jueves, 28 de mayo de 2020

Timelapse casero

Desde hace 50 días que para hacer un timelapse fotografío un árbol plantado frente a mi bloque. Quería que se apreciara el crecimiento de las hojas para documentar la primavera desde mi ventana durante el confinamiento por el coronavirus. Había previsto que en dos semanas el árbol reverdecería lo suficiente, pero me equivoqué. Aunque a los catorce días ya había muchos brotes verdes, aún se apreciaba el ramaje al desnudo. Cada mediodía disparé una foto; en total, 50. No he logrado un vídeo profesional, entre otras cosas, porque fotografiaba a pulso y a ojo, más o menos capturando el mismo encuadre (desde mi habitación no podía hacerlo de otra forma). De todas maneras, aquí podéis ver el resultado en un gif.

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Los niños no son la gran fuente de contagio que se dijo al principio de la epidemia, según afirman pediatras del Hospital Trias i Pujol. Por este motivo, pueden volver al cole con total seguridad, añade la noticia. Por un lado, parece demasiado a propósito que justo ahora aparezca esta noticia, cuando este lunes muchos alumnos volverán a clase. Y, por otro lado, estaría bien que explicaran en qué se basan, y que más investigadores ofrecieran sus estudios y otros puntos de vista.

Los médicos de la noticia argumentan que no ha habido brotes en niños, en docentes ni en entrenadores. Me parece insuficiente argumento, más que nada porque desde marzo se ha afirmado -y aún hoy- que los niños son asintomáticos y, también desde el principio, lo primero que se clausuraron fueron actividades extraescolares en que hubiera mezcla de niños de varias escuelas. Quizás no hubo transmisiones porque escuelas, extraescolares, bibliotecas y ludotecas cerraron puertas los primeros.
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El cierre de Nissan en Catalunya es un drama. Hace años conocí a un chaval que trabajaba allí. Recuerdo que decía: “¡Y qué no falte!”.

Septuagésimo quinto día de confinamiento.

martes, 26 de mayo de 2020

Fase 1, mi lamentable experiencia

Barcelona ha entrado en fase 1 hace casi 48 horas. Esta tarde hemos salido por primera vez toda la familia, cuatro en total, a dar el paseo preceptivo, pero en lugar de hacerlo en las inmediaciones de casa, hemos ido al centro del barrio –Horta- para devolver un libro a la biblioteca (por cierto, que después de todo estaba cerrada).

Desconozco si ya en fase 0 y 0,5 la concurrencia era tan elevada como el gentío que este martes abarrotaba la plaça Eivissa, centro neurálgico de Horta. Ya he recibido un toque de atención al pasar cerca del Parc de la Unitat –parque para niños que tenemos al lado de casa-, repleto de criaturas jugando, en manadas, como si aquí no hubiera pasado nunca nada, junto con adultos y mayores. Pero lo peor –como digo- en la Plaça Eivissa. Grupos de adolescentes paseando con tranquilidad, apelotonadas, la mayoría con mascarilla, pero algunos sin. Niños y niñas correteando en la plaza, sin guardar distancias, por supuesto. Y como ya en fases anteriores, personas de todas las edades -mayores, pequeñas y jóvenes-, juntas y revueltas, sin franjas horarias que valgan. Y sujetos charlando a una distancia normal, sin mascarilla. He sentido pena, miedo, asco y rabia. Si estuviéramos ahora en marzo, el rebrote estaría asegurado. Y si no hay ningún rebrote importante se deberá a las altas temperaturas, pero no a la prudencia.

Una lástima, qué rápido olvidamos que en España ha llegado a haber más de mil muertes al día. Sí, más de mil, y posiblemente cerca de las dos mil, porque aunque las cifras oficiales hablaran durante una semana de más de 800, incluso un día en que se alcanzó el pico de 950, todos sabemos que ha habido más fallecidos que aún no se han contado, pero que se acabarán contabilizando. La cifra oficial habría que multiplicarla por entre 1,5 y dos, como mínimo, y, si no, al tiempo. Qué rápido que nos hemos olvidado también de lo mal que lo han pasado los sanitarios, que son, junto a los yayos, los que peor parte se han llevado.

Hace años vi un reportaje en el que se advertía de que la mayoría de accidentes en carretera en viajes de largo recorrido sucedían cuando el vehículo se acercaba al destino. Y esto se debía a que el conductor bajaba la guardia, se confiaba, se relajaba, perdía la atención y la vigilancia.

Pues eso.

Septuagésimo tercer día de confinamiento.

lunes, 25 de mayo de 2020

"Estética y ética", de Søren Kierkegaard

Hay libros, como afirmaba Nietzsche, que cuando los empiezas sabes que los acabarás. Es el caso de las obras del teólogo y filósofo danés Søren Kierkegaard. Me ha ocurrido con La enfermedad mortal, con Los lirios del campo y las aves del cielo, y ahora, con Estética y ética, libro del que trata esta entrada.

Muchos seres humanos vivimos en la desesperación, el tipo de vida que procura la estética. Deduzco que es la manera de decir, del filósofo danés, que las personas buscamos la actividad –cualquiera que sea, la danza, la lectura, el trabajo, la gimnasia, el teatro, el ocio, cualquier objeto placentero- como arreglos para intentar ocultar la desesperación en que hemos convertido nuestra vida al no hallar nada sólido a lo que aferrarnos. Quizás es el mismo hastío del que habla Schopenhauer cuando afirmaba que la Historia del hombre podía entenderse como una lucha contra el aburrimiento. Buscamos una vía para no sufrir y creemos que no sufrimos porque hacemos y deshacemos, incluso les puede suceder esto a quienes se creen en posesión de una de los deseos más preciados y ansiados que pueda anhelar el ser humano, que no es ni más ni menos que el de dar con un proyecto de vida. “Pero el que quiere gozar de la vida establece siempre una condición que se encuentra permanentemente fuera del individuo, pero independientemente de su voluntad”, advierte el teólogo.

El último estadio de la concepción estética de la vida consiste en vivir en la desesperación misma, cuando te has dado cuenta que vives desesperado. Viven –vivimos- los estéticos zarandeados, en busca de chutes de placer. “Resulta de ello que tu vida se halla entre dos enormes contrarios; tienes, a veces, una energía prodigiosa, a veces, una indolencia igualmente grande”, y así el estético no hace nada, no acaba ningún proyecto. Si tuviera memoria de su vida, afirma Kierkegaard, al menos el estético no habría “hecho tantos trabajos que llamaré de media hora”. Evita la continuidad, porque así puede seguir autoengañándose, retrocediendo, ocultándose a sí mismo y, de nuevo, caer en la indolencia. (Me recuerda a cómo explica Jaime Balmes la pereza y la inconstancia, pero en la obra del danés analizada con mayor profundidad). Exige Kierkegaard al estético que desespere con toda su alma, “pues esa es mi condición, mi victoria sobre el mundo: el hombre que no ha probado la amargura de la vida, ha desconocido la importancia de la vida, por hermosa y rica en placeres que ella haya sido”; pero no que desespere creyendo que se debe a causas múltiples ajenas a él, sino que “él se ha cerrado, su alma razonable ha sido sofocada y se ha transformado en una bestia que no retrocede ante ningún medio, pues para él todo es legítimo”.

Pero, entonces, ¿qué nos queda? Para Kierkegaard, según entiendo, todo esto no son más que parches que colocamos para no sucumbir, pero nuestra persona hace aguas por diferentes vías. Es necesario que no huyamos de nosotros mismos. Sostiene que nuestra dicha, nuestra potencia, y en esto coincide con Spinoza, proviene de nuestro interior, de sabernos criaturas eternas, conocimiento que hemos olvidado, al que ya no tomamos en serio. Viviríamos, entonces, como seres frívolos con la vida y con nosotros mismos. Pero curarse de la tristeza –de la melancolía, “de no querer profunda y sinceramente”- solo ocurre cuando el espíritu se encuentra a sí mismo, entonces cesan las penas y sus causas, y “entras en el mundo”.

