viernes, 4 de diciembre de 2020

De dioses

Creo que hay dos posibilidades. O hay algo o no hay nada. Si no, ya está, asunto zanjado. Si sí, saber qué hay es una lotería. 

Si somos teístas, el Dios cristiano -amor, misericordia…- comporta dos problemas a mí modo de ver infranqueables. Uno, ¿por qué hay sufrimiento en el mundo? Dos, pregunta que se deriva de la anterior, ¿por qué existe todo? Sorteamos estas dos cuestiones sin embargo si creemos en otro tipo de dioses, por ejemplo, en las divinidades de los antiguos griegos. Los dioses del Olimpo juegan con nosotros, somos su divertimento. 

Cabe la posibilidad de creer en una trascendencia, pero no en un dios o dioses. En este caso podríamos ser un juego o un experimento de unos seres atemporales o de otras dimensiones del universo, o que crearon este universo de energía e información en el que vivimos nosotros. Esta hipótesis no difiere mucho de la solución de los dioses olímpicos. Las tres en conjunto rezuman platonismo o son diferentes versiones de la tesis de Platón. Si existiera algo después de la vida quizás la dicotomía o la frontera vida-muerte dejaría de ser tan grave como desde la vida nos parece. 

Que existan otros mundos bien puede ser, pero quizás formen parte de este. Simplemente, puede que no los percibamos por no disponer de los sentidos y/o medios adecuados. ¿Cómo nos perciben las plantas? ¿Cómo captan la existencia? De una manera muy distinta a la nuestra, seguro. ¿Saben que existen los animales y los seres humanos como nosotros los intuimos a través de los sentidos? Seguro que no, aunque es probable que intuyan las diferentes existencias que las rodean. “Hay algo”, podrían pensar, "pero no sé qué”. 

Volviendo al principio, queda la opción de la nada. Con lo que sé, la autoconciencia, la vida y la misma existencia me resultan muy difíciles de explicar. Pero sé también que podrían llegar a explicarse - aunque quizás nunca del todo- porque cada día que pasa la ciencia arroja mayor luz sobre el mundo.

En todo caso, ateos, agnósticos, teístas y creyentes creo que compartimos una opinión: la vida y la existencia son un misterio. Pero esto no es un argumento ni a favor ni en contra de la trascendencia.

jueves, 26 de noviembre de 2020

Marte

A veces pienso que no veré llegar seres humanos a Marte, que quizás sí mis hijos. Pero hoy me he levantado optimista y creo que estamos al borde de convertirnos en una especie interplanetaria. De hecho, ya lo somos un poco; hay gran cantidad de artefactos construidos por hombres y mujeres que surcan el sistema solar y más allá. Y muchos satélites, sondas y robots estudian Marte. Son la avanzadilla, la vanguardia de lo que está por llegar. Si no ocurre ninguna hecatombe de última hora, el inicio de la colonización -aunque sólo sea de bases científicas en un primer momento- está a las puertas. Desde una perspectiva histórica, es inminente.

miércoles, 14 de octubre de 2020

Paro en tiempos del Covid-19

A mediados de julio acabé el contrato de sustitución de conserje en un colegio público de Barcelona, pero hasta el 10 de agosto no pude rellenar el formulario de preinscripción para cobrar el subsidio por desempleo; no por el covid-19, sino porque tenían que transcurrir los veinticinco días que me tocaban de vacaciones. En total, estuve un mes y medio en paro, hasta que el uno de septiembre empecé a trabajar de nuevo en otra escuela. 

A día de hoy, aún no he cobrado el subsidio de esos 45 días que me corresponden, y, como yo, muchísimos trabajadores que se han ido quedando en paro durante estos meses desde que estalló la pandemia del coronavirus. Contactar con el SEPE por teléfono –o por cualquier otro medio- es harto difícil, pero una amiga lo ha logrado y le dijeron hace poco que iban por las prestaciones del quince de julio. 

Como he dicho, yo ya he empezado a trabajar, y en algún mes o año venidero supongo que me pagarán la deuda –quizás sea mucho suponer-, pero sin intereses, claro, no como el Estado que, a la mínima, los cobra, además de la multa correspondiente si te pasas un pelo en los plazos. 

Pero esto lo escribo, sobre todo, por los parados que no han vuelto a encontrar empleo desde entonces y que siguen sin cobrar un duro. ¿Ha pensado en ellos el gobierno? ¿Ha valorado que hay personas y familias que lo pasan mal porque al ejecutivo no le da la gana de ampliar plantillas?

miércoles, 30 de septiembre de 2020

Las mascarillas

Al trabajar como sustituto, este curso he empezado en un cole nuevo y no conozco a nadie. Todos los días veo a las maestras con la mascarilla, desde que entran hasta que salen; me las imagino de ojos para abajo, pero me llevo una decepción cuando alguna de ellas se desenmascara por un instante. Nunca son como fantaseaba, jamás acierto, ni me acerco. Supongo que mi mente esboza una nariz, boca y pómulos en función de personas a quienes me recuerdan por el cabello y la mirada, o según mis prejuicios, pero después, a la hora de la verdad, nada. Son mujeres y hombres, chicos y chicas, que no guardan relación alguna con el rostro que mi magín había dibujado. Todas, entonces, son caras extrañas, y, aunque sea por un momento, mi organismo se rebela.

lunes, 21 de septiembre de 2020

Primer positivo en mi cole

Una semana después de abrir los colegios, en el centro en el que trabajo ha habido un caso positivo en un niño de la etapa infantil. El protocolo ha funcionado. Esta mañana lunes ha venido un equipo del ambulatorio a hacer las pruebas al resto de alumnos del grupo, a la maestra y a la monitora. No sé cómo se hará en otras escuelas, pero en esta los padres y madres han acompañado a sus hijos. Y no es para menos, porque son pequeños y la prueba es molesta, dolorosa para los críos. La mayoría lloraba al salir. Así que es buena idea que los progenitores acompañen a los hijos durante los tests, sobre todo, si son pequeños. 

Durante dos semanas ni alumnos ni maestra vendrán al cole. Ya no sé cómo seguirán las clases, pero utilizar ordenadores con niños tan pequeños durante toda la jornada lectiva -a no ser que sea por unos pocos minutos al día- lo considero poco educativo y menos saludable.

martes, 15 de septiembre de 2020

La madre de la ciencia

Descubrir vida más allá de la Tierra se convertirá sin duda en la noticia del año, de la década o del siglo. Claro que no será lo mismo dar con microorganismos en Marte, Venus o Europa, que descubrir señales de una civilización extraterrestre en un sistema solar vecino. Ni incluso será lo mismo encontrar vida microscópica análoga a la terrícola –con ADN, por ejemplo- que basada en compuestos inimaginables. En el primer caso, sospecharíamos de la panspermia, pero en el segundo ganaría muchos puntos que la vida se haya desarrollado de manera independiente en diferentes lugares del Cosmos.

El anuncio de que en Venus se ha hallado fosfina –un gas que en la Tierra solo lo producen seres vivos o en descomposición- abre las puertas a la posibilidad de que existan microorganismos en su atmósfera. Los descubridores avisan de que los resultados no son concluyentes, pero alertan de que por ahora han descartado otras posibles fuentes no biológicas (rayos, meteoros, vulcanismo, etc). Añaden también que las cantidades estudiadas superan de mucho –unas 10.000 veces- las que podrían deberse a orígenes ajenos a la vida.

Ya hay astrónomos que recelan del hallazgo. Quizás ni siquiera sea fosfina y, si lo fuera, existen otros orígenes más probables que no la vida. Incluso los mismos autores del hallazgo explican que el artículo es, en cierta manera, una llamada de auxilio a la comunidad científica porque se les agotan las ideas para explicar la presencia de fosfina en Venus eludiendo el factor biológico.

Leyendo algunas noticias da, precisamente, esa sensación: que los investigadores duden de sus conclusiones provisionales y sean conscientes del largo trecho que falta para afirmar con alto grado de certeza de dónde diantres proviene la fosfina. Hete aquí un  ejemplo del rigor, meticulosidad, y esfuerzo que requiere la ciencia para darse por satisfecha en sus resultados, y casi siempre además obteniendo conocimientos en cuarentena.

Así que paciencia, y mucha, si queremos saber si tenemos vecinos venusianos.


lunes, 14 de septiembre de 2020

Vuelta al cole

Trabajo de conserje en un colegio del Eixample de Barcelona. Solo se ha disminuido la ratio en cuatro cursos: P4, P5, primero y segundo. Para ello han mezclado P4 y P5 en tres grupos, y ciclo inicial, en otros tres. Disminuir el número de alumnos por curso improvisando es muy difícil, ya que las escuelas e institutos cuentan con los espacios de siempre y escaso personal más. Como ha indicado la Generalitat, todos los alumnos se desinfectan las manos a menudo.y se protegen con mascarilla, excepto los de Infantil. Los patios se dividen y se aprovecha espacio público –la calle de entrada al centro- para hacer las veces de recreo. Los alumnos entran a la escuela en tres turnos con diferencia de diez minutos entre ellos, y salen de igual modo. El colegio utiliza los tres accesos de que dispone. Para ser el primer día las entradas han sido bastante ordenadas, aunque con algo de batiburrillo a la salida.

En el futuro supongo que habrá cierre de aulas y de escuelas en Cataluña, porque es muy fácil que una persona se contagie. Pero quizás el hecho de que la mascarilla sea obligatoria para todos –aunque muchos no la lleven o se la coloquen mal- contribuya a frenar los contagios y, por tanto, a evitar el confinamiento generalizado de escuelas y negocios. Sin embargo, no hemos de ser ingenuos y bajar la guardia, la segunda ola arrancó hace tiempo y otros países han vuelto al confinamiento más estricto, como es el caso de Israel, que ha echado el cierre por tres semanas.

lunes, 29 de junio de 2020

Los babosos

Seguro que usted ha visto a muchos. Y según su sensibilidad y precaución se habrá dado más o menos cuenta. Dejan su estela de baba allá por donde pasan. Haylos en los comercios, deambulando por los supermercados, comiendo en el metro o en espacios públicos cerrados. Son seres especiales. Inmunes. Listos. Adolescentes. Jóvenes. Mayores. Hombres. Mujeres. Garrulos, aunque se crean de modales exquisitos. Son los primeros que pondrán el grito en el cielo cuando sobrevenga una segunda oleada del coronavirus. Y, entonces, ya no recordarán que se quitaban la mascarilla en los supermercados, a modo de sostenedor de barbilla, que devoraban bocadillos en el metro, que jugaban a petanca tan panchos, que paseaban en cuadrillas sin rastro de protección facial, que dejaban al aire la naricilla en el autobús. Pero sí, criticarán a diestro y siniestro.

