El teólogo y filósofo Jaime Balmes defiende en su obra
El Criterio que para enjuiciar y conducirse de manera correcta las personas debemos atender al conjunto de las facultades humanas, aprovechándonos de la fuerza de las pasiones, pero rigiéndolas con el raciocinio, que, a su vez, debe estar amparado por la religión. Aunque Balmes resume la tesis de su libro como acabo de señalar, otorgando importancia a todas las facetas del ser humano, lo cierto es que resta categoría a las emociones y las acusa de las veleidades del hombre; en ningún momento encumbra al sentir a criterio de guía. Y en esto difiero de su opinión. Para mí, las emociones pueden servir de faro para la conducta humana unas veces, como los valores tradicionales, la lógica más pura y el instinto en otras, o la mezcla de todas en la mayoría. El juicio debería de ser lo suficientemente flexible como para distinguir en cada caso determinado con qué pauta gobernar la acción. Y para mí, no siempre será un valor tradicional –amor al prójimo, por ejemplo-, el principio que dirija el acto. Debería de hacer lo adecuado y apropiado para mi bienestar, lo que me haga sentir en paz conmigo mismo, y, para conseguirlo, en algunas ocasiones haré caso a las emociones, pues señalarán qué reclama el organismo, tal y como observaba el psicólogo Carl Rogers. A veces, lo ético es tu cuerpo, no la razón o una ley terrenal o divina. Jaime Balmes alerta, no obstante, sobre el excesivo caso a la virtud como norma: “La virtud nos enseña el camino que debemos seguir, mas no se encarga de descubrirnos todos los lazos que en él podemos encontrar; esto es obra de la penetración, de la previsión, del buen juicio, es decir, de un entendimiento claro y atinado”. Es decir, que las ideas y las creencias no se transformen en mapas de acción inamovibles y dogmas de fe. En la senda de la vida tropezamos con bifurcaciones singulares y, por ello, debemos evaluar tales circunstancias concretas y sentir cómo responde nuestro cuerpo en su conjunto para elegir dirección adecuada. ‘No me salgo del sendero porque pisaría huertos que no son míos. Sigo caminando y me encuentro un fuego en el camino. No seré tan terco como para continuar recto; atravesaré los huertos ajenos’. Él mismo afirma que “las pasiones son a veces un auxiliar excelente”, aunque advierte con acierto del peligro de cegarse con ellas. Pero, ojo, Balmes, que la razón también yerra.
El ensayista explica cómo el mayor peligro no está en las pasiones desaforadas, sino en aquellos sentimientos que encandilan por su delicadeza. La venganza se cubre del manto de la justicia, la pereza de la necesidad de descanso, la cobardía de prudencia, la codicia de seguridad, el orgullo de dignidad, la ira del justo enojo, etc. El hombre, antes de considerarse malo, se hace hipócrita, sostiene el filósofo. Siempre y cuando aún le importe tender a un ideal, matizo. Balmes en muchas ocasiones compara pasión a maldad, cuando hoy en día esto no lo consideramos así. Las pasiones forman parte de nuestro cuerpo, nos dan información y nos preparan para la acción. Juzgarse por una pasión, reprimirla, es contraproducente porque el sentir no dejará de existir por ello, se acumulará, negaremos o bloquearemos una parte del ser. Es la conducta resultante la que puede a uno perjudicarle o beneficiarle, en función de cómo haya sido manifestada. Claro que no es lo mismo gestionar el sentimiento de orgullo, más racional, pero a veces sutil, que el estallido de ira, brutal y siempre fulgurante. Además, las emociones pueden complicarse; un orgullo herido puede desembocar en odio, resentimiento y una vida plagada de venganza. A veces, como digo, Balmes trata las pasiones como algo diabólico y etéreo, ajeno a la fisiología del ser humano. Pero las emociones, como el razonamiento, la intuición o los instintos, son reacciones al ambiente interno o externo que se fraguan en el cerebro y otros órganos y glándulas del cuerpo humano, y que junto a la razón nos ayudan a ser más eficaces, en palabras del psicólogo Leslie Greenberg. El neocórtex -área última y más evolucionada del cerebro- toma decisiones racionales, pero el sistema límbico –más primitivo- reacciona con una emoción milésimas o millonésimas de segundo antes que la corteza perciba el estímulo. Explican los científicos que esto es así porque el ser humano necesitaba en tiempos remotos actuar con rapidez para tener mayores posibilidades de sobrevivir a eventuales peligros. Si en el futuro cada vez hubiera menos amenazas inminentes para la integridad de los cuerpos físicos, los órganos que generan estas rápidas respuestas podrían atrofiarse y, con ello, parecernos todos más a los vulcanianos de Star Trek. Pero hoy en día nos tomamos muchos trances como afrentas de vida o muerte. Y el mundo es, con mucha probabilidad, más cambiante que nunca. Así que dudo que esto ocurra.