Únicamente obtendremos seguridad, importancia, verdad, belleza y seriedad en la vida si partimos de nosotros mismos. Para ello, hay que llevar una vida ética. Y esta solo se consigue si nos tomamos a nosotros mismos como finalidad. No es suficiente con el conócete a ti mismo, este es el punto de salida. Una vez sabes cómo eres y quién eres, has de elegirte a ti mismo y ser tu guía en la vida. Tú eres tu tarea, en la que persistir sin dejarte engañar, teniendo en cuenta además que a la ética –tú mismo- le acompañan temperamento, valores, deberes, capacidades, pasiones, ansias de mejora y influencias externas que te dejan huella, y que, además, estás en completa evolución, pero en libertad porque te has elegido: no te mueves por necesidad, es decir, no das bandazos en función de las circunstancias: “El que vive éticamente se ha visto a sí mismo, penetra toda su creación con su conciencia, no permite que en él vayan y vengan ideas imprecisas, no permite que posibilidades seductoras lo distraigan con sus charlatanerías, no tiene la impresión de ser como una carta mágica de la que pueda salir ya una cosa ya otra, según la manera de manipularla. Él se conoce a sí mismo”.

La ética no puede venir de afuera, porque sería algo abstracto, irrealizable, sino de adentro, de ti mismo, algo concreto, vivencial, experimental en ti: “(…) en lo que a ética se refiere, jamás se trata de lo exterior, sino de lo interior”. Es imposible la negatividad si tiendes a ti mismo; si te eliges a ti, tienes un punto sólido, un punto de apoyo concreto desde el que moverte en el mundo. Pero que nos elijamos a nosotros como piedra angular no significa que desaparezca la vertiente estética de nuestra personalidad, continuará existiendo, pero no será nuestro punto de apoyo, será relativa, accidental, no absoluta como la ética; la ética podrá establecer límites a la estética y la transfigurará, “y aun si encuentra en él [en su personalidad] más mal que bien, eso significa no que el mal deba manifestarse, sino que el mal debe ceder y que el bien debe manifestarse”. Incluso en el sufrimiento la ética domeñará la estética. No es que la persona con concepción ética deje de sufrir o no deba hacerlo, “pero también sé que no hay que afligirse como alguien que no tuviese ninguna esperanza” y “si en el abatimiento [el sufrimiento] me encanta, entonces me sublevo. No admito ninguna rebeldía, no quiero que algo en el mundo me arrebate lo que he recibido de la mano de Dios como una gracia”. Con la concepción ética edificas tu vida, lo que te acontece, sea alegre, sea triste, lo transformas; eliges la libertad en lugar de la necesidad. Como se suele decir, no puedes elegir todo lo que te ocurra, pero sí qué hacer con ello. “El que vive éticamente siempre encuentra una salida cuando todo le es contrario; cuando la oscuridad de la tormenta cae sobre él al punto de que su vecino ya no le ve, él, sin embargo, no ha sucumbido; siempre queda un punto que él retiene: él mismo”.

En el fondo no es más que una manera de decir que nos dejemos de monsergas, que para estar en paz con nosotros mismos no tenemos más que escudriñarnos, extirpar lo acartonado e inerte que hay en nosotros –aquello venido de afuera-, ser honestos con nosotros mismos y actuar y vivir en consecuencia. Puede que fallemos, y claro que lo haremos, pues somos falibles, pero sabremos quienes somos, qué somos, cómo somos y hacia dónde vamos: hacia nosotros mismos, “su ‘yo’ es la meta hacia la cual aspira”. Llegar a ser lo que uno es. Hete aquí la lucha, y la lucha es bella. Sin embargo, ¿cómo sabes que tu deber no se ha impuesto desde fuera? Según Kierkegaard, porque el deber incumbe a la naturaleza de cada cual y de ahí que experimentas “tranquilidad y seguridad” al realizarlo, porque expresas tu “naturaleza más íntima”. “Si el hombre comprende correctamente a la ética, está infinitamente seguro de sí mismo; en caso contrario, se vuelve indeciso, y no puedo imaginar existencia más desgraciada o más penosa que la del hombre para quien el deber se ha hecho exterior y que, sin embargo, siempre desea realizarlo”. Por eso, Kierkegaard habla del deber de uno y no de la obligación del prójimo o de un grupo humano, algo vacío y abstracto: “Nunca digo de un hombre: cumple con el deber o los deberes; sino que digo: cumplo con mi deber, tú cumples con el tuyo”. Y hace hincapié en la intensidad con que ha sentido el deber, no con el deber o deberes en sí que ha sentido, “de tal modo que la conciencia, a este respecto, le da la seguridad de la validez eterna de su naturaleza”. Un ser humano ha de tomar conciencia de que posee mapa y brújula propios y singulares para estar y conducirse en la vida.

A modo de comparación, imagínese a usted mismo asomado al balcón en un décimo piso, apoyado en la barandilla, bien a salvo del precipicio, disfrutando de la experiencia de un bello paisaje urbano a sus pies. Ahora, de repente, la barandilla desaparece y usted sigue al borde del precipicio, pero sin protección, a un paso de la nada. No tiene por qué perder el equilibrio y desplomarse diez pisos para desparramarse unos pocos segundos después por el suelo. Pero aunque no se caiga, no se sentirá seguro, no disfrutará de la experiencia al filo del abismo, sentirá una angustia continuada al no tener nada sólido a qué aferrarse, vivirá en alerta y espantado; entre usted y el vacío solo hay un paso, un desequilibrio, un golpe de viento… En cambio, con la barandilla nos sentimos protegidos, reconfortados, despreocupados.

Para Kierkegaard, la ética es la barandilla, aquello absoluto y eterno por lo que el ser humano existe y puede guiarse sin miedo a perderse, a desesperarse. Para Kierkegaard la realidad de la ética es más sólida, concreta y eterna que todo lo que existe en el mundo físico y finito pero, a diferencia de la barandilla, solo podemos hallarla en nuestro interior, no puede provenir de imposiciones externas. La ética es una experiencia propia. Al teólogo le importa la funcionalidad que ofrece la barandilla, la solidez que implica, no tanto el color de la pintura o la forma u ornamentos de la barandilla, todo esto es relativo, estético, así como lo que nos sobrevenga; lo importante es que la barandilla nos asegura, tranquiliza, nos coloca a resguardo de vicisitudes, en paz, y nos guía a puerto. Pero no importa tanto a cuál -porque cada uno tendrá el suyo-, como que nos demos cuenta de que la ética es nuestra única guía y asidero efectivo y real, y que optemos con decisión por ella.

Parece Kierkegaard un exegeta que interpreta y aúna para el común de los mortales las experiencias de los místicos, de los sufistas o de los budistas que alcanzan el nirvana, un conciliador, un ecuménico, en definitiva, un humanista. Pero a diferencia de los místicos, su mensaje parece asequible a cualquiera. En nosotros tenemos nuestra guía, así de sencillo: “La ética ayuda inconscientemente a todo hombre; pero puesto que esa ayuda es inconsciente, parecerá una disminución, consecuencia de la miseria de la vida, en vez de ser una elevación, consecuencia de la naturaleza divina de la vida”. Para mí, Kiekergaard deja claro no solo que bases tu conducta en ti –tu ética- y que esta te genere satisfacción, goce, belleza, plenitud y seguridad, sino que puedas disfrutar al máximo de los dulces que te ofrece la vida -sabiendo que no saciarán tu hambre de eternidad-, que no te aflijas hasta perder la esperanza con las adversidades y que no te pierdas a ti mismo en el laberinto de las vanidades pensado que vayan a cubrir los huecos que solo colma una vida ética.

Para acabar, una cita más de Kierkegaard: “La ética dice que la importancia de la vida y de la realidad consiste en que el hombre se ponga de manifiesto. Si no lo hace, entonces la manifestación aparecerá como castigo”. Me cuesta no ver aquí a Ortega y Gasset cuando afirmaba en La rebelión de las masas: “Envilecimiento, encanallamiento, no es otra cosa que el modo de vida que le queda al que se ha negado a ser el que tiene que ser. Éste su auténtico ser no muere por eso, sino que se convierte en sombra acusadora, en fantasma, que le hace sentir constantemente la inferioridad de la existencia que lleva respecto a la que tenía que llevar. El envilecido es el suicida superviviente”.

