lunes, 30 de marzo de 2020

Fantasías y probabilidades

Me habría gustado durante estos días explicar de primera mano qué sucede en Barcelona, pero, como todos saben, esto es imposible. Vivimos confinados desde hace dos semanas. No veo el transbordo de Diagonal ni los vagones del metro sin aglomeraciones. Tampoco la fachada de la Sagrada Familia ni la Casa Batlló libre de turistas nipones ansiosos por autorretratarse con estas joyas arquitectónicas de fondo. Sí que he visto la Rambla de Cataluña hueca, sin un alma, pero a través de la tele no vale.

Fantaseo con pasearme por la Ciudad Condal y contar cómo se mantienen distancias de un metro o metro y medio en las colas para comprar el pan, la carne o el pescado, pero eso ya lo conocemos todos, la monotonía, el no acaecer nada, la ausencia de sucesos visibles en la calle, una ciudad dormida durante el día, en apariencia moribunda, como una mañana vacía tras una noche de juerga o después de una verbena de las que marcan época. Sabemos o creemos saber, pues no salimos, salvo los pocos que emergen de su guarida para ir a trabajar a puestos esenciales pero que desearían quedarse en casa, recogidos y a salvo. ¿Qué sensación debe uno sentir sentado en un banco en Paseo de Gracia o en un bordillo en Plaza Cataluña sin nadie alrededor a las doce del mediodía? Sin apenas ruidos cotidianos o muy amortiguados, calentándose la piel al sol durante unos minutos, a solas. 

Pero estoy encerrado en casa. Solo salgo cada tres o cuatro días para comprar y cada dos o tres para tirar la basura. E incluso en espacios de tiempo más dilatados, pues me turno con mi mujer. Tampoco, la verdad, me apetece mucho vivir estas "aventuras". Al volver a casa hemos establecido un protocolo que, resumiendo, consiste en poner toda la ropa a lavar y ducharse uno entero antes de interactuar con mesas, sillas… y familia. No sé si es demasiado o no, aunque circulen recomendaciones de desinfección de este calibre. Por estas medidas no me sorprendería que el coronavirus flote en el aire, libremente, hasta que al cabo de unas horas o unos pocos días se desbarate como papel en al agua si no encuentra huésped humano en el que reproducirse.

Me decía mi mujer hace poco que no le extrañaría que cuando acabe la pandemia encuentren personas muertas en sus hogares. Esperemos que no. Pero hay muchas personas que viven y están solas y, si les ha pasado algo, quizás ningún vecino se haya enterado; incluso podrían haber llamado al 061 porque se encontraran mal y que nadie les hubiera devuelto la llamada. 

Décimo octavo día de confinamiento.

No hay comentarios:

Publicar un comentario