Y si no hay segunda oleada, no será por ellos, sino a pesar de ellos.

sábado, 20 de junio de 2020

La vida según Jung

Lo que más me sorprende cuando leo Recuerdos, sueños, pensamientos es el parecido que le encuentro a la tesis de kierkegaard en Estética y ética. A Jung le importa poco el mundo finito, solo le parecen decisivos los sucesos de la vida en los que “el mundo inmutable incide en el mutable”. “El destino quiere ahora –como siempre ha querido- que, en mi vida, lo externo sea accidental, y solo lo interno rija como sustancial y determinante”, así se dirige a un amigo a propósito de escribir su autobiografía. No sé si el psiquiatra suizo leyó alguna vez al teólogo danés, pero en mi opinión tratan de lo mismo, cada uno de ellos con su lenguaje y bajo su experiencia. Hay pasajes de pensamientos calcados:
“Por ello tampoco no había él [se refiere a su padre, teólogo y párroco] presenciado nunca el milagro de la gracia que todo lo cura y todo lo hace inteligible. Él había tomado los mandamientos de la Biblia por normas de conducta, creía en Dios tal como en la Biblia se lee y como su padre le había enseñado. Pero no conoció al Dios directamente vivo que es omnipotente y libre, que está por encima de la Biblia y de la Iglesia, que llama a los hombres a su libertad y puede impulsarles a renunciar a sus propias convicciones y opiniones para cumplir incondicionalmente sus mandatos. Dios al poner a prueba el valor humano no se deja influir por las tradiciones, por sagradas que éstas fuesen. Cuida en Su Omnipotencia de que en tales pruebas no sobrevenga nada verdaderamente malo. Si se cumple la voluntad de Dios se puede estar seguro de ir por el buen camino”. 
Para mí, Freud copió a Nietzsche; no sé si Jung plagió a Kierkegaard, pero creo que no, que ambos experimentaron y obtuvieron las mismas conclusiones:
“La desviación hacia lo abstracto despoja a la experiencia de su sustancia y le presta el mero nombre, que a partir de entonces suplanta a la realidad. Nadie está obligado a un concepto y tal es precisamente la conveniencia buscada que promete protección frente a la experiencia. Pero el espíritu no vive de los conceptos, sino de los hechos. Las meras palabras no sirven para nada, lo único que se logra es repetir este proceso hasta el infinito. A los pacientes más difíciles y desagradecidos pertenecen, según mi experiencia, junto a los habituales mentirosos, los denominados intelectuales, pues en ello una mano ignora lo que hace la otra. Cultivan una psicología à compartiments. Con un intelecto no controlado por sentimiento alguno, todo se puede solucionar y, sin embargo, se tiene una neurosis”. 
En otro momento, explica: “Naturalmente, los hombres que nada saben de la naturaleza son neuróticos, pues no se adaptan a la realidad”. Una cosa es la realidad y otra muy distinta lo que, por ley, costumbres, creencias y moral, es decir, por imposición social, creemos que debería ser. Y si encima no distinguimos la realidad –ni la aceptamos- de lo que nos han impuesto que debería ser -que nunca será, pero que pretendemos que debiera ser y que ansiamos o creemos vivir- el dolor y la angustia están servidas.

En la búsqueda de uno mismo, Jung coincide con Nietzsche en que antes de zambullirse en uno mismo muchos prefieren la conducta gregaria, que no levanta más que obstáculos en el camino, aunque se conviertan también en refugios en la tormenta de la vida. Si se sortea el desliz, cada persona camina sola allende la sociedad, en sí mismo: “Allí tampoco existen leyes para el caso de que se encuentre en situaciones imprevistas, por ejemplo, un conflicto de deberes, que no se puede solventar fácilmente”.

Según Jung, la mayoría de sus pacientes eran personas que habían perdido la fe, trataba con “ovejas descarriadas”. Me pregunto si en la actualidad existirá algún estudio al respecto. A ver si al final el psicólogo se ha convertido de veras en el nuevo portador del alzacuellos. Para el psiquiatra suizo, muchos neuróticos –en desacuerdo consigo mismos, insatisfechos- lo son debido a su incapacidad para vincularse a las ciencias, al mundo externo, y no soportan –desesperan, que diría otro- una vez han abandonado el mito que les unía a la naturaleza. Para Jung, a más prevalencia del raciocinio, mayor empobrecimiento de la vida; a más mitos comprendidos, más vida integrada. Sobre la utilidad del mito como cura y base del bienestar, argumenta:
“El mito, en cambio, podría presentarles otra imagen útil e ilustrativa de la vida en el país de los muertos. Si el hombre cree en ellos, o les concede siquiera algo de crédito, tiene tanta razón como le falta, igual que aquel que no cree en ellos. Mientras que el que los niega se enfrenta con la nada, el que se obliga al arquetipo sigue las huellas de la vida hasta la muerte. Ambos están en la incertidumbre, uno en contra de sus instintos, el otro de acuerdo con ellos, lo cual significa una considerable diferencia y ventaja a favor de este último”. 
Ciertamente, la razón –junto a la experimentación- prevalece sobre otras facultades humanas en muchas personas. Pero también la emocionalidad humana, la moral y la ley. Quizás la razón actúe como una brida que nos impida a veces desbocarnos y vivir con mayor libertad; y seguramente la atención a las intuiciones se haya visto mermada a favor del raciocinio. Nietzsche ya nos advertía de que la razón debería estar supeditada a la vida y no al revés. La vida es algo mucho más amplio, y quién nos dice que no puedan existir otras facultades que ignoremos, por reprimidas bajo el yugo de la razón burguesa o porque no sean propiedades del estadio evolutivo biológico en el que vivimos. Alguien podría decir que las intuiciones, corazonadas o presentimientos, por ejemplo, yerran muchas veces. Sí, pero el raciocinio también. (Aunque para mí, las intuiciones son juicios condensados debidos a experiencias pretéritas en la vida de uno. Pero puede que incluso esta creencia la levantara bajo el esquema del desprecio a la intuición; que me dijera: “No es nada, es una razón sui generis”). Hace 30 años, en el instituto, mi intuición me advertía de que un compañero de clase no era muy buena persona, el caso es que al irlo conociendo me di cuenta de mi error. Eso me enseñó una lección, quizás mal entendida, de que mi intuición –que hasta entonces no me había fallado- era falible y fuente de prejuicios erróneos. Y hablo de “mal entendida”, porque desde entonces desterré la intuición como método de conocimiento práctico, cuando debí entenderla como una advertencia de que, al igual que la razón, la intuición puede equivocarse y necesita contrastarse con la experiencia. Sea como fuere, desde entonces ninguneé la intuición hasta el punto que cuando he querido recuperarla –hace tan solo unos pocos años- ya no sé distinguirla ni verla. Como un músculo infrautilizado, mi intuición se ha atrofiado.

Encontrase a uno mismo, esta es la clave de una existencia lograda, auténtica, real, para Jung. La única que consigue satisfacerle. Y no vale intelectualizar, hay que vivir cada uno de y según su organismo. El médico huyó durante toda la vida de las recetas y los caminos que otros aportaran o transitaran –de ahí, en parte, su ruptura con Freud-, necesitaba experimentarse a sí mismo, conocerse en lo más profundo. Para Jung, el conocimiento estaba por encima de todo, para Freud, según relata Jung, no. Cuenta como al pedirle a Freud que le diera más detalles sobre su vida para interpretar mejor un sueño, el padre del psicoanálisis le respondió: “El caso es que no puedo arriesgar mi autoridad”. Aquella frase supuso el principio del fin de la relación. Jung discrepa con Freud en cuanto a la interpretación de los sueños. El primero no veía intención engañosa alguna en los sueños, mientras que el segundo los consideraba una fachada levantada bajo el peso de la represión que ejerce la consciencia, del superyó, y que era realmente tras las imágenes superficiales donde se esconde el significado del sueño. Jung, sin embargo, afirma: “No veía motivos para suponer que los estados de consciencia se extiendan también a los procesos naturales del inconsciente”. Pero, digo yo, ¿si recordamos los sueños no será porque ya han viajado al consciente, o, de hecho, son creaciones conscientes, de una consciencia mermada?

A raíz de esta empresa personal, surgió la propuesta del inconsciente colectivo y toda su teoría psicológica. Para Jung el inconsciente era tan real como cualquier realidad cotidiana, más incluso:
“Filemón y otras figuras de la fantasía me llevaron al convencimiento de que existen otras cosas en el alma que no hago yo, sino que ocurren por sí mismas y tienen su propia vida. Filemón representaba una fuerza que no era yo. Tuve con él conversaciones imaginarias y él hablaba de cosas que yo no había imaginado saberlas. Me di cuenta de que era él quien hablaba, y no yo. Él me explicaba que yo me comportaba con mis ideas como si las hubiera creado yo mismo, mientras que, en su opinión, estas ideas poseían su propia vida como los animales en el bosque o los hombres en una habitación, o los pájaros en el aire: «Si ves hombres en una habitación, no se te ocurriría decir que los has hecho o que eres responsable de ellos», me explicó. Así iba yo familiarizando paulatinamente con la objetividad psíquica, «la realidad del alma»”. 
En Los complejos y el inconsciente, Jung describe los complejos como entidades independientes del yo, con vida propia, que invaden la conciencia a su antojo. Aseguraba la existencia del inconsciente por varias razones. Una de ellas me llama la atención por su ingenuidad. Se preguntaba: ¿de dónde manan las ocurrencias o inspiraciones que aparecen en el consciente? Y a veces razonaba que se le había ocurrido o fantaseado tal cosa sin haber mantenido contacto con el asunto. Me parece a mí que una de las facultades de la cognición es la asociación y vinculación de ideas dispares para crear nuevas ideas y conocimientos, es decir, la mente analiza, sintetiza y conceptualiza. No veo necesaria por ahí la existencia de un inconsciente; no, por lo menos, de un inconsciente insondable.