Kierkegaard, en Estética y ética, trata también del trabajo, del matrimonio y de la amistad bajo el prisma del concepto estético y ético de la vida. Pero estos puntos –sobre todo, el del trabajo- los relego (o no) para un futuro. Incluso quizás trate en los siglos venideros otra cuestión clave que Kierkegaard da por sentada: el origen divino de la ética.

jueves, 21 de mayo de 2020

Sin ingresos

Hace unas semanas, subiendo cargado de comprar me encuentro con B., una amiga de la infancia a quien veo pocas veces. Esperaba a su marido de pie, junto al coche en la esquina de mi calle. Hablamos sobre el coronavirus –como no- y el trabajo y le expliqué que no andaba para lanzar cohetes, pero que no me podía quejar. Ella, sin embargo, sí que tenía motivos de queja. Tanto B. como su marido habían perdido el trabajo al principio de la declaración del estado de alarma. Y el primer cobro del paro fue mínimo. De hecho, me dijo que habían conseguido que La Caixa les adelantara algo de dinero -200 euros- para poder comprar hasta que cobraran la segunda paga del subsidio. Con una hipoteca y dos críos.

Sexagésimo octavo día de confinamiento.

miércoles, 20 de mayo de 2020

Septiembre, por favor

El conseller d’Educació de Catalunya, Josep Bargalló, ha anunciado que los colegios reabrirán cuando la zona a la que pertenecen esté en fase 2. Esto puede empezar a ocurrir el próximo 1 de junio. Los centros acogerán a los alumnos sin impartir clases, que continuarán de manera telemática. No podrán ir a la escuela e insitutos todos los alumnos, sino solo aquellos con mayores necesidades y cuyos padres precisen apoyo. En todo caso, se priorizará la asistencia de los niveles de final de etapa de Primaria y de Secundaria.

Argumenta el responsable de Educación que con la reapertura se busca el acompañamiento tutorial y emocional de todo el alumnado. Esto del acompañamiento emocional a todo el alumnado no me convence. La mayoría de niños volverán contentos y felices al cole –o obligados- cuando les toque, ahora o en septiembre. Podría haber el peligro de que alumnos de otros niveles se apuntaran al carro y que los coles se abarrotaran como los primeros días de desconfinamiento hubo aglomeraciones de pequeños y de deportistas en las calles.

Pienso que el departamento de Educación debería centrar esfuerzos y recursos en preparar, organizar y gestionar el curso que viene. En septiembre, no habrá ni espacios ni profesores suficientes para separar los cursos en dos grupos de alumnos si al final se exigen los ratios que ahora se prevén de, como mucho, 15 alumnos por aula. Me parece suficiente trabajo como para ponerse a inventar ahora qué hacer en junio. ¿Ha pensado el conseller que los profesores deberán cuidar en el cole a los alumnos y en casa seguir con los trabajos on line? Porque es doble faena. Pero ya que estamos, no estaría de más que los docentes pudieran preparar las clases telemáticas con los recursos del centro de trabajo y no con los propios de casa como hasta ahora.

Por lo que se refiere a la salud y a la pandemia, me imagino que si sigue el calor y no hay ningún rebrote, en pocos días o semanas las infecciones y muertes por coronavirus descenderán hasta casi cero o a cero. Pero el covid-19 puede continuar circulando mientras los alumnos y docentes interactúen en los institutos y coles, con el consiguiente peligro para todos: niños, profesores, familias y sociedad en general.

Sexagésimo séptimo día de confinamiento.

martes, 19 de mayo de 2020

La invasión de los ultracuerpos

Como avancé este lunes, esta mañana he vuelto al trabajo por primera vez desde hace 65 días. Me preocupaban las aglomeraciones en el metro de Barcelona. Pero a las ocho de la mañana, en el andén de la estación de Valldaura, en la línea 3, no había rastro de seres vivos. En un principio, he pensado que se debía a que un convoy acababa de partir, aunque de seguida he notado que la afluencia de pasajeros era muchísimo menor de la habitual, ya que he estado un rato solo, impensable en tiempos preepidémicos. De todos modos, cuando por el panel luminoso anunciaban el próximo metro para dentro de cuatro minutos, he esbozado una mueca de fastidio, pero, a pesar de que la frecuencia de trenes ha disminuido, nos hemos juntado como mucho una decena de personas en todo lo largo y amplio pasillo.

Dentro del vagón mi pasmo ha continuado. La densidad de pasajeros permitía –y lo ha permitido hasta el transbordo de Diagonal- una separación de por lo menos un metro o más entre usuarios. En los intercambios -tanto el de Diagonal como el de Sagrada Familia- todo el mundo respetaba las colas, dejaba distancia de seguridad en las escaleras mecánicas, en los pasillos y en los accesos a los vagones. Solo he visto un par o tres de excepciones cuando algún pasajero adelantaba a otro rozándole. Y solo a una persona sin mascarilla, pero con el jersey a modo de pañuelo cubriéndose boca y nariz.

Pero lo que más ha cautivado mi curiosidad en mi primer día como espeleólogo por las entrañas de la ciudad ha sido la actitud del pasaje. En contraste con una jornada laboral habitual, en la que, como riadas humanas, marchamos a zancadas, apelotonados, abriéndonos hueco a codazos, esta mañana, asemejábamos autómatas, seres poseídos por espíritus o alienígenas al estilo de La invasión de los ultracuerpos, sin atisbo de emoción alguna, con la mirada fija, con movimientos lánguidos, en fila india, disciplinados a más no poder... si Focault levantara la cabeza. Ha sido una experiencia que rayaba lo tétrico, pero agradable por lo novedoso. Aunque pensándolo bien, la única diferencia nace del contraste; pues, antes y ahora, recordamos a zombis, aquellos –los de siempre- más estresados, pero igualmente idos.

En honor a la verdad, mis impresiones han cambiado a la vuelta del trabajo, a eso de las dos y media. Quizás había más gente, aunque poca más, porque aún se mantenían distancias en el interior de los convoyes. Ahora bien, con que aumente un poco más el trasiego ya no se podrá mantener la distancia de seguridad.

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Antes de volver a casa he recogido en la librería Alibri unos títulos reservados desde el pasado día 13 de marzo. Me ha asombrado de nuevo las pocas almas que habitaban el centro de Barcelona, en especial, en Plaza Universidad, Rambla de Cataluña y Paseo de Gracia. Creía que a estas alturas habría mucho más barullo. Antes de coger el metro en Paseo de Gracia he sucumbido a la tentación y he subido unos treinta metros en dirección montaña para comprobar qué aspecto exhibe la Casa Batlló y Ametller sin turistas. Quedaría de fábula pronosticar que nunca más en mi vida contemplaré tales fachadas limpias de humanos, pero la vida –ya lo sabemos- nos asombra una y otra vez.

Sexagésimo sexto día de confinamiento.

lunes, 18 de mayo de 2020

Vuelta al cole

Después de 65 días de confinamiento, este martes vuelvo a ocupar mi puesto de conserje en una escuela de primaria del barrio de Sant Martí, en Barcelona, aunque puede que de forma provisional. Entre el día 19 de mayo, o sea mañana, y el 22, este viernes, el colegio abre las puertas para quienes necesiten matricularse de forma presencial; la semana próxima ya veremos.

En el centro, solo estaremos la directora, la jefa de estudios, la administrativa y yo. En principio, el Consorci d’Educació de Barcelona nos habrá dejado mascarillas, gel hidroalcohólico, guantes y una mampara para la administrativa. Nosotros tendremos que gestionar el ir y venir de padres y madres, aunque supongo –y espero- que la mayoría haya matriculado a sus hijos a través de internet.

Me preocupa más cómo llegar al destino que permanecer en el cole. Siempre opto por el metro, aunque he de hacer dos transbordos y eso, ya antes de la pandemia, me agobiaba un poco. Sé que los usuarios debemos protegernos con mascarilla, guardar distancias de seguridad en los andenes, en los intercambios, en los vagones y en las salidas y entradas. ¿Pero hay suficiente frecuencia de convoyes como para que se puedan respetar las distancias? ¿Se formarán aglomeraciones en los transbordos, andenes y salidas a la calle?

Iré mañana en metro para comprobar por mí mismo la afluencia de gente y cómo anda el percal, pero si no me convence volveré a casa caminando y el resto de días acudiré al trabajo en coche, cosa que me desagrada bastante.