Desde antiguo conocemos el aforismo de ‘conocerse a uno mismo’ inscrito en el templo de Delfos de la antigua Grecia. Quizás el error, sin embargo, sea creer que podemos hacer desaparecer ciertos rasgos de nuestra personalidad. Conociéndolos podremos percibir cómo tiñen pensamientos y actitudes y así enjuiciar de manera más fría algunas situaciones. Esto costará más o menos, dependiendo de la fuerza de la pasión, del entrenamiento en el darse cuenta y de la atención que prestemos a la emoción. Balmes nos aconseja ayudarnos de las emociones agradables que resultan de doblegar violencias o de practicar el camino recto como recurso para lograr el comportamiento adecuado. Pero hay otros factores más “pedestres” que influyen o pueden influir en el estado de ánimo y en la reacción subsiguiente, condicionantes tales como el sueño, la abstinencia, el cansancio, las prisas, los quehaceres, el estrés, etc. Y los tiempos cambian. Antaño, para muchos, la sexualidad era pecaminosa.
Cuando el apologista propone unos consejos para atajar los accesos de ira, creo que cae en el error de muchos otros pensadores. A saber, analiza la situación desde la comodidad de un escritorio, y casi siempre intuyo que en el plano adulto, en conflicto entre personas adultas, quiero decir. Pero a Balmes, al Dalai Lama o a Gandhi, me gustaría verles tratar y/o convivir con niños y adolescentes difíciles. No es lo mismo atenuar un estallido de furia aislado, que conflictos que se dan cada dos por tres entre padres e hijos, adolescentes y adolescentes, maestros y alumnos, día sí y día también, varias veces al día, durante semanas, meses y años. Y no quiero decir que no lo hayan experimentado, sino que me gustaría observar cómo mantuvieron la serenidad, si es que lo lograron. Asimismo, a veces parece olvidar que no todos las personas poseemos las mismas cualidades de nacimiento. Habrá quien haya nacido con un temperamento apacible, otro impetuoso, un tercero risueño, uno más inteligente que otro, un cuarto talentoso en un área y pobre en otra, etc. Incluso unos más dotados que otros en la ingente tarea de conocerse a uno mismo. Por eso, estas afirmaciones sobre el conocimiento de uno mismo pueden ser cuestionadas, por demasiado generales: “Poco conocedor de sí mismo, sin formarse por lo común ideas bastante claras ni de la cualidad ni del alcance de sus fuerzas, creyéndose a veces más poderoso, a veces más débil de lo que es en realidad, encuéntrase con mucha frecuencia dudoso, perplejo, sin saber ni adónde va ni adónde ha de ir. Además, para él es a menudo un misterio qué es lo que le conviene; por manera que las dudas sobre sus fuerzas se aumentan con las dudas sobre su interés propio”. ¿Cuántos os habéis sentido identificados con estas líneas? Aunque hubierais sido muchos –que estaría por ver-, me parece a mí que estas impresiones a algunos nos vienen más a la cabeza en horas bajas, no son una constante que predomine en la vida. Pero cuando ocurren pueden ser profundas y quedar registradas a fuego en la memoria.
El Criterio me recuerda a un libro de autoayuda. Y no es un desprecio que le hago. En el fondo, ¿qué son, si no, muchos libros de ética? Nietzsche, sin ir más lejos. Balmes ofrece consejos prácticos y eso me recuerda también a estoicos como Epicteto, Séneca o Marco Aurelio. Otro ejemplo, cuando con la ira el teólogo nos aconseja pensar en otros asuntos para dividir y desviar la atención sobre el motivo que nos genera cólera y así distraer a la mente de la causa que la ha precipitado.