A veces me he imaginado al ser humano como un órgano reproductor tal que la flor de un árbol. En una hipotética quinta dimensión los humanos seríamos como unos gusanos retorciéndonos, juntándonos unos con otros, procreando nuevos y, finalmente, sucumbiendo. Pero, al fin y al cabo, todos físicamente unidos, solo que a través del genoma. (Quizás seamos un gran rizoma, pensado en Deleuze, y no sé si este pensó en Jung). Jung explica que algo permanece de este modo:
“La vida se me ha aparecido siempre como una planta que vive de su rizoma. Su vida propia no es perceptible, se esconde en el rizoma. Lo que es visible sobre la tierra dura solo un verano. Luego se marchita. Es un fenómeno efímero. Si se medita el efímero devenir y perecer de la vida y de las culturas se recibe la impresión de la nada absoluta; pero yo no he perdido nunca el sentimiento de algo que vive y permanece bajo el eterno cambio. Lo que se ve es la flor, y ésta perece. El rizoma permanece”. 
Considero importante transcribir aquí estos párrafos de Recuerdos, sueños, pensamientos para entrever la comprensión y la relación del inconsciente colectivo con el malestar intrínseco humano:
“Tanto nuestra alma como nuestro cuerpo se componen de elementos que todos estuvieron ya presentes en la serie de antepasados. Lo «Nuevo» en el alma individual es la recombinación variada hasta el infinito de los ancestrales componentes, cuerpo y alma tienen por ello un carácter eminentemente histórico y no hallan en lo nuevo, en lo recién nacido la adecuada morada, es decir, los rasgos ancestrales se encuentran en el propio hogar sólo en parte. Nosotros no hemos terminado todavía con el Medioevo, la antigüedad y el primitivismo tal como nuestra psique exige. En lugar de ello somos lanzados a la catarata del progreso que cuanto más nos impulsa con más salvaje ímpetu hacia el futuro, tanto más nos arranca de nuestras raíces. Pero una vez derribado lo antiguo, generalmente queda también destruido y ya no es posible detenerse en absoluto. Pero es precisamente esta pérdida de vinculación, este desarraigo, lo que provoca una especie de «insatisfacción de la cultura» y una prisa tal que se vive más del futuro y de sus promesas quiméricas de una era dorada, que en el presente, en el cual todo nuestro trasfondo histórico-evolutivo ni siquiera se ha alcanzado todavía. Desenfrenadamente se arroja uno a lo nuevo llevado por un creciente sentimiento de insatisfacción, descontento y desasosiego. No se vive ya de lo que se posee, sino de promesas, no a la luz del presente día, sino en las tinieblas del futuro en que se aguarda el auténtico amanecer. No se quiere reconocer que todo mejor se adquiere a costa de un peor. La esperanza de una mayor libertad es frustrada por un acrecentamiento de esclavitud al Estado, para no hablar de los terribles peligros que nos ofrecen los más brillantes descubrimientos de la ciencia. Cuanto menos comprendamos lo que buscaron nuestros padres y antecesores, tanto menos nos comprendemos a nosotros mismos, y contribuimos con todas nuestras fuerzas a acrecentar la carencia de arraigo e instintos del individuo de tal modo que sigue a «la fuerza de la gravedad» sólo como partícula física.  
»Mejoras progresivas, es decir, mediante nuevos métodos o gadgets, resultan a primera vista verdaderamente convincentes, pero dudosas en cuanto a su duración y en todo caso se pagan muy caras. En ningún caso incrementan el bienestar, la satisfacción o la felicidad. En la mayoría de casos representan modos pasajeros de endulzar la existencia, como, por ejemplo, las medidas de acortamiento del tiempo que aceleran enojosamente el tempo y de este modo nos dejan menos tiempo que antes. Omnis festinatio ex parte diaboli est: toda prisa proviene del diablo, solían decir los antiguos maestros. 
»Mejoras que se basen en el pasado son generalmente menos costosas y más duraderas, pues se resumen a los caminos más sencillos y seguros del pasado y a hacer el más exiguo uso de periódicos, radio, televisión y casi todas las innovaciones que, por así decirlo, ahorran tiempo. 
»Hablo mucho en este libro de mi ideología subjetiva que, sin embargo, no representa ningún progreso de la razón. Más bien es una visión que se obtiene cuando uno se propone ver y oír la figura y voz del ser con los ojos semicerrados y con los oídos algo sordos. Si vemos y oímos con excesiva claridad, en tal caso nos hallamos limitados a las horas y minutos del hoy y no percibimos el cómo y el porqué nuestra alma ancestral acepta y comprende el hoy, o en otras palabras, cómo reacciona el inconsciente. Y así permanecemos en las tinieblas sin vislumbrar si el mundo de los antepasados participa con bienestar ancestral en nuestra vida, o a la inversa, si se aparta de ella con aversión. Nuestra tranquilidad y satisfacción internas dependen en gran medida de si la familia histórica, personificada por el individuo, concuerda o no con las condiciones efímeras de nuestro presente”. 
Si nos observáramos desde una quinta dimensión y realmente fuéramos gusanos, nos produciría dolor y sufrimiento tratar de arrancarnos de nosotros mismos, como cuando se cercena una rama de su tronco. Parece Jung un poco ido, pero él dice que habla desde la experiencia de haber tratado con el inconsciente, a diferencia de mí, que solo especulo en base a conocimientos previos y relaciones posteriores alocadas, o no (pero no olvidemos que la vida es un continuo). A Jung –locas o no tales ideas- le funcionó para entenderse a sí mismo y vivir satisfactoriamente. Según dos sueños de Jung, el inconsciente es la base de la que emerge la conciencia, que no sería más que mera ilusión ante la colosal realidad del inconsciente creador, “el inconsciente como generador de la persona empírica”. El inconsciente “aspira a realización total, es decir, a devenir completamente consciente en el hombre”. En Los complejos y el inconsciente, Jung trata al yo como un mero complejo más, salvo que, al parecer, a diferencia de otros, el yo posee consciencia.

De nuevo, leo a Kierkegaard en Jung, a ver si es que ambos no hacen más que contemplar lo mismo, uno llamándole ética, el otro, inconsciente colectivo:
“La cuestión decisiva para los hombres es: ¿guarda relación con lo infinito o no? Esto es el criterio de la vida. Sólo sí yo sé que la falta de límites es lo esencial, no presto interés a cuestiones vanas y a cosas que no tienen un significado decisivo. Si no lo sé, insisto en perseguir tal o cual propiedad que percibo como posesión personal, algo que rige el mundo. Así es, pues, quizás a causa de «mi» inteligencia o «mi» belleza. Cuanto más insiste el hombre en la falsa posesión y cuanto menos capta lo esencial, tanto más insatisfactoria es su vida. Se siente limitado porque tiene objetivos limitados y esto crea envidia y celos. Cuando se comprende y siente que se está unido, ya en esta vida, al infinito, cambian los deseos y actitudes. En última instancia, uno se rige sólo por lo esencial, y si no se posee esto se ha malgastado la vida. También en la relación con los demás hombres es decisivo si en ello se expresa lo infinito o no. El sentimiento de lo infinito sólo lo alcanzo, sin embargo, cuando estoy limitado al máximo. La mayor limitación del hombre es la persona; se manifiesta en la vivencia «¡yo no soy más que esto!». Sólo la consciencia de mi estrecha limitación en la persona me une a la infinitud del inconsciente. En esta consciencia me siento a la vez limitado y eterno, como el Uno y el Otro. Al saberme único en mi combinación personal, es decir, limitado, tengo la posibilidad de tomar consciencia también de lo infinito. Pero sólo así”. 
Para Jung la tarea del ser humano, como la de Kierkegaard, es “adquirir consciencia de lo que le impulsa desde el inconsciente”. Otro ejemplo de Kierkegaard en Jung, o de ambos experimentando al parecer lo mismo:
“La imperfección de todo juicio humano nos sugiere siempre la duda de si nuestra opinión es siempre acertada. También podemos encontrarnos sometidos a un juicio falso. Por ello el problema ético se capta solamente cuando nos sentimos inseguros respecto a nuestra calificación moral. Con todo, debemos decidirnos éticamente. La relatividad de lo «bueno» y lo «malo» no significa en absoluto que estas categorías queden invalidadas o no existan. El juicio moral se encuentra presente siempre y en todas partes con sus consecuencias psicológicas características. Tal como he subrayado en otro lugar, el error cometido, planeado y pensado se vengará en nuestras aulas en el futuro igual que ha hecho hasta el presente, independientemente de que el mundo haya cambiado o no para nosotros. Son solamente los contenidos del juicio los que sucumben a las condiciones de lugar y tiempo, y varían paralelamente. La valoración moral se fundamenta siempre en nuestro código de costumbres, que nos parece seguro, que pretende saber lo que es bueno y malo. Pero ahora que sabemos lo inseguro que es el fundamento, la decisión ética se convierte en una acto creador subjetivo que sólo podemos asegurarnos concedente Deo, es decir, necesitamos un impulso espontáneo y decisivo por parte del inconsciente. La ética, es decir, la decisión entre Bien y Mal, no es afectada por esto, sólo se dificulta. Nada puede ahorrarnos la tortura de la decisión ética. Pero hay que tener, por duro que pueda sonar, la libertad de impedir si fuese necesario el bien moral conocido y hacer el mal reconocido como tal, si se quiere alcanzar la decisión ética. En otras palabras: no hay que caer en los extremos. Frente a una parcialidad de ese tipo disponemos del modelo del neti-neti de la filosofía india en forma moral. En ella el código de la moral, si el caso lo exige, se suprime sin falta y se deja a la decisión ética del individuo. Esto no es en sí nada nuevo, sino que ha sucedido ya desde siempre en la época prepsicológica como «colisión de deberes»”. 
Cuesta creer que Jung no leyera a Kierkegaard.

Siempre había imaginado el inconsciente como una habitación oscura y la consciencia como una fuerza que engulle ingentes cantidades de energía para mantener la atención en una parte iluminada de la sala al modo de un haz de una linterna, pero una vez alumbrando una sección del habitáculo y otras, otra. Jung considera que el inconsciente es una entidad separada del consciente y si se juntan sin más la integridad de la persona corre peligro. Por eso, bajo su experiencia, es mejor aislarla personificándola para ponerla en contacto con el yo consciente. Otro peligro es dejarse asombrar por las imágenes que emergen del inconsciente sin tratar de comprenderlas ni de extraer consecuencias morales, que es lo que según él casi siempre se descuida: “La no-comprensión, así como la carencia de obligación moral, arrebatan a la existencia su integridad y otorgan a muchas vidas individuales el penoso carácter fragmentario”. Jung sabe que no puede (de)mostrar qué resulta de la integración de contenidos inconscientes a la consciencia –“se trata de una cuestión indiscutiblemente subjetiva”-, pero lo considera “un hecho práctico muy importante y rico en consecuencias, que en todo caso es raro que sea pasado por alto por los psicoterapeutas y por los psicólogos interesados en la terapéutica”. En la terapia Jung insta a conocer más allá de la consciencia, “y si durante el tratamiento se llega a inusitadas decisiones se presentan sueños cuyo significado exige algo más que reminiscencias personales”.