Sexagésimo quinto día de confinamiento.

viernes, 15 de mayo de 2020

Escenarios apocalípticos

Los políticos afirman que nadie pudo prever cuántos estragos causaría la pandemia del coronavirus. La epidemia afecta a todo el planeta, pero a unos países más que a otros, al menos, por el momento, porque la enfermedad del covid-19 sigue su curso, no hay que olvidarlo. Aparte de los recortes, en general la previsión de los gobiernos ha brillado por su ausencia y parece haber sido causa fundamental en la propagación del virus. No ha ocurrido lo mismo en Grecia que en España, y en ambas había habido fuertes recortes en sanidad, pero en la primera al saberse débiles se confinaron antes. Aunque ya digo que ningún país puede lanzar campanas al vuelo porque el coronavirus sigue vivito y coleando.



La OMS asegura que la humanidad ha de acostumbrarse a convivir con el nuevo coronavirus. ¿Escuchan los estados? ¿Se preparan? ¿Con qué escenarios trabajan? Espero que los gobiernos proyecten los peores: que el virus no acabe de desaparecer en verano, que vuelva más virulento, contagioso y mortal para el otoño e invierno siguientes, que los fármacos no acaben de funcionar y haya escasez y que no se logre una vacuna eficaz hasta dentro de tres o cuatro años, con lo cual la sangría se podría extender durante un lustro o más. Quizás me quede corto –y sería fatal-, pero qué importa si me paso.

Sería decisivo que no volvieran a faltar mascarillas, alcoholes, hidrogeles, guantes, EPIs, tests, respiradores, UCIs, camas, personal sanitario y otros recursos en los que los asesores gubernamentales y expertos seguro que cavilan. Y que los confinamientos y aislamientos de localidades y de personal de riesgo se hagan con suficiente antelación. Incluso deberían reflexionar sobre formas alternativas de distribución de alimentos a la población. Si meditan en otro modo de contener la epidemia en el futuro que lo expliquen con tiempo, para que los especialistas evalúen con antelación puntos débiles y mejorables. Nunca estaría de más diseñar y construir más clínicas y hospitales, porque esto parece que va para largo.

Sexagésimo segundo día de confinamiento.

jueves, 14 de mayo de 2020

Balmes y El criterio

Ya dije en el pos anterior que me había dejado algunos flecos por comentar sobre El criterio, la obra del teólogo, apologista y filósofo catalán Jaime Balmes.

Al principio del libro, Balmes distingue entre posible e imposible, probable e improbable. El ejemplo es parecido a este otro que seguro que habréis escuchado alguna vez. ¿Podría un chimpancé escribir El Quijote si picara al azar sobre las teclas de un ordenador? Alguien razonará que si se diera el tiempo suficiente, podría llegar a suceder. O sea que es posible pero muy improbable. Es cierto, pero es tan altísimamente improbable que podemos decir, en la práctica, y sin riesgo a equivocarnos, que es imposible que jamás se dé tal azar en lo que queda de vida del Universo. En su ejemplo, no hay mono, hay letras de una imprenta lanzadas al azar para que se componga una página.

Khrishnamurti, el filósofo y espiritualista oriental, otorga muchísima importancia al error que supone dividir la mente entre el pensador y lo pensado. Dice que de este desdoblamiento nacen muchos de nuestros sufrimientos. Siempre había mantenido yo, que el pensamiento y el yo –aquello que percibe dentro de nosotros- eran entidades diferentes. A Balmes estas disputas le traen sin cuidado: “(…) por cierto que para pensar bien no es necesario saber si la idea es distinta de la percepción o no”. Más adelante publicaré una entrada sobre esto que ya tengo escrita.

Denuncia Balmes el peligro del excesivo análisis; el hecho de que, al descomponer una realidad en muchas caras para estudiar cada una de ellas por separado y entender mejor la realidad, nos olvidemos que esa faceta interactúa con el resto, forma parte de un conjunto y, en consecuencia, neglijamos el sentido global. Aquí se contradice un poco con su oposición al estudio holístico.

Balmes señala el riesgo de confundir a una persona experta en cualquier área del saber con un “oráculo infalible”. Los humanos, seamos quienes seamos, fallamos. Solo Dios, no yerra, zanja.

Sobre la amistad. ¿Por qué transformamos un amigo en un monstruo? “Las pasiones nos ciegan”. Cierto. El amor, la ira, la euforia suelen distorsionar la percepción. Un amigo del alma un día nos desaira por una nimiedad, nos niega un favor, nos recibe con frialdad o nos responde de malas maneras, ilustra el filósofo. Desde entonces lo juzgamos de otra manera, “el lance que nos afecta ha descorrido el velo, nos ha sacado de la ilusión; y fortuna si el hombre modelo no se ha trocado de repente en un monstruo”. Pero el problema, aduce Balmes, es que nuestro afecto anterior no nos dejaba ver sus máculas, y el enfado actual las exagera. No juzga la razón, sino el corazón herido.

¿Qué es lo correcto? A veces no es fácil responder a esto. Según Balmes, el ser humano y la sociedad siempre sabrán qué es lo correcto: “No hay fuerzas que basten a apagar la antorcha de la moral ni en el individuo ni en la sociedad; en el individuo sobreviene a todos los crímenes, en la sociedad resplandece aun después de los mayores trastornos; en el individuo culpable reclama sus derechos con la voz del remordimiento, en la sociedad por medio de elocuentes protestas y de ejemplos heroicos”. Para dormir tranquilo, intento seguir la misma idea que se expresa en este fragmento del poema Desiderata, de Max Ehrman: “(…) sean cuales sean tus afanes y aspiraciones, en la ruidosa confusión de la vida, conserva la paz con tu propia alma”. Quizás la más poderosa guía de conducta sea la vida, o la filosofía de Nietzsche del eterno retorno.

¿Han leído Los 7 hábitos de las personas altamente efectivas, de Stephen R. Covey? El autor habla de la contradependencia, una conducta errónea que muchos emplean para parecer independientes hacia otra persona. Una manera de creer que mostramos independencia de conducta y parecer, de singularizarnos como personas, consistente en llevar la contraria como sistema. Pues esto mismo defiende Balmes de algunas personas y lo achaca no al intelecto, sino al orgullo. Me llama la atención cómo las mismas ideas o parecidas se repiten en unos autores y otros.

Sexagésimo primer día de confinamiento.

miércoles, 13 de mayo de 2020

El justiciero

¿Os acordáis que durante quince días el Ayuntamiento de Barcelona ha cortado algunas calles de la ciudad al tráfico para que los transeúntes no se apelotonen al pasear? ¿Y que mi calle era una de las elegidas? Hay excepciones, pueden circular vehículos de vecinos o repartidores, solo faltaba, pero a la mínima cualquiera las retira y todo quisqui circula. Y eso mismo ha pasado esta mañana en mi calle. Cuando volvía de comprar a eso de la una y media, las vallas que cierran las tres manzanas de mi calle estaban retiradas. Pero yo, erre que erre, he caminado por el medio de la calzada y, cada vez que cruzaba una intersección, cerraba al tráfico la vía colocando una tras otra cada una de las vallas; tres, en total. No habrán tardado en apartarlas, porque quien las retira no se molesta luego en volverlas a poner.

Este martes, paro a las siete a uno de los coches –uno de los culpables, de los delincuentes, de los criminales, de los malhechores, de los...- y le pregunto:
-Perdone, ¿por qué no coloca de nuevo las vallas? –pensaba que se trataba de un particular, pero justo era el operario contratado por el consistorio que se encarga de quitarlas a las nueve. ¡Ya es casualidad!
-Es que tengo orden de moverlas a las ocho –me responde.
-Pero si el ayuntamiento dijo que hasta las nueve.
-Yo tengo a las ocho, y como tengo muchas que quitar...
-Vale, vale, pero son las siete menos cinco.

¿Para qué dice el Ayuntamiento de nueve a nueve si luego por falta de personal alguna se retira dos horas antes?

Hasta aquí, mi historia de justiciero de la noche.


Banksy ha donado un cuadro a un hospital inglés en el que aparece un niño jugando con un muñeco que representa a una enfermera -bueno, a una superenfermera-, mientras que superhéroes tradicionales como Spiderman y Batman descansan en la papelera de los recuerdos. En Horta, un grafitero también ha creado una obra inspirada en el coronavirus, muy gráfica, sobre cómo nos está...

