Sexto día de confinamiento. Más de 14.500 diagnosticados, casi 3.000 más que ayer, y 638 fallecidos en España. En Cataluña, 2.702 casos, 836 más, y 55 muertes.
Pero quiero fijarme en Italia, donde ha habido solo este miércoles 475 defunciones, que suman 2.978 en total. Esta cifra se acerca a las 3.237 víctimas mortales de China, pero Italia, con sus 60,5 millones de habitantes, se sitúa a años luz de los 1.439 millones de China. La pandemia en el gigante asiático declina, en Italia, aún no se ha alcanzado el pico. Y España parece que sigue los pasos italianos. China cerró Wuhan –una ciudad de 7 millones de habitantes; 11, en su área metropolitana- con 500 casos y 17 muertes.
De cuánto servirá el confinamiento parcial en el que estamos inmersos si hay empleados que siguen acudiendo a sus puestos pese a que su trabajo no es esencial. ¿Por qué no se cerró Madrid? ¿Por qué no Cataluña? ¿Por qué no se envía a todo trabajador prescindible a casa?
Al igual que un director de escuela que se precie pregunta primero a su claustro, tal proceder hubiera esperado del presidente español: “¿Qué necesitan? ¿En qué y cómo podemos ayudarles?”. Un gobierno habría preguntado esto a todas las comunidades autónomas, ayuntamientos, sindicatos, patronales, asociaciones, ONG, etc, si no tuviera complejos de tipo nacional. En cambio, recibimos mensajes de unión con, a mi entender, un claro trasfondo político.
En fin, espero que llegue pronto el calor y el coronavirus sea estacional.
En el supermercado de al lado de mi casa, sigue habiendo problemas para comprar papel higiénico y huevos, entre otro género. Y eso que un cartel anuncia que solo se permite adquirir un producto por persona. En Dinamarca, más originales, ante la avalancha de compras de gel de manos desinfectante, han lanzado la antioferta: “Uno 5 €, dos, 135€ cada uno”.
Seguimos con las clases en casa: cálculo, problemas, escritura, inglés, ciencias, plástica, lectura… Dedicamos cada mañana entre dos y dos horas y media, tres como máximo. Estamos dale que dale con las tablas de multiplicar: recitadas, salteadas, por escrito o en ordenador. A mediodía hemos enviado una foto de C al Info-K, el informativo de la Televisión de Cataluña (TV3) para niños, en la que aparecía estudiando con una careta multicolor pintada por ella.
Como cada noche a las ocho, decenas de vecinos, seguramente millones en toda España, se apoyan en sus alféizares para animarse unos a otros y ovacionar a sanitarios y otros profesionales que no tienen más remedio que bregar contra el virus. C nos ha acompañado, y, cuando llevaba un minuto aplaudiendo, me suelta riéndose, divertida ella: “¿Pero por qué aplaudimos!”. Una hora después -había una cacerolada contra el Rey de España-, me ha preguntado que por qué hacían ruido ahora los vecinos. Y le he respondido que porque no les gusta lo que dice y hace el que habla por la tele.
Pero quiero fijarme en Italia, donde ha habido solo este miércoles 475 defunciones, que suman 2.978 en total. Esta cifra se acerca a las 3.237 víctimas mortales de China, pero Italia, con sus 60,5 millones de habitantes, se sitúa a años luz de los 1.439 millones de China. La pandemia en el gigante asiático declina, en Italia, aún no se ha alcanzado el pico. Y España parece que sigue los pasos italianos. China cerró Wuhan –una ciudad de 7 millones de habitantes; 11, en su área metropolitana- con 500 casos y 17 muertes.
De cuánto servirá el confinamiento parcial en el que estamos inmersos si hay empleados que siguen acudiendo a sus puestos pese a que su trabajo no es esencial. ¿Por qué no se cerró Madrid? ¿Por qué no Cataluña? ¿Por qué no se envía a todo trabajador prescindible a casa?
Al igual que un director de escuela que se precie pregunta primero a su claustro, tal proceder hubiera esperado del presidente español: “¿Qué necesitan? ¿En qué y cómo podemos ayudarles?”. Un gobierno habría preguntado esto a todas las comunidades autónomas, ayuntamientos, sindicatos, patronales, asociaciones, ONG, etc, si no tuviera complejos de tipo nacional. En cambio, recibimos mensajes de unión con, a mi entender, un claro trasfondo político.
En fin, espero que llegue pronto el calor y el coronavirus sea estacional.
En el supermercado de al lado de mi casa, sigue habiendo problemas para comprar papel higiénico y huevos, entre otro género. Y eso que un cartel anuncia que solo se permite adquirir un producto por persona. En Dinamarca, más originales, ante la avalancha de compras de gel de manos desinfectante, han lanzado la antioferta: “Uno 5 €, dos, 135€ cada uno”.
Seguimos con las clases en casa: cálculo, problemas, escritura, inglés, ciencias, plástica, lectura… Dedicamos cada mañana entre dos y dos horas y media, tres como máximo. Estamos dale que dale con las tablas de multiplicar: recitadas, salteadas, por escrito o en ordenador. A mediodía hemos enviado una foto de C al Info-K, el informativo de la Televisión de Cataluña (TV3) para niños, en la que aparecía estudiando con una careta multicolor pintada por ella.
Como cada noche a las ocho, decenas de vecinos, seguramente millones en toda España, se apoyan en sus alféizares para animarse unos a otros y ovacionar a sanitarios y otros profesionales que no tienen más remedio que bregar contra el virus. C nos ha acompañado, y, cuando llevaba un minuto aplaudiendo, me suelta riéndose, divertida ella: “¿Pero por qué aplaudimos!”. Una hora después -había una cacerolada contra el Rey de España-, me ha preguntado que por qué hacían ruido ahora los vecinos. Y le he respondido que porque no les gusta lo que dice y hace el que habla por la tele.
No hay comentarios:
Publicar un comentario