¿Mi mente está conformada por miles de pensamientos, ideas y creencias ancestrales, inconscientes para mí, pero existentes, que hemos heredado los humanos desde la noche de los tiempos, más allá incluso de la existencia del homo sapiens, hasta los mismísimos orígenes de la vida? Podría parecer una locura. Pero quién sabe. Muchos genes no se sabe para qué sirven, incluso algunos que hasta ahora parecían sin función resulta que la tienen, aunque no sea para transportar memoria inconsciente. Pero podría haberlos que sí. Y aunque cueste creer que en un puñado de genes se guarden ingentes cantidades de información, recordemos que en realidad la vida es un continuo; aunque creamos que la vida aparece en cada concepción, no es así, somos “meros” transportadores de genes, como apuntaba Richard Dawkins. Además, si los humanos podemos almacenar información en dispositivos cada vez más microscópicos, quién nos dice que la naturaleza no lo haya conseguido ya desde hace eones. En fin, todo esto no son más que especulaciones, no aporto, claro está, ninguna prueba. Además, ¿para qué nos serviría tal información si no la podemos disponer de manera consciente? Es más, ¿por qué no recordamos sucesos concretos de nuestros ancestros directos? La vida, si sigue el principio de selección natural, conserva aquello estable, aquello que mejor se adapta a la naturaleza, lo que le sirve para la supervivencia. ¿Para qué conservar esquemas, creencias, arquetipos, de los que no podemos disponer de manera consciente y que, por lo tanto, a veces nos pueden perjudicar?

Cuenta Jung en uno de sus viajes por México que habló con un indio que le decía lo crueles que le parecían los blancos:
“Sus labios son finos, su nariz puntiaguda, sus rostros los desfiguran y surcan las arrugas, sus ojos tienen duro mirar, siempre buscan algo. ¿Qué buscan? Los blancos quieren siempre algo, están inquietos y desasosegados. No sabemos lo que quieren. No les comprendemos. Creemos que están locos”. 
Creo recordar que también Montaigné explicaba algo así en sus Ensayos cuando los primeros españoles llegaron a América. Los indígenas encontraban que los europeos no carburábamos bien, siempre detrás del oro a cualquier precio, con los ojos perdidos. Y esto me recuerda al crítico de arte Joaquín Jesús Sánchez que hace poco decía en un tuit: “¿El neoliberalismo es algo más que sociopatía y cocaína? A ver si estamos viendo una teoría económica donde solo hay un trastorno”. Los blancos hemos perdido el norte, tiramos de la inteligencia para suplir la conexión con la naturaleza, pero la razón no sirve; tal conexión nos la ofrecía el mito:
“Entonces comprendí en qué consistía la «dignidad», la serena naturalidad del individuo: es el hijo del sol, su vida tiene un sentido cosmológico, ayuda a su padre y mantenedor de toda vida en su salida y ocaso diarios. Comparemos con ello nuestra automotivación, nuestro sentido de vida que nos formula la razón, y con ello no podemos menos que sentirnos impresionados por nuestra miseria. Por mera envidia tenemos que reírnos de la ingenuidad de los indios y mostrarnos orgullosos de nuestra inteligencia para no descubrir cuán empobrecidos y rebajados estamos. El saber no nos enriquece sino que nos aleja cada vez más del mundo místico, en el cual tuvimos una vez nuestra verdadera patria”. 
Es la ética sólida, absoluta y eterna de la que habla Kierkegaard. Más adelante, Jung afirma: “Entonces comprendí que en el alma habita desde un principio un anhelo de luz y un impulso irresistible de salir de sus tinieblas iniciales”.

En cuanto a la muerte, el psiquiatra suizo asevera: “Si aceptamos que «allí» prosigue la vida, no podemos imaginarnos otra existencia que la psíquica; pues la vida de la psique no necesita espacio ni tiempo”. Mucho es imaginar qué habrá allí, si es que hay algo. Pienso más bien en algo inimaginable. ¿Por qué iba a ser una vida psíquica?

viernes, 5 de junio de 2020

Letalidad del coronavirus

La tasa de letalidad del coronavirus en España oscila entre el 1,1 y el 1,74 por ciento. He calculado este índice en base a los resultados del estudio serológico liderado por el Instituto de Salud Carlos III, que apunta que un 5,2 por ciento de la población ha desarrollado anticuerpos contra el Covid-19.

La población española a 1 de enero de 2020 asciende a 47.431.256 habitantes, según el Instituto Nacional de Estadística (INE). Por lo tanto, un 5,2 por ciento equivale a 2.466.425 personas contagiadas, unas diez veces más que las diagnosticadas por PCR, que son 240.660 a día de hoy. Esto significa que las proyecciones de los epidemiólogos acertaron, ya que pronosticaban que habría, en realidad, unas diez veces más contagios de los detectados.

Con casi 2,5 millones de infectados y 27.133 muertes confirmadas, la tasa de letalidad del coronavirus en España es del 1,1 por ciento. Pero si calculamos el porcentaje con el incremento de fallecidos totales que hubo entre el 13 de marzo y el 22 de mayo respecto a años anteriores -que excedió en 43.000 decesos lo habitual- la tasa de letalidad del coronavirus en España sube a 1,74 por ciento.

Así, la tasa media de letalidad del coronavirus en España se mueve entre una horquilla del 1,1 y el 1,74 por ciento. No puedo afinar más porque, aunque muchos de los muertos no confirmados por el coronavirus se deban al Covid-19, otras tantas muertes las podrían haber provocado enfermedades que no pudieron ser atendidas a causa del colapso sanitario. Es decir, de las 15.867 muertes de más que no son computadas, ignoramos cuáles serán causadas por el Covid-19 y cuáles no. De todas maneras, conocer este dato arrojaría más luz sobre la magnitud del colapso que ha sufrido el sistema sanitario.

La tasa de letalidad que arrojan mis cálculos (de entre el 1,1 y el 1,74 por ciento) es una media. Cambia por territorios, ciudades, franjas de edad y enfermedades previas. Lo mismo ocurre con el porcentaje de contagiados. El 5,2 por ciento para la media de España; el 6,1 para Cataluña, el 7,4 para Barcelona, por ejemplo.

Cada 100 docentes podría haber 6 que hubieran tenido el Covid-19 en algún momento. Si una escuela de una línea acoge de media a 225 alumnos y unos 20 docentes, eso significa que un maestro del centro educativo podría tener anticuerpos. En uno con doble línea, dos o tres maestras. En el caso de los menores de 14 años, el porcentaje de haber sido contagiados disminuiría a un 2,8 por ciento, eso implicaría unos seis alumnos por cada escuela de una línea. Estas cifras, claro, varían en función del territorio y de las edades de los docentes y alumnado. Pero aunque se ajustaran a la realidad, hay que recordar que disponer de anticuerpos no significa que puedan trasmitir el coronavirus, sino que en algún momento lo tuvieron y presentaron o no síntomas.

Octogésimo tercer día de confinamiento.

martes, 2 de junio de 2020

George Floyd

“Es mi cara hombre 
No he hecho nada grave, señor 
por favor 
por favor 
por favor, no puedo respirar 
por favor, hombre 
por favor, alguien 
por favor, hombre 
No puedo respirar 
No puedo respirar 
por favor 
(inaudible) 
hombre, no puedo respirar, mi cara 
solo levántate 
No puedo respirar 
por favor, una rodilla en mi cuello 
No puedo respirar 
mierda
Voy a 
No me puedo mover 
mamá 
mamá 
No puedo 
mi rodilla 
mi cuello 
No aguanto más 
No aguanto más 
Soy claustrofóbico 
me duele el estómago 
me duele el cuello 
todo me duele 
dame agua o algo 
por favor 
por favor 
No puedo respirar, oficial 
no me mate 
me van a matar, hombre 
dale, hombre 
No puedo respirar 
No puedo respirar 
me van a matar 
me van a matar 
No puedo respirar 
No puedo respirar 
por favor, señor 
por favor 
por favor 
por favor, no puedo respirar”.

jueves, 28 de mayo de 2020

Timelapse casero

Desde hace 50 días que para hacer un timelapse fotografío un árbol plantado frente a mi bloque. Quería que se apreciara el crecimiento de las hojas para documentar la primavera desde mi ventana durante el confinamiento por el coronavirus. Había previsto que en dos semanas el árbol reverdecería lo suficiente, pero me equivoqué. Aunque a los catorce días ya había muchos brotes verdes, aún se apreciaba el ramaje al desnudo. Cada mediodía disparé una foto; en total, 50. No he logrado un vídeo profesional, entre otras cosas, porque fotografiaba a pulso y a ojo, más o menos capturando el mismo encuadre (desde mi habitación no podía hacerlo de otra forma). De todas maneras, aquí podéis ver el resultado en un gif.

***

Los niños no son la gran fuente de contagio que se dijo al principio de la epidemia, según afirman pediatras del Hospital Trias i Pujol. Por este motivo, pueden volver al cole con total seguridad, añade la noticia. Por un lado, parece demasiado a propósito que justo ahora aparezca esta noticia, cuando este lunes muchos alumnos volverán a clase. Y, por otro lado, estaría bien que explicaran en qué se basan, y que más investigadores ofrecieran sus estudios y otros puntos de vista.

Los médicos de la noticia argumentan que no ha habido brotes en niños, en docentes ni en entrenadores. Me parece insuficiente argumento, más que nada porque desde marzo se ha afirmado -y aún hoy- que los niños son asintomáticos y, también desde el principio, lo primero que se clausuraron fueron actividades extraescolares en que hubiera mezcla de niños de varias escuelas. Quizás no hubo transmisiones porque escuelas, extraescolares, bibliotecas y ludotecas cerraron puertas los primeros.
***

El cierre de Nissan en Catalunya es un drama. Hace años conocí a un chaval que trabajaba allí. Recuerdo que decía: “¡Y qué no falte!”.

Septuagésimo quinto día de confinamiento.

martes, 26 de mayo de 2020

Fase 1, mi lamentable experiencia

Barcelona ha entrado en fase 1 hace casi 48 horas. Esta tarde hemos salido por primera vez toda la familia, cuatro en total, a dar el paseo preceptivo, pero en lugar de hacerlo en las inmediaciones de casa, hemos ido al centro del barrio –Horta- para devolver un libro a la biblioteca (por cierto, que después de todo estaba cerrada).

Desconozco si ya en fase 0 y 0,5 la concurrencia era tan elevada como el gentío que este martes abarrotaba la plaça Eivissa, centro neurálgico de Horta. Ya he recibido un toque de atención al pasar cerca del Parc de la Unitat –parque para niños que tenemos al lado de casa-, repleto de criaturas jugando, en manadas, como si aquí no hubiera pasado nunca nada, junto con adultos y mayores. Pero lo peor –como digo- en la Plaça Eivissa. Grupos de adolescentes paseando con tranquilidad, apelotonadas, la mayoría con mascarilla, pero algunos sin. Niños y niñas correteando en la plaza, sin guardar distancias, por supuesto. Y como ya en fases anteriores, personas de todas las edades -mayores, pequeñas y jóvenes-, juntas y revueltas, sin franjas horarias que valgan. Y sujetos charlando a una distancia normal, sin mascarilla. He sentido pena, miedo, asco y rabia. Si estuviéramos ahora en marzo, el rebrote estaría asegurado. Y si no hay ningún rebrote importante se deberá a las altas temperaturas, pero no a la prudencia.