Sexagésimo día de confinamiento.

martes, 12 de mayo de 2020

Educación híbrida

Los maestros y profesores trabajan programando clases, elaborando materiales, diseñando actividades y recursos, enseñando en clase, preparando entrevistas con las familias y con los alumnos, corrigiendo actividades, trabajos y exámenes, redactando informes, asistiendo a reuniones de claustro y de nivel, arbitrando conflictos escolares, perteneciendo a diferentes comisiones, reuniéndose con especialistas externos, concertando excursiones y colonias, decorando clases y pasillos, participando en jornadas especiales, actualizando blogs o webs, formándose y adaptándose a nuevos centros y rutinas si son interinos... Y me dejo otras faenas. No olvidemos también que cuando, por ejemplo, crean material han de diseñarlo para alumnado con diferentes necesidades: ejercicios de ampliación, de profundización o de refuerzo, etc.

Quizás algunos diréis: “¿Y? Es su trabajo”, o bien, “Oiga, que yo también curro mucho”. Cierto, pero los docentes no suelen meterse en que en tal oficio o tal otro no se hace nada o se trabaja muy poco. Usted trabaja mucho, sí, pero los docentes también, mínimo como usted. ¿Hay excepciones? Sí, como en su profesión y en la de cualquier otro. Ya, pero ellos trabajan por vocación. Hay los que sí y los que no, pero que disfruten con su oficio no significa que no sea una profesión agotadora.

Durante los días y semanas que dura la epidemia del coronavirus muchos docentes envían actividades a los alumnos a través de internet, ya sea por correo, ya por webs, ya por videollamadas u otros medios. Es una forma nueva de hacer clases de forma sistemática y generalizada en la enseñanza obligatoria. Las clases en línea se han planteado como una manera de seguir en contacto con el alumnado, pero en ningún caso como un sustituto de las presenciales. Entre otros motivos, porque hay alumnos -en especial los de infantil y primeros cursos de primaria, pero incluso más allá- hay alumnos, digo, que no son lo suficientemente autónomos como para atender una clase en internet por sí solos; necesitan la ayuda del adulto, tanto para la tecnología como para la comprensión de las tareas. Muchos no comprenden qué se ha de hacer en un ejercicio, por mucho que lo lean, lo relean, lo vean o lo revean. Y la profesora no está ahí para que el niño levante la mano y diga que no lo entiende. Tampoco está el compañero. Es la madre o el padre quien debe hacer de maestro a la vez que de madre y padre. Pero los progenitores también cuentan con dificultades: el trabajo, la actitud, la formación, la paciencia, etc. Aún así, quien más y quien menos sigue las clases como puede. En definitiva, el contexto de casa es muy diferente al del colegio.

De cara al curso que viene alguien baraja la posibilidad de impartir clases híbridas, es decir, en línea y presenciales a la vez, como medida para impedir rebrotes del coronavirus o, por si los hubiera, no tener que cerrar otra vez los centros. Una cosa es preparar algo de faena a un alumno que se marcha de viaje durante dos semanas, otra es hacer un seguimiento como ahora ocurre. Pero una tercera muy diferente es tutorizar dos grupos y, encima, en ambientes y en condiciones distintas. Si rebrota el coronavirus, no sé qué medidas proyecta el gobierno, pero no me parece eficiente la educación híbrida, ni justa para los alumnos, ni para los padres, ni para los docentes. Es una opción, pero raya la locura. Si llegan a implantarla, espero que la administración contrate a más docentes para apoyar o tutorizar los grupos que aparezcan como setas en diferentes puntos del país. ¿Y quién ayudará a los padres?

Quincuagésimo noveno día de confinamiento.

lunes, 11 de mayo de 2020

Cien mil soles

Si la humanidad supera trances como la hecatombe nuclear, el cambio climático y las catástrofes estelares, llegará un día que explore el espacio interestelar como en los últimos siglos ha conquistado todos los rincones del planeta Tierra. Imaginaos que la humanidad sigue viviendo de aquí a mil años, o incluso diez mil, cien mil o un millón, ¿dónde nos encontraremos? ¿Qué tecnologías impensables hoy día habremos adquirido entonces? Si nos diseminamos por el Universo, es muy posible que, dentro de millones de años, nosotros –el homo sapiens sapiens- no seamos más que los ancestros de decenas o centenares de especies diferentes que pululen por el cosmos y que hayan desarrollado miles de civilizaciones y culturas distintas.

Claro que a tantísimos milenios vista, quién nos asegura que sigamos ocupando organismos vivos; ni siquiera robóticos o cibernéticos. Es posible que no necesitemos tampoco naves para trasladarnos de un lugar a otro del espacio. Quizás durante muchos años las precisemos, pero con el paso del tiempo nuestros descendientes descubran nuevas maneras de manipular el espaciotiempo para viajar. ¿Y qué hallazgos sobre el Universo habremos hecho!

A veces me pregunto por qué los terrícolas no dejamos ya de una vez por todas de perder el tiempo y salimos ahí fuera a explorarlo todo de una santa vez. ¿Por qué? Porque somos muchísimos y a muchísimos no les interesa para nada –o lo último de la cola- la exploración del Universo, pese a que tarde o temprano acabaremos aventurándonos en él. Es nuestro destino si antes no nos aniquilamos.

Solo hay dos impedimentos morales, las guerras y el hambre, para lanzarse de lleno. Y, ambas, en el fondo y sobre todo, dependen de la voluntad de las élites. O sea que no nos queda otra que de momento ir poco a poco, porque veo difícil acabar con las guerras a corto y medio plazo. 

viernes, 8 de mayo de 2020

El gato

Un mecánico habla en la puerta de su taller con un cliente:
-El día 17 de marzo abrimos, pero a media mañana, a medida que oía las noticias por la radio, le dije a [ininteligible]: “Eo, vamos cerrando, nos vamos para casa”.

Más adelante, en la acera, una persona mayor charla con otra:
-¡Que no es fácil, oye!, que el gobierno no lo hace tan mal, gobernar a todos sin que…

Y ya no capto nada más, porque subo cargado con el carrito y con bolsas de la compra por el medio de la calzada de mi calle, sin detenerme, aprovechando que es una de las 44 vías que el ayuntamiento ha cerrado al tráfico en Barcelona durante quince días. Por cierto, dos veces algún listillo ha retirado las vallas para que circularan los coches y dos veces, otro listillo –yo- las ha vuelto a colocar en su sitio.

Cuando pones el pie en la calle estas semanas es más fácil escuchar o participar en conversaciones que tengan que ver con el covid-19 que con cualquier otro asunto. Pero este jueves por primera vez en mucho tiempo ha sido diferente. Tras volver a colocar una valla en su sitio y cargado con la compra, me para una mujer con una lata de comida de gato en la mano, preocupada:
-Perdona, ¿has visto un gato?
-Ostras, no.
-Es que lo acabo de perder.

Por la tarde vi que habían enganchado varios carteles en postes y farolas por si alguien lo encontraba.


Salí a dar una vuelta con mis hijos cerca del Meiland, unos campos de futbol que se extienden bajo la Ronda de Dalt y la falda de la cordillera de Collserola. Me sorprendí al ver que han quitado la piscina a la que iba cuando era pequeño. Están haciendo obras, no sé si para mejorarla o porque construirán más campos de fútbol.

