo, por codicia, por negligencia, y que solo el sobreesfuerzo de algunos hizo posible acabar con la infección.
-¿Y? ¿Qué tiene que ver eso con los aplausos? –me suelta el niño con razón.
-Pues que se dice que millones de personas que estaban aisladas en sus casas y pisos se asomaban a sus balcones y ventanas para animar a quienes cuidaban a los enfermos y alimentaban a la población.
-¡Bah, menuda tontería, no puede ser! –dice, mientras le acaricio el cabello y le dirijo una sonrisa de aprobación.
-No, claro, la mayoría de científicos defiende la primera hipótesis, casi nadie cree la segunda.
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