Una lástima, qué rápido olvidamos que en España ha llegado a haber más de mil muertes al día. Sí, más de mil, y posiblemente cerca de las dos mil, porque aunque las cifras oficiales hablaran durante una semana de más de 800, incluso un día en que se alcanzó el pico de 950, todos sabemos que ha habido más fallecidos que aún no se han contado, pero que se acabarán contabilizando. La cifra oficial habría que multiplicarla por entre 1,5 y dos, como mínimo, y, si no, al tiempo. Qué rápido que nos hemos olvidado también de lo mal que lo han pasado los sanitarios, que son, junto a los yayos, los que peor parte se han llevado.

Hace años vi un reportaje en el que se advertía de que la mayoría de accidentes en carretera en viajes de largo recorrido sucedían cuando el vehículo se acercaba al destino. Y esto se debía a que el conductor bajaba la guardia, se confiaba, se relajaba, perdía la atención y la vigilancia.

Pues eso.

Septuagésimo tercer día de confinamiento.

lunes, 25 de mayo de 2020

"Estética y ética", de Søren Kierkegaard

Hay libros, como afirmaba Nietzsche, que cuando los empiezas sabes que los acabarás. Es el caso de las obras del teólogo y filósofo danés Søren Kierkegaard. Me ha ocurrido con La enfermedad mortal, con Los lirios del campo y las aves del cielo, y ahora, con Estética y ética, libro del que trata esta entrada.

Muchos seres humanos vivimos en la desesperación, el tipo de vida que procura la estética. Deduzco que es la manera de decir, del filósofo danés, que las personas buscamos la actividad –cualquiera que sea, la danza, la lectura, el trabajo, la gimnasia, el teatro, el ocio, cualquier objeto placentero- como arreglos para intentar ocultar la desesperación en que hemos convertido nuestra vida al no hallar nada sólido a lo que aferrarnos. Quizás es el mismo hastío del que habla Schopenhauer cuando afirmaba que la Historia del hombre podía entenderse como una lucha contra el aburrimiento. Buscamos una vía para no sufrir y creemos que no sufrimos porque hacemos y deshacemos, incluso les puede suceder esto a quienes se creen en posesión de una de los deseos más preciados y ansiados que pueda anhelar el ser humano, que no es ni más ni menos que el de dar con un proyecto de vida. “Pero el que quiere gozar de la vida establece siempre una condición que se encuentra permanentemente fuera del individuo, pero independientemente de su voluntad”, advierte el teólogo.

El último estadio de la concepción estética de la vida consiste en vivir en la desesperación misma, cuando te has dado cuenta que vives desesperado. Viven –vivimos- los estéticos zarandeados, en busca de chutes de placer. “Resulta de ello que tu vida se halla entre dos enormes contrarios; tienes, a veces, una energía prodigiosa, a veces, una indolencia igualmente grande”, y así el estético no hace nada, no acaba ningún proyecto. Si tuviera memoria de su vida, afirma Kierkegaard, al menos el estético no habría “hecho tantos trabajos que llamaré de media hora”. Evita la continuidad, porque así puede seguir autoengañándose, retrocediendo, ocultándose a sí mismo y, de nuevo, caer en la indolencia. (Me recuerda a cómo explica Jaime Balmes la pereza y la inconstancia, pero en la obra del danés analizada con mayor profundidad). Exige Kierkegaard al estético que desespere con toda su alma, “pues esa es mi condición, mi victoria sobre el mundo: el hombre que no ha probado la amargura de la vida, ha desconocido la importancia de la vida, por hermosa y rica en placeres que ella haya sido”; pero no que desespere creyendo que se debe a causas múltiples ajenas a él, sino que “él se ha cerrado, su alma razonable ha sido sofocada y se ha transformado en una bestia que no retrocede ante ningún medio, pues para él todo es legítimo”.

Pero, entonces, ¿qué nos queda? Para Kierkegaard, según entiendo, todo esto no son más que parches que colocamos para no sucumbir, pero nuestra persona hace aguas por diferentes vías. Es necesario que no huyamos de nosotros mismos. Sostiene que nuestra dicha, nuestra potencia, y en esto coincide con Spinoza, proviene de nuestro interior, de sabernos criaturas eternas, conocimiento que hemos olvidado, al que ya no tomamos en serio. Viviríamos, entonces, como seres frívolos con la vida y con nosotros mismos. Pero curarse de la tristeza –de la melancolía, “de no querer profunda y sinceramente”- solo ocurre cuando el espíritu se encuentra a sí mismo, entonces cesan las penas y sus causas, y “entras en el mundo”.

Únicamente obtendremos seguridad, importancia, verdad, belleza y seriedad en la vida si partimos de nosotros mismos. Para ello, hay que llevar una vida ética. Y esta solo se consigue si nos tomamos a nosotros mismos como finalidad. No es suficiente con el conócete a ti mismo, este es el punto de salida. Una vez sabes cómo eres y quién eres, has de elegirte a ti mismo y ser tu guía en la vida. Tú eres tu tarea, en la que persistir sin dejarte engañar, teniendo en cuenta además que a la ética –tú mismo- le acompañan temperamento, valores, deberes, capacidades, pasiones, ansias de mejora y influencias externas que te dejan huella, y que, además, estás en completa evolución, pero en libertad porque te has elegido: no te mueves por necesidad, es decir, no das bandazos en función de las circunstancias: “El que vive éticamente se ha visto a sí mismo, penetra toda su creación con su conciencia, no permite que en él vayan y vengan ideas imprecisas, no permite que posibilidades seductoras lo distraigan con sus charlatanerías, no tiene la impresión de ser como una carta mágica de la que pueda salir ya una cosa ya otra, según la manera de manipularla. Él se conoce a sí mismo”.

La ética no puede venir de afuera, porque sería algo abstracto, irrealizable, sino de adentro, de ti mismo, algo concreto, vivencial, experimental en ti: “(…) en lo que a ética se refiere, jamás se trata de lo exterior, sino de lo interior”. Es imposible la negatividad si tiendes a ti mismo; si te eliges a ti, tienes un punto sólido, un punto de apoyo concreto desde el que moverte en el mundo. Pero que nos elijamos a nosotros como piedra angular no significa que desaparezca la vertiente estética de nuestra personalidad, continuará existiendo, pero no será nuestro punto de apoyo, será relativa, accidental, no absoluta como la ética; la ética podrá establecer límites a la estética y la transfigurará, “y aun si encuentra en él [en su personalidad] más mal que bien, eso significa no que el mal deba manifestarse, sino que el mal debe ceder y que el bien debe manifestarse”. Incluso en el sufrimiento la ética domeñará la estética. No es que la persona con concepción ética deje de sufrir o no deba hacerlo, “pero también sé que no hay que afligirse como alguien que no tuviese ninguna esperanza” y “si en el abatimiento [el sufrimiento] me encanta, entonces me sublevo. No admito ninguna rebeldía, no quiero que algo en el mundo me arrebate lo que he recibido de la mano de Dios como una gracia”. Con la concepción ética edificas tu vida, lo que te acontece, sea alegre, sea triste, lo transformas; eliges la libertad en lugar de la necesidad. Como se suele decir, no puedes elegir todo lo que te ocurra, pero sí qué hacer con ello. “El que vive éticamente siempre encuentra una salida cuando todo le es contrario; cuando la oscuridad de la tormenta cae sobre él al punto de que su vecino ya no le ve, él, sin embargo, no ha sucumbido; siempre queda un punto que él retiene: él mismo”.

En el fondo no es más que una manera de decir que nos dejemos de monsergas, que para estar en paz con nosotros mismos no tenemos más que escudriñarnos, extirpar lo acartonado e inerte que hay en nosotros –aquello venido de afuera-, ser honestos con nosotros mismos y actuar y vivir en consecuencia. Puede que fallemos, y claro que lo haremos, pues somos falibles, pero sabremos quienes somos, qué somos, cómo somos y hacia dónde vamos: hacia nosotros mismos, “su ‘yo’ es la meta hacia la cual aspira”. Llegar a ser lo que uno es. Hete aquí la lucha, y la lucha es bella. Sin embargo, ¿cómo sabes que tu deber no se ha impuesto desde fuera? Según Kierkegaard, porque el deber incumbe a la naturaleza de cada cual y de ahí que experimentas “tranquilidad y seguridad” al realizarlo, porque expresas tu “naturaleza más íntima”. “Si el hombre comprende correctamente a la ética, está infinitamente seguro de sí mismo; en caso contrario, se vuelve indeciso, y no puedo imaginar existencia más desgraciada o más penosa que la del hombre para quien el deber se ha hecho exterior y que, sin embargo, siempre desea realizarlo”. Por eso, Kierkegaard habla del deber de uno y no de la obligación del prójimo o de un grupo humano, algo vacío y abstracto: “Nunca digo de un hombre: cumple con el deber o los deberes; sino que digo: cumplo con mi deber, tú cumples con el tuyo”. Y hace hincapié en la intensidad con que ha sentido el deber, no con el deber o deberes en sí que ha sentido, “de tal modo que la conciencia, a este respecto, le da la seguridad de la validez eterna de su naturaleza”. Un ser humano ha de tomar conciencia de que posee mapa y brújula propios y singulares para estar y conducirse en la vida.

A modo de comparación, imagínese a usted mismo asomado al balcón en un décimo piso, apoyado en la barandilla, bien a salvo del precipicio, disfrutando de la experiencia de un bello paisaje urbano a sus pies. Ahora, de repente, la barandilla desaparece y usted sigue al borde del precipicio, pero sin protección, a un paso de la nada. No tiene por qué perder el equilibrio y desplomarse diez pisos para desparramarse unos pocos segundos después por el suelo. Pero aunque no se caiga, no se sentirá seguro, no disfrutará de la experiencia al filo del abismo, sentirá una angustia continuada al no tener nada sólido a qué aferrarse, vivirá en alerta y espantado; entre usted y el vacío solo hay un paso, un desequilibrio, un golpe de viento… En cambio, con la barandilla nos sentimos protegidos, reconfortados, despreocupados.

Para Kierkegaard, la ética es la barandilla, aquello absoluto y eterno por lo que el ser humano existe y puede guiarse sin miedo a perderse, a desesperarse. Para Kierkegaard la realidad de la ética es más sólida, concreta y eterna que todo lo que existe en el mundo físico y finito pero, a diferencia de la barandilla, solo podemos hallarla en nuestro interior, no puede provenir de imposiciones externas. La ética es una experiencia propia. Al teólogo le importa la funcionalidad que ofrece la barandilla, la solidez que implica, no tanto el color de la pintura o la forma u ornamentos de la barandilla, todo esto es relativo, estético, así como lo que nos sobrevenga; lo importante es que la barandilla nos asegura, tranquiliza, nos coloca a resguardo de vicisitudes, en paz, y nos guía a puerto. Pero no importa tanto a cuál -porque cada uno tendrá el suyo-, como que nos demos cuenta de que la ética es nuestra única guía y asidero efectivo y real, y que optemos con decisión por ella.