Balmes nació en Vic en 1810 y murió 38 años después en la misma población. A punto estuvo de ser miembro de la Real Academia de la Lengua, pero falleció. Su conocimiento del alma humana hizo que en la Corte se lo rifaran. Se dedicó también a la física y a las matemáticas. Supongo que de ahí que en su obra no ningunee las ciencias como podría esperarse a veces -y juzgo bajo el yugo del prejuicio- de un teólogo. Que no las menosprecie no significa que nunca las critique: “¿Qué no descubrirá en los cuerpos celestes el astrónomo que maneja el telescopio no con ánimo reposado, sino con vivo deseo de probar una aserción aventurada con sobrada ligereza”. O cuando añade: “Dominado por su opinión favorita, ansioso de encontrar pruebas para sacar la verdadera, examina los objetos no para saber, sino para vencer”. Pero para ser honestos, en estos pasajes critica más al científico obnubilado que no a la ciencia en sí. Se podría aplicar también al periodista tales ideas, por aquella denuncia que reza: ‘Que la verdad no te estropee una buena noticia’. Ya que hablamos de periodistas, y perdonad la digresión, mencionaré otro apunte de Balmes que interesa al gremio sobre las fuentes anónimas. El autor argumenta que si ya una persona con nombre y apellidos puede mentir aun sabiendo que en el futuro le puedan atrapar en el embuste, qué no hará o manifestará alguien que se vea libre de juicio público por sus declaraciones.
Atentos a cómo diferencia vanidad de orgullo, aunque sean hermanas y a menudo se mezclen en un mismo carácter. Parece que sea una cuestión de grado, pero Balmes indaga hasta distinguirlas con claridad. El orgullo busca la superioridad, la vanidad, el halago, incluso la adulación. Para el teólogo, la vanidad, “como es una complacencia en la alabanza más bien que un sentimiento fuerte de superioridad, no ejerce sobre el entendimiento un influjo tan maléfico”. Pero creo que a veces es demasiado severo al juzgarlas. De hecho, aunque sea por pragmatismo, cuando más adelante en el libro propone instrumentos para combatir la pereza, recurre al placer de la gloria como estímulo para perseverar en el trabajo. Y el placer de la gloria, ¿no es un tipo de vanidad? El anhelo de gloria suministra placer, ergo energía y fuerzas, para evitar que abandonemos tareas fatigosas. Ahora bien, siempre que uno pueda, qué mejor que buscar la dicha en la misma acción, como nos instruye Spinoza. Es cierto que la soberbia la hallamos en cualquier humano: en el rico, en el pobre, en el sabio, en el ignorante, en el niño, en el anciano, etc. Entonces, ¿por qué un orgulloso se comporta así? Quizás en origen no haya más que un sentimiento de inferioridad, el no sentirse válido a no ser que se destaque en algún campo; el necesitar capas y trapos porque la persona desnuda no es suficiente valor, no es digna por ella misma, por el hecho de existir; el no saber quererse a uno mismo por ser tal como uno es, con su ignorancia y su falibilidad, en el temor a que se descubran esos supuestos defectos o debilidades. El falto de amor crea así, con distracciones, el ente orgulloso, pero en el fondo es otro pobre ser sufriente. “Eres digno de amor y estima solo por el hecho de ser persona”, podríamos inculcarle. Claro que también pueden existir orgullosos bien conocedores del alma humana que se vanaglorien solo para deslumbrar a quienes admiran tales fuegos de artificio. Pero en este caso hablaríamos de manipuladores. Y, oiga, que podemos ser orgullosos a ratos y soberbios por ignorancia.
Explica Jaime Balmes que entorpece la acción la vanidad al exagerar fortalezas y minusvalorar debilidades y la pusilanimidad al disminuir capacidades y habilidades y engrandecer flaquezas. No nos queda otra cuando esto ocurra que ser conscientes de que rumiamos o actuamos bajo el peso de la vanidad o la cobardía. Pero puede entenderse que seamos precavidos en ocasiones, sobre todo, ante novedades.
La inconstancia, para Balmes, es un sucedáneo de la pereza. La perseverancia y la fuerza de voluntad logran que nos apliquemos y profundicemos en una materia; en cambio, la inconstancia hace que nos dispersemos y que la mente picotee de aquí y de allá, porque para ello requiere menos esfuerzo. A su entender, la inconstancia impide que multitud de personas extraigan lo mejor de sí mismos y provoca que la sociedad avance a menor ritmo. Estamos ante lo mismo, hay quienes por temperamento poseen mayor resistencia al esfuerzo, o incluso otros que, tras largos años de fatigas sin frutos, caen en el nihilismo, en el para qué hacer nada. El esfuerzo cansa, duele. El sobreesfuerzo provocará aversión a sucesivas intentonas. Por eso, recurrir a Spinoza, qué mejor que buscar la dicha en la misma acción. Sea como sea, Balmes ataca a los inconstantes de esta guisa: las generalidades, la universalidad de conocimientos, el punto de vista holístico, está reservado solo a unas pocas mentes preclaras, el resto cree que sabiendo un poco de cada rama del saber conoce mucho y, en realidad, desconoce todo. Pero, como afirmaba Ortega y Gasset, también existe un riesgo en la suprema especialización y es el peligro de deducir que como somos reconocidos expertos en, pongamos por caso, economía, creeremos que sabemos con el mismo nivel de profundidad en otros campos del saber, como puedan ser la abogacía, la sociología o la pedagogía. (Dicho sea de paso, esta hipótesis de Ortega falla para materias como las matemáticas, la física o la química; ¿quién cuestiona una fórmula matemática, si no es otro matemático?) Para ser constantes podemos tirar de la gloria, aconseja Balmes, contradiciéndose a sí mismo cuando ataca la vanidad. ¿Pero importa mucho si al final gracias a la perseverancia nutrida de vanidad consigues un logro estimulante? ¿Haremos asco a un dulce? También habría “pecado” en ello. Todo dependerá de cómo hayas conseguido la meta. Atendamos en el proceder de la vida a un fragmento del poema
Desiderata de Max Ehrman: “(…) sean cuales sean tus afanes y aspiraciones, en la ruidosa confusión de la vida, conserva la paz con tu propia alma”.
