Millones de personas se encerraron durante meses en sus casas, pisos y apartamentos. Afectó a todos los países del mundo. Nadie escapó. Jugaban a las cartas, leían cómics y libros olvidados en las estanterías. Con el tiempo agotaron las películas de Hollywood y Bollywood y las series de Netflix y Amazon. Ellos mismos rodaron sus propios metrajes y los distribuyeron por las redes. Pero también agotaron su entusiasmo y creatividad.
Tiraban la basura desde la ventana. La lluvia de detritus se convirtió con los días en tormenta. Los restos de huevos, carne y pescado se esparcían por los adoquines y pintaban el asfalto de las grandes ciudades, hasta que de madrugada pasaba un equipo de limpieza, si bandadas de palomas, gaviotas y loros no hacían la faena antes. El hedor, sin embargo, se filtraba incluso en las casas más pudientes y, de ahí, que dentro de las viviendas se trajinara con mascarillas, no por el virus, sino por la peste.
Los primeros días transcurrieron veloces, repletos de novedades, noticias de muertes, recuperaciones, aislamientos, nuevos países infectados, curvas, mascarillas; pero al cabo de poco la rutina se instaló en lo que antaño llamaban hogares y que meses después se habían convertido en zulos. Las jornadas, como sobremesas de verano en las que los niños cuentan los minutos para que acabe la digestión y huir raudos a la piscina, ahogaban al más resistente. En cambio, cuando el gobierno anunció la efeméride del primer contagio, nadie pudo creer que ya hubiera pasado un año, como si hubiera sido no visto y visto.
Meses después la gente dejó de trabajar en las ciudades y grandes pueblos. Solo el primer sector, el ejército y algunos especialistas para custodiar centrales eléctricas se mantenían en sus puestos. Pero hubo un goteo de deserciones: sanitarios, soldados y ganaderos no querían contagiarse. La violencia en los hogares aumentó al principio, hubo parricidios e infanticidios, más de lo habitual en época de salud. Pero con el tiempo casi toda actividad, legal e ilegal, cesó. Tan solo se comía y se dormía. Casi no se veía la tele ni se escuchaba la radio ni había tráfico en internet. Las multinacionales sucumbían y los mercados de futuro miraban al pasado.
Por eso, dos años, tres meses y una semana después del estallido de la epidemia, cuando un no se sabe quién del gobierno anunció que ya no había nadie contaminado, que la vacuna había llegado por fin y que todo el mundo podía salir a celebrarlo y a empezar a llenar oficinas, supermercados y parques, nadie respondió a la llamada. Todoterrenos y helicópteros militares recorrieron por tierra y sobrevolaron por aire las ciudades, altavoz en ristre, anunciando la buena nueva primero, y, a los pocos días, al no hacer nadie caso, conminando a los ciudadanos para que volvieran a sus puestos so pena de cárcel. Pero ya ni un alma apareció. “¿Cárcel?”, sonreían, “¡mamma mía!”.
Tiraban la basura desde la ventana. La lluvia de detritus se convirtió con los días en tormenta. Los restos de huevos, carne y pescado se esparcían por los adoquines y pintaban el asfalto de las grandes ciudades, hasta que de madrugada pasaba un equipo de limpieza, si bandadas de palomas, gaviotas y loros no hacían la faena antes. El hedor, sin embargo, se filtraba incluso en las casas más pudientes y, de ahí, que dentro de las viviendas se trajinara con mascarillas, no por el virus, sino por la peste.
Los primeros días transcurrieron veloces, repletos de novedades, noticias de muertes, recuperaciones, aislamientos, nuevos países infectados, curvas, mascarillas; pero al cabo de poco la rutina se instaló en lo que antaño llamaban hogares y que meses después se habían convertido en zulos. Las jornadas, como sobremesas de verano en las que los niños cuentan los minutos para que acabe la digestión y huir raudos a la piscina, ahogaban al más resistente. En cambio, cuando el gobierno anunció la efeméride del primer contagio, nadie pudo creer que ya hubiera pasado un año, como si hubiera sido no visto y visto.
Meses después la gente dejó de trabajar en las ciudades y grandes pueblos. Solo el primer sector, el ejército y algunos especialistas para custodiar centrales eléctricas se mantenían en sus puestos. Pero hubo un goteo de deserciones: sanitarios, soldados y ganaderos no querían contagiarse. La violencia en los hogares aumentó al principio, hubo parricidios e infanticidios, más de lo habitual en época de salud. Pero con el tiempo casi toda actividad, legal e ilegal, cesó. Tan solo se comía y se dormía. Casi no se veía la tele ni se escuchaba la radio ni había tráfico en internet. Las multinacionales sucumbían y los mercados de futuro miraban al pasado.
Por eso, dos años, tres meses y una semana después del estallido de la epidemia, cuando un no se sabe quién del gobierno anunció que ya no había nadie contaminado, que la vacuna había llegado por fin y que todo el mundo podía salir a celebrarlo y a empezar a llenar oficinas, supermercados y parques, nadie respondió a la llamada. Todoterrenos y helicópteros militares recorrieron por tierra y sobrevolaron por aire las ciudades, altavoz en ristre, anunciando la buena nueva primero, y, a los pocos días, al no hacer nadie caso, conminando a los ciudadanos para que volvieran a sus puestos so pena de cárcel. Pero ya ni un alma apareció. “¿Cárcel?”, sonreían, “¡mamma mía!”.
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