Quincuagésimo quinto día de confinamiento.

jueves, 7 de mayo de 2020

El criterio, de Jaime Balmes

El teólogo y filósofo Jaime Balmes defiende en su obra El Criterio que para enjuiciar y conducirse de manera correcta las personas debemos atender al conjunto de las facultades humanas, aprovechándonos de la fuerza de las pasiones, pero rigiéndolas con el raciocinio, que, a su vez, debe estar amparado por la religión. Aunque Balmes resume la tesis de su libro como acabo de señalar, otorgando importancia a todas las facetas del ser humano, lo cierto es que resta categoría a las emociones y las acusa de las veleidades del hombre; en ningún momento encumbra al sentir a criterio de guía. Y en esto difiero de su opinión. Para mí, las emociones pueden servir de faro para la conducta humana unas veces, como los valores tradicionales, la lógica más pura y el instinto en otras, o la mezcla de todas en la mayoría. El juicio debería de ser lo suficientemente flexible como para distinguir en cada caso determinado con qué pauta gobernar la acción. Y para mí, no siempre será un valor tradicional –amor al prójimo, por ejemplo-, el principio que dirija el acto. Debería de hacer lo adecuado y apropiado para mi bienestar, lo que me haga sentir en paz conmigo mismo, y, para conseguirlo, en algunas ocasiones haré caso a las emociones, pues señalarán qué reclama el organismo, tal y como observaba el psicólogo Carl Rogers. A veces, lo ético es tu cuerpo, no la razón o una ley terrenal o divina. Jaime Balmes alerta, no obstante, sobre el excesivo caso a la virtud como norma: “La virtud nos enseña el camino que debemos seguir, mas no se encarga de descubrirnos todos los lazos que en él podemos encontrar; esto es obra de la penetración, de la previsión, del buen juicio, es decir, de un entendimiento claro y atinado”. Es decir, que las ideas y las creencias no se transformen en mapas de acción inamovibles y dogmas de fe. En la senda de la vida tropezamos con bifurcaciones singulares y, por ello, debemos evaluar tales circunstancias concretas y sentir cómo responde nuestro cuerpo en su conjunto para elegir dirección adecuada. ‘No me salgo del sendero porque pisaría huertos que no son míos. Sigo caminando y me encuentro un fuego en el camino. No seré tan terco como para continuar recto; atravesaré los huertos ajenos’. Él mismo afirma que “las pasiones son a veces un auxiliar excelente”, aunque advierte con acierto del peligro de cegarse con ellas. Pero, ojo, Balmes, que la razón también yerra.

El ensayista explica cómo el mayor peligro no está en las pasiones desaforadas, sino en aquellos sentimientos que encandilan por su delicadeza. La venganza se cubre del manto de la justicia, la pereza de la necesidad de descanso, la cobardía de prudencia, la codicia de seguridad, el orgullo de dignidad, la ira del justo enojo, etc. El hombre, antes de considerarse malo, se hace hipócrita, sostiene el filósofo. Siempre y cuando aún le importe tender a un ideal, matizo. Balmes en muchas ocasiones compara pasión a maldad, cuando hoy en día esto no lo consideramos así. Las pasiones forman parte de nuestro cuerpo, nos dan información y nos preparan para la acción. Juzgarse por una pasión, reprimirla, es contraproducente porque el sentir no dejará de existir por ello, se acumulará, negaremos o bloquearemos una parte del ser. Es la conducta resultante la que puede a uno perjudicarle o beneficiarle, en función de cómo haya sido manifestada. Claro que no es lo mismo gestionar el sentimiento de orgullo, más racional, pero a veces sutil, que el estallido de ira, brutal y siempre fulgurante. Además, las emociones pueden complicarse; un orgullo herido puede desembocar en odio, resentimiento y una vida plagada de venganza. A veces, como digo, Balmes trata las pasiones como algo diabólico y etéreo, ajeno a la fisiología del ser humano. Pero las emociones, como el razonamiento, la intuición o los instintos, son reacciones al ambiente interno o externo que se fraguan en el cerebro y otros órganos y glándulas del cuerpo humano, y que junto a la razón nos ayudan a ser más eficaces, en palabras del psicólogo Leslie Greenberg. El neocórtex -área última y más evolucionada del cerebro- toma decisiones racionales, pero el sistema límbico –más primitivo- reacciona con una emoción milésimas o millonésimas de segundo antes que la corteza perciba el estímulo. Explican los científicos que esto es así porque el ser humano necesitaba en tiempos remotos actuar con rapidez para tener mayores posibilidades de sobrevivir a eventuales peligros. Si en el futuro cada vez hubiera menos amenazas inminentes para la integridad de los cuerpos físicos, los órganos que generan estas rápidas respuestas podrían atrofiarse y, con ello, parecernos todos más a los vulcanianos de Star Trek. Pero hoy en día nos tomamos muchos trances como afrentas de vida o muerte. Y el mundo es, con mucha probabilidad, más cambiante que nunca. Así que dudo que esto ocurra.

Desde antiguo conocemos el aforismo de ‘conocerse a uno mismo’ inscrito en el templo de Delfos de la antigua Grecia. Quizás el error, sin embargo, sea creer que podemos hacer desaparecer ciertos rasgos de nuestra personalidad. Conociéndolos podremos percibir cómo tiñen pensamientos y actitudes y así enjuiciar de manera más fría algunas situaciones. Esto costará más o menos, dependiendo de la fuerza de la pasión, del entrenamiento en el darse cuenta y de la atención que prestemos a la emoción. Balmes nos aconseja ayudarnos de las emociones agradables que resultan de doblegar violencias o de practicar el camino recto como recurso para lograr el comportamiento adecuado. Pero hay otros factores más “pedestres” que influyen o pueden influir en el estado de ánimo y en la reacción subsiguiente, condicionantes tales como el sueño, la abstinencia, el cansancio, las prisas, los quehaceres, el estrés, etc. Y los tiempos cambian. Antaño, para muchos, la sexualidad era pecaminosa.

Cuando el apologista propone unos consejos para atajar los accesos de ira, creo que cae en el error de muchos otros pensadores. A saber, analiza la situación desde la comodidad de un escritorio, y casi siempre intuyo que en el plano adulto, en conflicto entre personas adultas, quiero decir. Pero a Balmes, al Dalai Lama o a Gandhi, me gustaría verles tratar y/o convivir con niños y adolescentes difíciles. No es lo mismo atenuar un estallido de furia aislado, que conflictos que se dan cada dos por tres entre padres e hijos, adolescentes y adolescentes, maestros y alumnos, día sí y día también, varias veces al día, durante semanas, meses y años. Y no quiero decir que no lo hayan experimentado, sino que me gustaría observar cómo mantuvieron la serenidad, si es que lo lograron. Asimismo, a veces parece olvidar que no todos las personas poseemos las mismas cualidades de nacimiento. Habrá quien haya nacido con un temperamento apacible, otro impetuoso, un tercero risueño, uno más inteligente que otro, un cuarto talentoso en un área y pobre en otra, etc. Incluso unos más dotados que otros en la ingente tarea de conocerse a uno mismo. Por eso, estas afirmaciones sobre el conocimiento de uno mismo pueden ser cuestionadas, por demasiado generales: “Poco conocedor de sí mismo, sin formarse por lo común ideas bastante claras ni de la cualidad ni del alcance de sus fuerzas, creyéndose a veces más poderoso, a veces más débil de lo que es en realidad, encuéntrase con mucha frecuencia dudoso, perplejo, sin saber ni adónde va ni adónde ha de ir. Además, para él es a menudo un misterio qué es lo que le conviene; por manera que las dudas sobre sus fuerzas se aumentan con las dudas sobre su interés propio”. ¿Cuántos os habéis sentido identificados con estas líneas? Aunque hubierais sido muchos –que estaría por ver-, me parece a mí que estas impresiones a algunos nos vienen más a la cabeza en horas bajas, no son una constante que predomine en la vida. Pero cuando ocurren pueden ser profundas y quedar registradas a fuego en la memoria. El Criterio me recuerda a un libro de autoayuda. Y no es un desprecio que le hago. En el fondo, ¿qué son, si no, muchos libros de ética? Nietzsche, sin ir más lejos. Balmes ofrece consejos prácticos y eso me recuerda también a estoicos como Epicteto, Séneca o Marco Aurelio. Otro ejemplo, cuando con la ira el teólogo nos aconseja pensar en otros asuntos para dividir y desviar la atención sobre el motivo que nos genera cólera y así distraer a la mente de la causa que la ha precipitado.

Balmes nació en Vic en 1810 y murió 38 años después en la misma población. A punto estuvo de ser miembro de la Real Academia de la Lengua, pero falleció. Su conocimiento del alma humana hizo que en la Corte se lo rifaran. Se dedicó también a la física y a las matemáticas. Supongo que de ahí que en su obra no ningunee las ciencias como podría esperarse a veces -y juzgo bajo el yugo del prejuicio- de un teólogo. Que no las menosprecie no significa que nunca las critique: “¿Qué no descubrirá en los cuerpos celestes el astrónomo que maneja el telescopio no con ánimo reposado, sino con vivo deseo de probar una aserción aventurada con sobrada ligereza”. O cuando añade: “Dominado por su opinión favorita, ansioso de encontrar pruebas para sacar la verdadera, examina los objetos no para saber, sino para vencer”. Pero para ser honestos, en estos pasajes critica más al científico obnubilado que no a la ciencia en sí. Se podría aplicar también al periodista tales ideas, por aquella denuncia que reza: ‘Que la verdad no te estropee una buena noticia’. Ya que hablamos de periodistas, y perdonad la digresión, mencionaré otro apunte de Balmes que interesa al gremio sobre las fuentes anónimas. El autor argumenta que si ya una persona con nombre y apellidos puede mentir aun sabiendo que en el futuro le puedan atrapar en el embuste, qué no hará o manifestará alguien que se vea libre de juicio público por sus declaraciones.