¿De qué depende la fuerza de voluntad? Así nos responde Balmes: “La idea es la luz que señala el camino; es más: es el punto luminoso que fascina, que atrae, que arrastra; el sentimiento es el impulso, es la fuerza que mueve, que lanza”. La fijeza de la idea y la fuerza del sentimiento dan energía y firmeza a la voluntad. Pero, para mí, existen otros dos factores decisivos previos. Primero, el buscar y encontrar un proyecto apasionante, ese “punto luminoso”. No es fácil descubrir o inventar un objeto que te embargue hasta el punto de soportar, si fuera necesario, el sufrimiento por su consecución -por el mero esfuerzo y cansancio que acarrea-, esperando del futuro placeres que compensen el dolor del presente. Y segundo, la creencia absoluta en lo que haces, pensar que vale la pena y que merecerá el esfuerzo aun no logrando coronas de laureles cuando alcances la meta. De nuevo Spinoza, perder de vista por un momento la finalidad y centrarse en el placer que genera la misma acción. Eso ayudará, la alegría en la acción. O, más coloquialmente, sarna con gusto no pica.
Esperar que nunca seamos pasto de errores y pasiones desbocadas que nos produzcan sufrimiento no solo es un error, sino que además nos generará daño adicional al comprobar cómo una y otra vez caemos cuando nos habíamos propuesto no volver a sucumbir. Así, Balmes advierte: “Entre dichos escollos debemos caminar siempre no con la esperanza de no dar jamás en ninguno de ellos, pero sí con la mira, con el deseo y la esperanza también de no estrellarnos hasta el punto de perecer”. Generar la expectativa de que podemos vivir exentos de sufrimiento generará más sufrimiento. ¿Quién no ha sufrido nunca? La cuestión es evaluar la intensidad, frecuencia y causas. Y, entre estas últimas, juzgar si son razonables. Eliminar por completo el sufrimiento es irreal, pero tratar de dilucidar qué sufrimiento es inevitable y cuál innecesario es posible y deseable. Pongamos por caso la ira. Nos enfadaremos, sí, perderemos los estribos, puede, lo ideal sería expresar de manera adecuada la furia, sin hacer daño a nadie ni a uno mismo ni a ningún objeto, sí, pero alguna vez puede que perdamos los papeles. Hay que tender a mejorar, pero la pasión volverá; quizás, la próxima vez sepamos canalizarla mejor y estallemos en el lugar y en el momento adecuados y de la forma y con la persona apropiadas, perjudicándonos lo menos posible y solucionando el embrollo de la mejor manera posible. Nos queda también la fortaleza de espíritu para soportar mejor los embates inevitables de dolor: “Alimenta la fortaleza de espíritu para que te proteja en los momentos de inesperada desventura”, de Max Ehrman, de nuevo. Y si nada de eso funciona, sufre, es lo que toca, ese sufrimiento es inevitable, hay que pasar el trago, con dignidad o
sin ella.
Balmes demuestra un gran conocimiento de las emociones humanas, de su variedad y mutabilidad, y que no siempre cambian debido a hondas transformaciones del estado de ánimo. El sueño, el cansancio, el calor, el hambre, una palabra, una mirada… pueden ser motivos más que suficientes: “No es más mudable e inconstante el mar azotado por los huracanes”. Pero el alma humana todavía es más compleja. Unas emociones pueden esconder otras. Como afirma el psicólogo Leslie Greenberg, sentimos enfado porque, en el fondo, estamos tristes, por ejemplo. O podemos abrigar emociones contrarias a un mismo tiempo: alegría por un ascenso el mismo día que despiden a un compañero.
Aún picotearé en
El Criterio de Balmes, pero será en un artículo breve que publicaré pronto.