Parece Kierkegaard un exegeta que interpreta y aúna para el común de los mortales las experiencias de los místicos, de los sufistas o de los budistas que alcanzan el nirvana, un conciliador, un ecuménico, en definitiva, un humanista. Pero a diferencia de los místicos, su mensaje parece asequible a cualquiera. En nosotros tenemos nuestra guía, así de sencillo: “La ética ayuda inconscientemente a todo hombre; pero puesto que esa ayuda es inconsciente, parecerá una disminución, consecuencia de la miseria de la vida, en vez de ser una elevación, consecuencia de la naturaleza divina de la vida”. Para mí, Kiekergaard deja claro no solo que bases tu conducta en ti –tu ética- y que esta te genere satisfacción, goce, belleza, plenitud y seguridad, sino que puedas disfrutar al máximo de los dulces que te ofrece la vida -sabiendo que no saciarán tu hambre de eternidad-, que no te aflijas hasta perder la esperanza con las adversidades y que no te pierdas a ti mismo en el laberinto de las vanidades pensado que vayan a cubrir los huecos que solo colma una vida ética.

Para acabar, una cita más de Kierkegaard: “La ética dice que la importancia de la vida y de la realidad consiste en que el hombre se ponga de manifiesto. Si no lo hace, entonces la manifestación aparecerá como castigo”. Me cuesta no ver aquí a Ortega y Gasset cuando afirmaba en La rebelión de las masas: “Envilecimiento, encanallamiento, no es otra cosa que el modo de vida que le queda al que se ha negado a ser el que tiene que ser. Éste su auténtico ser no muere por eso, sino que se convierte en sombra acusadora, en fantasma, que le hace sentir constantemente la inferioridad de la existencia que lleva respecto a la que tenía que llevar. El envilecido es el suicida superviviente”.

Kierkegaard, en Estética y ética, trata también del trabajo, del matrimonio y de la amistad bajo el prisma del concepto estético y ético de la vida. Pero estos puntos –sobre todo, el del trabajo- los relego (o no) para un futuro. Incluso quizás trate en los siglos venideros otra cuestión clave que Kierkegaard da por sentada: el origen divino de la ética.

jueves, 21 de mayo de 2020

Sin ingresos

Hace unas semanas, subiendo cargado de comprar me encuentro con B., una amiga de la infancia a quien veo pocas veces. Esperaba a su marido de pie, junto al coche en la esquina de mi calle. Hablamos sobre el coronavirus –como no- y el trabajo y le expliqué que no andaba para lanzar cohetes, pero que no me podía quejar. Ella, sin embargo, sí que tenía motivos de queja. Tanto B. como su marido habían perdido el trabajo al principio de la declaración del estado de alarma. Y el primer cobro del paro fue mínimo. De hecho, me dijo que habían conseguido que La Caixa les adelantara algo de dinero -200 euros- para poder comprar hasta que cobraran la segunda paga del subsidio. Con una hipoteca y dos críos.

Sexagésimo octavo día de confinamiento.

miércoles, 20 de mayo de 2020

Septiembre, por favor

El conseller d’Educació de Catalunya, Josep Bargalló, ha anunciado que los colegios reabrirán cuando la zona a la que pertenecen esté en fase 2. Esto puede empezar a ocurrir el próximo 1 de junio. Los centros acogerán a los alumnos sin impartir clases, que continuarán de manera telemática. No podrán ir a la escuela e insitutos todos los alumnos, sino solo aquellos con mayores necesidades y cuyos padres precisen apoyo. En todo caso, se priorizará la asistencia de los niveles de final de etapa de Primaria y de Secundaria.

Argumenta el responsable de Educación que con la reapertura se busca el acompañamiento tutorial y emocional de todo el alumnado. Esto del acompañamiento emocional a todo el alumnado no me convence. La mayoría de niños volverán contentos y felices al cole –o obligados- cuando les toque, ahora o en septiembre. Podría haber el peligro de que alumnos de otros niveles se apuntaran al carro y que los coles se abarrotaran como los primeros días de desconfinamiento hubo aglomeraciones de pequeños y de deportistas en las calles.

Pienso que el departamento de Educación debería centrar esfuerzos y recursos en preparar, organizar y gestionar el curso que viene. En septiembre, no habrá ni espacios ni profesores suficientes para separar los cursos en dos grupos de alumnos si al final se exigen los ratios que ahora se prevén de, como mucho, 15 alumnos por aula. Me parece suficiente trabajo como para ponerse a inventar ahora qué hacer en junio. ¿Ha pensado el conseller que los profesores deberán cuidar en el cole a los alumnos y en casa seguir con los trabajos on line? Porque es doble faena. Pero ya que estamos, no estaría de más que los docentes pudieran preparar las clases telemáticas con los recursos del centro de trabajo y no con los propios de casa como hasta ahora.

Por lo que se refiere a la salud y a la pandemia, me imagino que si sigue el calor y no hay ningún rebrote, en pocos días o semanas las infecciones y muertes por coronavirus descenderán hasta casi cero o a cero. Pero el covid-19 puede continuar circulando mientras los alumnos y docentes interactúen en los institutos y coles, con el consiguiente peligro para todos: niños, profesores, familias y sociedad en general.

Sexagésimo séptimo día de confinamiento.

martes, 19 de mayo de 2020

La invasión de los ultracuerpos

Como avancé este lunes, esta mañana he vuelto al trabajo por primera vez desde hace 65 días. Me preocupaban las aglomeraciones en el metro de Barcelona. Pero a las ocho de la mañana, en el andén de la estación de Valldaura, en la línea 3, no había rastro de seres vivos. En un principio, he pensado que se debía a que un convoy acababa de partir, aunque de seguida he notado que la afluencia de pasajeros era muchísimo menor de la habitual, ya que he estado un rato solo, impensable en tiempos preepidémicos. De todos modos, cuando por el panel luminoso anunciaban el próximo metro para dentro de cuatro minutos, he esbozado una mueca de fastidio, pero, a pesar de que la frecuencia de trenes ha disminuido, nos hemos juntado como mucho una decena de personas en todo lo largo y amplio pasillo.

Dentro del vagón mi pasmo ha continuado. La densidad de pasajeros permitía –y lo ha permitido hasta el transbordo de Diagonal- una separación de por lo menos un metro o más entre usuarios. En los intercambios -tanto el de Diagonal como el de Sagrada Familia- todo el mundo respetaba las colas, dejaba distancia de seguridad en las escaleras mecánicas, en los pasillos y en los accesos a los vagones. Solo he visto un par o tres de excepciones cuando algún pasajero adelantaba a otro rozándole. Y solo a una persona sin mascarilla, pero con el jersey a modo de pañuelo cubriéndose boca y nariz.

Pero lo que más ha cautivado mi curiosidad en mi primer día como espeleólogo por las entrañas de la ciudad ha sido la actitud del pasaje. En contraste con una jornada laboral habitual, en la que, como riadas humanas, marchamos a zancadas, apelotonados, abriéndonos hueco a codazos, esta mañana, asemejábamos autómatas, seres poseídos por espíritus o alienígenas al estilo de La invasión de los ultracuerpos, sin atisbo de emoción alguna, con la mirada fija, con movimientos lánguidos, en fila india, disciplinados a más no poder... si Focault levantara la cabeza. Ha sido una experiencia que rayaba lo tétrico, pero agradable por lo novedoso. Aunque pensándolo bien, la única diferencia nace del contraste; pues, antes y ahora, recordamos a zombis, aquellos –los de siempre- más estresados, pero igualmente idos.

En honor a la verdad, mis impresiones han cambiado a la vuelta del trabajo, a eso de las dos y media. Quizás había más gente, aunque poca más, porque aún se mantenían distancias en el interior de los convoyes. Ahora bien, con que aumente un poco más el trasiego ya no se podrá mantener la distancia de seguridad.

 *** 

Antes de volver a casa he recogido en la librería Alibri unos títulos reservados desde el pasado día 13 de marzo. Me ha asombrado de nuevo las pocas almas que habitaban el centro de Barcelona, en especial, en Plaza Universidad, Rambla de Cataluña y Paseo de Gracia. Creía que a estas alturas habría mucho más barullo. Antes de coger el metro en Paseo de Gracia he sucumbido a la tentación y he subido unos treinta metros en dirección montaña para comprobar qué aspecto exhibe la Casa Batlló y Ametller sin turistas. Quedaría de fábula pronosticar que nunca más en mi vida contemplaré tales fachadas limpias de humanos, pero la vida –ya lo sabemos- nos asombra una y otra vez.

Sexagésimo sexto día de confinamiento.

lunes, 18 de mayo de 2020

Vuelta al cole

Después de 65 días de confinamiento, este martes vuelvo a ocupar mi puesto de conserje en una escuela de primaria del barrio de Sant Martí, en Barcelona, aunque puede que de forma provisional. Entre el día 19 de mayo, o sea mañana, y el 22, este viernes, el colegio abre las puertas para quienes necesiten matricularse de forma presencial; la semana próxima ya veremos.

En el centro, solo estaremos la directora, la jefa de estudios, la administrativa y yo. En principio, el Consorci d’Educació de Barcelona nos habrá dejado mascarillas, gel hidroalcohólico, guantes y una mampara para la administrativa. Nosotros tendremos que gestionar el ir y venir de padres y madres, aunque supongo –y espero- que la mayoría haya matriculado a sus hijos a través de internet.

Me preocupa más cómo llegar al destino que permanecer en el cole. Siempre opto por el metro, aunque he de hacer dos transbordos y eso, ya antes de la pandemia, me agobiaba un poco. Sé que los usuarios debemos protegernos con mascarilla, guardar distancias de seguridad en los andenes, en los intercambios, en los vagones y en las salidas y entradas. ¿Pero hay suficiente frecuencia de convoyes como para que se puedan respetar las distancias? ¿Se formarán aglomeraciones en los transbordos, andenes y salidas a la calle?

Iré mañana en metro para comprobar por mí mismo la afluencia de gente y cómo anda el percal, pero si no me convence volveré a casa caminando y el resto de días acudiré al trabajo en coche, cosa que me desagrada bastante.