Atentos a cómo diferencia vanidad de orgullo, aunque sean hermanas y a menudo se mezclen en un mismo carácter. Parece que sea una cuestión de grado, pero Balmes indaga hasta distinguirlas con claridad. El orgullo busca la superioridad, la vanidad, el halago, incluso la adulación. Para el teólogo, la vanidad, “como es una complacencia en la alabanza más bien que un sentimiento fuerte de superioridad, no ejerce sobre el entendimiento un influjo tan maléfico”. Pero creo que a veces es demasiado severo al juzgarlas. De hecho, aunque sea por pragmatismo, cuando más adelante en el libro propone instrumentos para combatir la pereza, recurre al placer de la gloria como estímulo para perseverar en el trabajo. Y el placer de la gloria, ¿no es un tipo de vanidad? El anhelo de gloria suministra placer, ergo energía y fuerzas, para evitar que abandonemos tareas fatigosas. Ahora bien, siempre que uno pueda, qué mejor que buscar la dicha en la misma acción, como nos instruye Spinoza. Es cierto que la soberbia la hallamos en cualquier humano: en el rico, en el pobre, en el sabio, en el ignorante, en el niño, en el anciano, etc. Entonces, ¿por qué un orgulloso se comporta así? Quizás en origen no haya más que un sentimiento de inferioridad, el no sentirse válido a no ser que se destaque en algún campo; el necesitar capas y trapos porque la persona desnuda no es suficiente valor, no es digna por ella misma, por el hecho de existir; el no saber quererse a uno mismo por ser tal como uno es, con su ignorancia y su falibilidad, en el temor a que se descubran esos supuestos defectos o debilidades. El falto de amor crea así, con distracciones, el ente orgulloso, pero en el fondo es otro pobre ser sufriente. “Eres digno de amor y estima solo por el hecho de ser persona”, podríamos inculcarle. Claro que también pueden existir orgullosos bien conocedores del alma humana que se vanaglorien solo para deslumbrar a quienes admiran tales fuegos de artificio. Pero en este caso hablaríamos de manipuladores. Y, oiga, que podemos ser orgullosos a ratos y soberbios por ignorancia.

Explica Jaime Balmes que entorpece la acción la vanidad al exagerar fortalezas y minusvalorar debilidades y la pusilanimidad al disminuir capacidades y habilidades y engrandecer flaquezas. No nos queda otra cuando esto ocurra que ser conscientes de que rumiamos o actuamos bajo el peso de la vanidad o la cobardía. Pero puede entenderse que seamos precavidos en ocasiones, sobre todo, ante novedades.

La inconstancia, para Balmes, es un sucedáneo de la pereza. La perseverancia y la fuerza de voluntad logran que nos apliquemos y profundicemos en una materia; en cambio, la inconstancia hace que nos dispersemos y que la mente picotee de aquí y de allá, porque para ello requiere menos esfuerzo. A su entender, la inconstancia impide que multitud de personas extraigan lo mejor de sí mismos y provoca que la sociedad avance a menor ritmo. Estamos ante lo mismo, hay quienes por temperamento poseen mayor resistencia al esfuerzo, o incluso otros que, tras largos años de fatigas sin frutos, caen en el nihilismo, en el para qué hacer nada. El esfuerzo cansa, duele. El sobreesfuerzo provocará aversión a sucesivas intentonas. Por eso, recurrir a Spinoza, qué mejor que buscar la dicha en la misma acción. Sea como sea, Balmes ataca a los inconstantes de esta guisa: las generalidades, la universalidad de conocimientos, el punto de vista holístico, está reservado solo a unas pocas mentes preclaras, el resto cree que sabiendo un poco de cada rama del saber conoce mucho y, en realidad, desconoce todo. Pero, como afirmaba Ortega y Gasset, también existe un riesgo en la suprema especialización y es el peligro de deducir que como somos reconocidos expertos en, pongamos por caso, economía, creeremos que sabemos con el mismo nivel de profundidad en otros campos del saber, como puedan ser la abogacía, la sociología o la pedagogía. (Dicho sea de paso, esta hipótesis de Ortega falla para materias como las matemáticas, la física o la química; ¿quién cuestiona una fórmula matemática, si no es otro matemático?) Para ser constantes podemos tirar de la gloria, aconseja Balmes, contradiciéndose a sí mismo cuando ataca la vanidad. ¿Pero importa mucho si al final gracias a la perseverancia nutrida de vanidad consigues un logro estimulante? ¿Haremos asco a un dulce? También habría “pecado” en ello. Todo dependerá de cómo hayas conseguido la meta. Atendamos en el proceder de la vida a un fragmento del poema Desiderata de Max Ehrman: “(…) sean cuales sean tus afanes y aspiraciones, en la ruidosa confusión de la vida, conserva la paz con tu propia alma”.

¿De qué depende la fuerza de voluntad? Así nos responde Balmes: “La idea es la luz que señala el camino; es más: es el punto luminoso que fascina, que atrae, que arrastra; el sentimiento es el impulso, es la fuerza que mueve, que lanza”. La fijeza de la idea y la fuerza del sentimiento dan energía y firmeza a la voluntad. Pero, para mí, existen otros dos factores decisivos previos. Primero, el buscar y encontrar un proyecto apasionante, ese “punto luminoso”. No es fácil descubrir o inventar un objeto que te embargue hasta el punto de soportar, si fuera necesario, el sufrimiento por su consecución -por el mero esfuerzo y cansancio que acarrea-, esperando del futuro placeres que compensen el dolor del presente. Y segundo, la creencia absoluta en lo que haces, pensar que vale la pena y que merecerá el esfuerzo aun no logrando coronas de laureles cuando alcances la meta. De nuevo Spinoza, perder de vista por un momento la finalidad y centrarse en el placer que genera la misma acción. Eso ayudará, la alegría en la acción. O, más coloquialmente, sarna con gusto no pica.

Esperar que nunca seamos pasto de errores y pasiones desbocadas que nos produzcan sufrimiento no solo es un error, sino que además nos generará daño adicional al comprobar cómo una y otra vez caemos cuando nos habíamos propuesto no volver a sucumbir. Así, Balmes advierte: “Entre dichos escollos debemos caminar siempre no con la esperanza de no dar jamás en ninguno de ellos, pero sí con la mira, con el deseo y la esperanza también de no estrellarnos hasta el punto de perecer”. Generar la expectativa de que podemos vivir exentos de sufrimiento generará más sufrimiento. ¿Quién no ha sufrido nunca? La cuestión es evaluar la intensidad, frecuencia y causas. Y, entre estas últimas, juzgar si son razonables. Eliminar por completo el sufrimiento es irreal, pero tratar de dilucidar qué sufrimiento es inevitable y cuál innecesario es posible y deseable. Pongamos por caso la ira. Nos enfadaremos, sí, perderemos los estribos, puede, lo ideal sería expresar de manera adecuada la furia, sin hacer daño a nadie ni a uno mismo ni a ningún objeto, sí, pero alguna vez puede que perdamos los papeles. Hay que tender a mejorar, pero la pasión volverá; quizás, la próxima vez sepamos canalizarla mejor y estallemos en el lugar y en el momento adecuados y de la forma y con la persona apropiadas, perjudicándonos lo menos posible y solucionando el embrollo de la mejor manera posible. Nos queda también la fortaleza de espíritu para soportar mejor los embates inevitables de dolor: “Alimenta la fortaleza de espíritu para que te proteja en los momentos de inesperada desventura”, de Max Ehrman, de nuevo. Y si nada de eso funciona, sufre, es lo que toca, ese sufrimiento es inevitable, hay que pasar el trago, con dignidad o sin ella. 

Balmes demuestra un gran conocimiento de las emociones humanas, de su variedad y mutabilidad, y que no siempre cambian debido a hondas transformaciones del estado de ánimo. El sueño, el cansancio, el calor, el hambre, una palabra, una mirada… pueden ser motivos más que suficientes: “No es más mudable e inconstante el mar azotado por los huracanes”. Pero el alma humana todavía es más compleja. Unas emociones pueden esconder otras. Como afirma el psicólogo Leslie Greenberg, sentimos enfado porque, en el fondo, estamos tristes, por ejemplo. O podemos abrigar emociones contrarias a un mismo tiempo: alegría por un ascenso el mismo día que despiden a un compañero.

Aún picotearé en El Criterio de Balmes, pero será en un artículo breve que publicaré pronto.

miércoles, 6 de mayo de 2020

Otros daños o triunfos

Otros daños del coronavirus. O triunfos. Que se me perdone la frivolidad. Bromea mi mujer que el coronavirus ha tirado por la borda la ilusión de millones de personas de ser ricas o, por lo menos, de dejar de ser pobres o de dejar de tener que pensar en llegar a fin de mes. Desde el inicio del estado de alarma no podemos jugar a ninguna lotería, ni a quinielas, ni a primitivas, ni a euromillones, etc. Me imagino que aún se puede apostar en internet, pero no todo el mundo se siente cómodo en el mundo virtual. Pero lo mejor es ver el “agravio”, desde otro punto de vista. A saber, que durante unos meses el estado de alarma ha eliminado, como también se suele conocer a las Loterías y Apuestas del Estado, el impuesto de los tontos.

Compartan para que no cunda el pánico.

Quincuagésimo tercer día de confinamiento.

martes, 5 de mayo de 2020

Guardar como

Si se me permite la broma, esta mañana he salido a comprar y el bazar de los chinos de mi barrio… ¡ya estaba abierto! Es buena señal, ahora sí que todo mejorará de verdad. Espero que nadie se tome a mal la chanza.

Esta mañana he usado el Word para hacer clases con mi hija. Cuando le he dicho que guardara el documento y le he indicado el símbolo del disco, le he preguntado si sabía qué era eso. Y no lo sabía. Lógico, tiene nueve años. A lo mejor Microsoft podría pensar en colocar otro dibujo porque supongo que miles de personas en el mundo desconocen qué es un disquete. También podría ser que ya hubiera algo alternativo en las versiones actuales, porque en casa trabajamos con la de 2007.

Quincuagésimo segundo día de confinamiento.

lunes, 4 de mayo de 2020

Desatascar el váter

En estos días de confinamiento hemos roto el cristal de una ventana, que no hemos reparado porque el seguro no dispone de ningún cristalero en estos momentos. Se nos ha estropeado la batidora y hemos comprado una en una tienda de electrodomésticos de mi barrio que vi que aceptaba pedidos; nos hacía falta porque el benjamín de la casa aún toma papillas. Pero lo gordo ha sobrevenido hoy. Se nos ha atascado el inodoro. Nunca nos había pasado; desagües taponados en el lavamanos o en la pica de la cocina, a mansalva, pero no en el retrete. Ya me veía llamando a una cuba y fastidiando a los vecinos.

Mi mente removía con ansia en el almacén de la memoria para descubrir o inventar maneras eficaces y sencillas de arreglar el desaguisado. Pruebo con una especie de alambre en espiral que me ha servido a veces para desatascar picas, pero nada. Después opto por hervir agua en una olla, a ver si con agua caliente se deshace el tapón. Pero, entonces, mientras espero, se me ocurre hurgar en la memoria virtual, aquella que flota en la nube, es decir, en internet. ¡Y, listo, este fontanero me ha alegrado la tarde! Con la fregona he desatrancado la obstrucción en un santiamén.

¿Veremos injertar un chip en el cerebro humano que nos conecte a internet, aumentando así nuestra capacidad de memoria? La pregunta no creo que sea si lo veremos, sino cuándo sucederá. Y no creo que tardemos mucho en ver algo así, si es que no existe ya.

***

Este lunes es la segunda vez que salgo a pasear con mis hijos. Hemos tenido la suerte de que nuestra calle es una de las 44 vías de Barcelona que se han cerrado al tráfico durante dos semanas como medida para mitigar el contacto del coronavirus entre transeúntes. La Celia se ha lanzado con los patines por en medio de la calzada, hasta abajo del todo, tres o cuatro veces. Treinta segundos tardaba, los he cronometrado.

Quincuagésimo primer día de confinamiento

domingo, 3 de mayo de 2020

Aplausos

-¡Venga, a aplaudir!

Recuerdo que así nos invitaba mi padre a mi hermano y a mí a salir al balcón para aplaudir cuando éramos chiquitines. Y yo, cuarenta años después, hago lo mismo con mis hijos. A las ocho en punto, cada día, estemos donde estemos, en un balcón, en una terraza, en una ventana, en la playa, en el bosque, en el arcén de una carretera, de vacaciones en Vega, en el avión, en el barco, en la nave, sea donde sea, salimos a aplaudir. Y como nosotros, millones de seres, en planetas, en satélites, en colonias espaciales, desde hace eones. Y sonriendo, agradeciendo al Universo la vida que nos ha regalado.

Hoy, Marcelo cumple diez años y me pregunta:

-Papá, ¿y desde cuándo aplaude la gente?

Y le respondo lo que me contestó mi madre cuando cuatro décadas atrás le pregunté lo mismo.

-¡Déjame en paz, y aplaude, como todo el mundo, carajo!

No, eso es lo que he pensado. Le he venido con cuentos, como a mí me vinieron. Que no se sabe bien desde cuándo ni por qué, pero que lo más seguro es que sea la huella de algún rito primitivo ya abandonado.

-¿Qué rito? –insiste el palomo.
-Bueno –le digo-, hay dos hipótesis. Una sostiene que desde muy antiguo los seres humanos adoraron al Sol como fuente de vida. Y que cada atardecer y anochecer le rendían culto para que se fuera contento a dormir y animarlo así a que a la mañana siguiente despertara de nuevo. Con el paso de siglos y milenios, las civilizaciones nacían y morían, se sucedían unas tras otras, pero conservaron y adaptaron el culto hasta desembocar en este aplauso de dos minutos que todavía hoy ofrecemos a la naturaleza.
-¿Y la otra?
-La otra cuenta que en los inicios de la civilización transplanetaria, cuando la humanidad solo había chapoteado en la orilla del espacio, cuando ni tan solo se habían levantado ciudades en la Luna, Marte o Europa, una epidemia asoló el mundo, una enfermedad amenazó a la humanidad, no supieron controlarla a tiempo, por codicia, por negligencia, y que solo el sobreesfuerzo de algunos hizo posible acabar con la infección.
-¿Y? ¿Qué tiene que ver eso con los aplausos? –me suelta el niño con razón.
-Pues que se dice que millones de personas que estaban aisladas en sus casas y pisos se asomaban a sus balcones y ventanas para animar a quienes cuidaban a los enfermos y alimentaban a la población.
-¡Bah, menuda tontería, no puede ser! –dice, mientras le acaricio el cabello y le dirijo una sonrisa de aprobación.
-No, claro, la mayoría de científicos defiende la primera hipótesis, casi nadie cree la segunda.

sábado, 2 de mayo de 2020

Hierbabuena

El Ayuntamiento de Barcelona ha abierto 70 parques y cerrado 44 calles para que los peatones podamos salir a caminar, hacer deporte, comprar o pasear al perro sin que nos aproximemos demasiado unos a otros. No sé si lo logrará -en todo caso, ayudará-, pero los cortes de tráfico se mantendrán durante los próximos 15 días en calles secundarias de la ciudad. Mi calle, una vía de un solo carril y sentido, ha sido una de las agraciadas o desagraciadas, según se mire, porque hay gustos para todos; cuando he bajado a comprar he visto que la habían cortado.

Al subir me he encontrado con un vecino. Me dice:

-Felipe, ¿con mascarilla, eh?
-Es lo que hay.
-Mastica hierbabuena, en mi país se toma mucho y solo hay 19 muertos. O como infusión, ya verás qué bien.
-Lo tendré en cuenta.

Es de Mali, en donde ha habido pocos fallecidos por coronavirus, ¿pero no se deberá más al clima?

Cuadragésimo noveno día de confinamiento.