Sexagésimo quinto día de confinamiento.

viernes, 15 de mayo de 2020

Escenarios apocalípticos

Los políticos afirman que nadie pudo prever cuántos estragos causaría la pandemia del coronavirus. La epidemia afecta a todo el planeta, pero a unos países más que a otros, al menos, por el momento, porque la enfermedad del covid-19 sigue su curso, no hay que olvidarlo. Aparte de los recortes, en general la previsión de los gobiernos ha brillado por su ausencia y parece haber sido causa fundamental en la propagación del virus. No ha ocurrido lo mismo en Grecia que en España, y en ambas había habido fuertes recortes en sanidad, pero en la primera al saberse débiles se confinaron antes. Aunque ya digo que ningún país puede lanzar campanas al vuelo porque el coronavirus sigue vivito y coleando.



La OMS asegura que la humanidad ha de acostumbrarse a convivir con el nuevo coronavirus. ¿Escuchan los estados? ¿Se preparan? ¿Con qué escenarios trabajan? Espero que los gobiernos proyecten los peores: que el virus no acabe de desaparecer en verano, que vuelva más virulento, contagioso y mortal para el otoño e invierno siguientes, que los fármacos no acaben de funcionar y haya escasez y que no se logre una vacuna eficaz hasta dentro de tres o cuatro años, con lo cual la sangría se podría extender durante un lustro o más. Quizás me quede corto –y sería fatal-, pero qué importa si me paso.

Sería decisivo que no volvieran a faltar mascarillas, alcoholes, hidrogeles, guantes, EPIs, tests, respiradores, UCIs, camas, personal sanitario y otros recursos en los que los asesores gubernamentales y expertos seguro que cavilan. Y que los confinamientos y aislamientos de localidades y de personal de riesgo se hagan con suficiente antelación. Incluso deberían reflexionar sobre formas alternativas de distribución de alimentos a la población. Si meditan en otro modo de contener la epidemia en el futuro que lo expliquen con tiempo, para que los especialistas evalúen con antelación puntos débiles y mejorables. Nunca estaría de más diseñar y construir más clínicas y hospitales, porque esto parece que va para largo.

Sexagésimo segundo día de confinamiento.

jueves, 14 de mayo de 2020

Balmes y El criterio

Ya dije en el pos anterior que me había dejado algunos flecos por comentar sobre El criterio, la obra del teólogo, apologista y filósofo catalán Jaime Balmes.

Al principio del libro, Balmes distingue entre posible e imposible, probable e improbable. El ejemplo es parecido a este otro que seguro que habréis escuchado alguna vez. ¿Podría un chimpancé escribir El Quijote si picara al azar sobre las teclas de un ordenador? Alguien razonará que si se diera el tiempo suficiente, podría llegar a suceder. O sea que es posible pero muy improbable. Es cierto, pero es tan altísimamente improbable que podemos decir, en la práctica, y sin riesgo a equivocarnos, que es imposible que jamás se dé tal azar en lo que queda de vida del Universo. En su ejemplo, no hay mono, hay letras de una imprenta lanzadas al azar para que se componga una página.

Khrishnamurti, el filósofo y espiritualista oriental, otorga muchísima importancia al error que supone dividir la mente entre el pensador y lo pensado. Dice que de este desdoblamiento nacen muchos de nuestros sufrimientos. Siempre había mantenido yo, que el pensamiento y el yo –aquello que percibe dentro de nosotros- eran entidades diferentes. A Balmes estas disputas le traen sin cuidado: “(…) por cierto que para pensar bien no es necesario saber si la idea es distinta de la percepción o no”. Más adelante publicaré una entrada sobre esto que ya tengo escrita.

Denuncia Balmes el peligro del excesivo análisis; el hecho de que, al descomponer una realidad en muchas caras para estudiar cada una de ellas por separado y entender mejor la realidad, nos olvidemos que esa faceta interactúa con el resto, forma parte de un conjunto y, en consecuencia, neglijamos el sentido global. Aquí se contradice un poco con su oposición al estudio holístico.

Balmes señala el riesgo de confundir a una persona experta en cualquier área del saber con un “oráculo infalible”. Los humanos, seamos quienes seamos, fallamos. Solo Dios, no yerra, zanja.

Sobre la amistad. ¿Por qué transformamos un amigo en un monstruo? “Las pasiones nos ciegan”. Cierto. El amor, la ira, la euforia suelen distorsionar la percepción. Un amigo del alma un día nos desaira por una nimiedad, nos niega un favor, nos recibe con frialdad o nos responde de malas maneras, ilustra el filósofo. Desde entonces lo juzgamos de otra manera, “el lance que nos afecta ha descorrido el velo, nos ha sacado de la ilusión; y fortuna si el hombre modelo no se ha trocado de repente en un monstruo”. Pero el problema, aduce Balmes, es que nuestro afecto anterior no nos dejaba ver sus máculas, y el enfado actual las exagera. No juzga la razón, sino el corazón herido.

¿Qué es lo correcto? A veces no es fácil responder a esto. Según Balmes, el ser humano y la sociedad siempre sabrán qué es lo correcto: “No hay fuerzas que basten a apagar la antorcha de la moral ni en el individuo ni en la sociedad; en el individuo sobreviene a todos los crímenes, en la sociedad resplandece aun después de los mayores trastornos; en el individuo culpable reclama sus derechos con la voz del remordimiento, en la sociedad por medio de elocuentes protestas y de ejemplos heroicos”. Para dormir tranquilo, intento seguir la misma idea que se expresa en este fragmento del poema Desiderata, de Max Ehrman: “(…) sean cuales sean tus afanes y aspiraciones, en la ruidosa confusión de la vida, conserva la paz con tu propia alma”. Quizás la más poderosa guía de conducta sea la vida, o la filosofía de Nietzsche del eterno retorno.

¿Han leído Los 7 hábitos de las personas altamente efectivas, de Stephen R. Covey? El autor habla de la contradependencia, una conducta errónea que muchos emplean para parecer independientes hacia otra persona. Una manera de creer que mostramos independencia de conducta y parecer, de singularizarnos como personas, consistente en llevar la contraria como sistema. Pues esto mismo defiende Balmes de algunas personas y lo achaca no al intelecto, sino al orgullo. Me llama la atención cómo las mismas ideas o parecidas se repiten en unos autores y otros.

Sexagésimo primer día de confinamiento.

miércoles, 13 de mayo de 2020

El justiciero

¿Os acordáis que durante quince días el Ayuntamiento de Barcelona ha cortado algunas calles de la ciudad al tráfico para que los transeúntes no se apelotonen al pasear? ¿Y que mi calle era una de las elegidas? Hay excepciones, pueden circular vehículos de vecinos o repartidores, solo faltaba, pero a la mínima cualquiera las retira y todo quisqui circula. Y eso mismo ha pasado esta mañana en mi calle. Cuando volvía de comprar a eso de la una y media, las vallas que cierran las tres manzanas de mi calle estaban retiradas. Pero yo, erre que erre, he caminado por el medio de la calzada y, cada vez que cruzaba una intersección, cerraba al tráfico la vía colocando una tras otra cada una de las vallas; tres, en total. No habrán tardado en apartarlas, porque quien las retira no se molesta luego en volverlas a poner.

Este martes, paro a las siete a uno de los coches –uno de los culpables, de los delincuentes, de los criminales, de los malhechores, de los...- y le pregunto:
-Perdone, ¿por qué no coloca de nuevo las vallas? –pensaba que se trataba de un particular, pero justo era el operario contratado por el consistorio que se encarga de quitarlas a las nueve. ¡Ya es casualidad!
-Es que tengo orden de moverlas a las ocho –me responde.
-Pero si el ayuntamiento dijo que hasta las nueve.
-Yo tengo a las ocho, y como tengo muchas que quitar...
-Vale, vale, pero son las siete menos cinco.

¿Para qué dice el Ayuntamiento de nueve a nueve si luego por falta de personal alguna se retira dos horas antes?

Hasta aquí, mi historia de justiciero de la noche.


Banksy ha donado un cuadro a un hospital inglés en el que aparece un niño jugando con un muñeco que representa a una enfermera -bueno, a una superenfermera-, mientras que superhéroes tradicionales como Spiderman y Batman descansan en la papelera de los recuerdos. En Horta, un grafitero también ha creado una obra inspirada en el coronavirus, muy gráfica, sobre cómo nos está...

Sexagésimo día de confinamiento.

martes, 12 de mayo de 2020

Educación híbrida

Los maestros y profesores trabajan programando clases, elaborando materiales, diseñando actividades y recursos, enseñando en clase, preparando entrevistas con las familias y con los alumnos, corrigiendo actividades, trabajos y exámenes, redactando informes, asistiendo a reuniones de claustro y de nivel, arbitrando conflictos escolares, perteneciendo a diferentes comisiones, reuniéndose con especialistas externos, concertando excursiones y colonias, decorando clases y pasillos, participando en jornadas especiales, actualizando blogs o webs, formándose y adaptándose a nuevos centros y rutinas si son interinos... Y me dejo otras faenas. No olvidemos también que cuando, por ejemplo, crean material han de diseñarlo para alumnado con diferentes necesidades: ejercicios de ampliación, de profundización o de refuerzo, etc.

Quizás algunos diréis: “¿Y? Es su trabajo”, o bien, “Oiga, que yo también curro mucho”. Cierto, pero los docentes no suelen meterse en que en tal oficio o tal otro no se hace nada o se trabaja muy poco. Usted trabaja mucho, sí, pero los docentes también, mínimo como usted. ¿Hay excepciones? Sí, como en su profesión y en la de cualquier otro. Ya, pero ellos trabajan por vocación. Hay los que sí y los que no, pero que disfruten con su oficio no significa que no sea una profesión agotadora.

Durante los días y semanas que dura la epidemia del coronavirus muchos docentes envían actividades a los alumnos a través de internet, ya sea por correo, ya por webs, ya por videollamadas u otros medios. Es una forma nueva de hacer clases de forma sistemática y generalizada en la enseñanza obligatoria. Las clases en línea se han planteado como una manera de seguir en contacto con el alumnado, pero en ningún caso como un sustituto de las presenciales. Entre otros motivos, porque hay alumnos -en especial los de infantil y primeros cursos de primaria, pero incluso más allá- hay alumnos, digo, que no son lo suficientemente autónomos como para atender una clase en internet por sí solos; necesitan la ayuda del adulto, tanto para la tecnología como para la comprensión de las tareas. Muchos no comprenden qué se ha de hacer en un ejercicio, por mucho que lo lean, lo relean, lo vean o lo revean. Y la profesora no está ahí para que el niño levante la mano y diga que no lo entiende. Tampoco está el compañero. Es la madre o el padre quien debe hacer de maestro a la vez que de madre y padre. Pero los progenitores también cuentan con dificultades: el trabajo, la actitud, la formación, la paciencia, etc. Aún así, quien más y quien menos sigue las clases como puede. En definitiva, el contexto de casa es muy diferente al del colegio.

De cara al curso que viene alguien baraja la posibilidad de impartir clases híbridas, es decir, en línea y presenciales a la vez, como medida para impedir rebrotes del coronavirus o, por si los hubiera, no tener que cerrar otra vez los centros. Una cosa es preparar algo de faena a un alumno que se marcha de viaje durante dos semanas, otra es hacer un seguimiento como ahora ocurre. Pero una tercera muy diferente es tutorizar dos grupos y, encima, en ambientes y en condiciones distintas. Si rebrota el coronavirus, no sé qué medidas proyecta el gobierno, pero no me parece eficiente la educación híbrida, ni justa para los alumnos, ni para los padres, ni para los docentes. Es una opción, pero raya la locura. Si llegan a implantarla, espero que la administración contrate a más docentes para apoyar o tutorizar los grupos que aparezcan como setas en diferentes puntos del país. ¿Y quién ayudará a los padres?

Quincuagésimo noveno día de confinamiento.

lunes, 11 de mayo de 2020

Cien mil soles

Si la humanidad supera trances como la hecatombe nuclear, el cambio climático y las catástrofes estelares, llegará un día que explore el espacio interestelar como en los últimos siglos ha conquistado todos los rincones del planeta Tierra. Imaginaos que la humanidad sigue viviendo de aquí a mil años, o incluso diez mil, cien mil o un millón, ¿dónde nos encontraremos? ¿Qué tecnologías impensables hoy día habremos adquirido entonces? Si nos diseminamos por el Universo, es muy posible que, dentro de millones de años, nosotros –el homo sapiens sapiens- no seamos más que los ancestros de decenas o centenares de especies diferentes que pululen por el cosmos y que hayan desarrollado miles de civilizaciones y culturas distintas.

Claro que a tantísimos milenios vista, quién nos asegura que sigamos ocupando organismos vivos; ni siquiera robóticos o cibernéticos. Es posible que no necesitemos tampoco naves para trasladarnos de un lugar a otro del espacio. Quizás durante muchos años las precisemos, pero con el paso del tiempo nuestros descendientes descubran nuevas maneras de manipular el espaciotiempo para viajar. ¿Y qué hallazgos sobre el Universo habremos hecho!

A veces me pregunto por qué los terrícolas no dejamos ya de una vez por todas de perder el tiempo y salimos ahí fuera a explorarlo todo de una santa vez. ¿Por qué? Porque somos muchísimos y a muchísimos no les interesa para nada –o lo último de la cola- la exploración del Universo, pese a que tarde o temprano acabaremos aventurándonos en él. Es nuestro destino si antes no nos aniquilamos.

Solo hay dos impedimentos morales, las guerras y el hambre, para lanzarse de lleno. Y, ambas, en el fondo y sobre todo, dependen de la voluntad de las élites. O sea que no nos queda otra que de momento ir poco a poco, porque veo difícil acabar con las guerras a corto y medio plazo. 

viernes, 8 de mayo de 2020

El gato

Un mecánico habla en la puerta de su taller con un cliente:
-El día 17 de marzo abrimos, pero a media mañana, a medida que oía las noticias por la radio, le dije a [ininteligible]: “Eo, vamos cerrando, nos vamos para casa”.

Más adelante, en la acera, una persona mayor charla con otra:
-¡Que no es fácil, oye!, que el gobierno no lo hace tan mal, gobernar a todos sin que…

Y ya no capto nada más, porque subo cargado con el carrito y con bolsas de la compra por el medio de la calzada de mi calle, sin detenerme, aprovechando que es una de las 44 vías que el ayuntamiento ha cerrado al tráfico en Barcelona durante quince días. Por cierto, dos veces algún listillo ha retirado las vallas para que circularan los coches y dos veces, otro listillo –yo- las ha vuelto a colocar en su sitio.

Cuando pones el pie en la calle estas semanas es más fácil escuchar o participar en conversaciones que tengan que ver con el covid-19 que con cualquier otro asunto. Pero este jueves por primera vez en mucho tiempo ha sido diferente. Tras volver a colocar una valla en su sitio y cargado con la compra, me para una mujer con una lata de comida de gato en la mano, preocupada:
-Perdona, ¿has visto un gato?
-Ostras, no.
-Es que lo acabo de perder.

Por la tarde vi que habían enganchado varios carteles en postes y farolas por si alguien lo encontraba.


Salí a dar una vuelta con mis hijos cerca del Meiland, unos campos de futbol que se extienden bajo la Ronda de Dalt y la falda de la cordillera de Collserola. Me sorprendí al ver que han quitado la piscina a la que iba cuando era pequeño. Están haciendo obras, no sé si para mejorarla o porque construirán más campos de fútbol.

Quincuagésimo quinto día de confinamiento.

jueves, 7 de mayo de 2020

El criterio, de Jaime Balmes

El teólogo y filósofo Jaime Balmes defiende en su obra El Criterio que para enjuiciar y conducirse de manera correcta las personas debemos atender al conjunto de las facultades humanas, aprovechándonos de la fuerza de las pasiones, pero rigiéndolas con el raciocinio, que, a su vez, debe estar amparado por la religión. Aunque Balmes resume la tesis de su libro como acabo de señalar, otorgando importancia a todas las facetas del ser humano, lo cierto es que resta categoría a las emociones y las acusa de las veleidades del hombre; en ningún momento encumbra al sentir a criterio de guía. Y en esto difiero de su opinión. Para mí, las emociones pueden servir de faro para la conducta humana unas veces, como los valores tradicionales, la lógica más pura y el instinto en otras, o la mezcla de todas en la mayoría. El juicio debería de ser lo suficientemente flexible como para distinguir en cada caso determinado con qué pauta gobernar la acción. Y para mí, no siempre será un valor tradicional –amor al prójimo, por ejemplo-, el principio que dirija el acto. Debería de hacer lo adecuado y apropiado para mi bienestar, lo que me haga sentir en paz conmigo mismo, y, para conseguirlo, en algunas ocasiones haré caso a las emociones, pues señalarán qué reclama el organismo, tal y como observaba el psicólogo Carl Rogers. A veces, lo ético es tu cuerpo, no la razón o una ley terrenal o divina. Jaime Balmes alerta, no obstante, sobre el excesivo caso a la virtud como norma: “La virtud nos enseña el camino que debemos seguir, mas no se encarga de descubrirnos todos los lazos que en él podemos encontrar; esto es obra de la penetración, de la previsión, del buen juicio, es decir, de un entendimiento claro y atinado”. Es decir, que las ideas y las creencias no se transformen en mapas de acción inamovibles y dogmas de fe. En la senda de la vida tropezamos con bifurcaciones singulares y, por ello, debemos evaluar tales circunstancias concretas y sentir cómo responde nuestro cuerpo en su conjunto para elegir dirección adecuada. ‘No me salgo del sendero porque pisaría huertos que no son míos. Sigo caminando y me encuentro un fuego en el camino. No seré tan terco como para continuar recto; atravesaré los huertos ajenos’. Él mismo afirma que “las pasiones son a veces un auxiliar excelente”, aunque advierte con acierto del peligro de cegarse con ellas. Pero, ojo, Balmes, que la razón también yerra.

El ensayista explica cómo el mayor peligro no está en las pasiones desaforadas, sino en aquellos sentimientos que encandilan por su delicadeza. La venganza se cubre del manto de la justicia, la pereza de la necesidad de descanso, la cobardía de prudencia, la codicia de seguridad, el orgullo de dignidad, la ira del justo enojo, etc. El hombre, antes de considerarse malo, se hace hipócrita, sostiene el filósofo. Siempre y cuando aún le importe tender a un ideal, matizo. Balmes en muchas ocasiones compara pasión a maldad, cuando hoy en día esto no lo consideramos así. Las pasiones forman parte de nuestro cuerpo, nos dan información y nos preparan para la acción. Juzgarse por una pasión, reprimirla, es contraproducente porque el sentir no dejará de existir por ello, se acumulará, negaremos o bloquearemos una parte del ser. Es la conducta resultante la que puede a uno perjudicarle o beneficiarle, en función de cómo haya sido manifestada. Claro que no es lo mismo gestionar el sentimiento de orgullo, más racional, pero a veces sutil, que el estallido de ira, brutal y siempre fulgurante. Además, las emociones pueden complicarse; un orgullo herido puede desembocar en odio, resentimiento y una vida plagada de venganza. A veces, como digo, Balmes trata las pasiones como algo diabólico y etéreo, ajeno a la fisiología del ser humano. Pero las emociones, como el razonamiento, la intuición o los instintos, son reacciones al ambiente interno o externo que se fraguan en el cerebro y otros órganos y glándulas del cuerpo humano, y que junto a la razón nos ayudan a ser más eficaces, en palabras del psicólogo Leslie Greenberg. El neocórtex -área última y más evolucionada del cerebro- toma decisiones racionales, pero el sistema límbico –más primitivo- reacciona con una emoción milésimas o millonésimas de segundo antes que la corteza perciba el estímulo. Explican los científicos que esto es así porque el ser humano necesitaba en tiempos remotos actuar con rapidez para tener mayores posibilidades de sobrevivir a eventuales peligros. Si en el futuro cada vez hubiera menos amenazas inminentes para la integridad de los cuerpos físicos, los órganos que generan estas rápidas respuestas podrían atrofiarse y, con ello, parecernos todos más a los vulcanianos de Star Trek. Pero hoy en día nos tomamos muchos trances como afrentas de vida o muerte. Y el mundo es, con mucha probabilidad, más cambiante que nunca. Así que dudo que esto ocurra.

Desde antiguo conocemos el aforismo de ‘conocerse a uno mismo’ inscrito en el templo de Delfos de la antigua Grecia. Quizás el error, sin embargo, sea creer que podemos hacer desaparecer ciertos rasgos de nuestra personalidad. Conociéndolos podremos percibir cómo tiñen pensamientos y actitudes y así enjuiciar de manera más fría algunas situaciones. Esto costará más o menos, dependiendo de la fuerza de la pasión, del entrenamiento en el darse cuenta y de la atención que prestemos a la emoción. Balmes nos aconseja ayudarnos de las emociones agradables que resultan de doblegar violencias o de practicar el camino recto como recurso para lograr el comportamiento adecuado. Pero hay otros factores más “pedestres” que influyen o pueden influir en el estado de ánimo y en la reacción subsiguiente, condicionantes tales como el sueño, la abstinencia, el cansancio, las prisas, los quehaceres, el estrés, etc. Y los tiempos cambian. Antaño, para muchos, la sexualidad era pecaminosa.

Cuando el apologista propone unos consejos para atajar los accesos de ira, creo que cae en el error de muchos otros pensadores. A saber, analiza la situación desde la comodidad de un escritorio, y casi siempre intuyo que en el plano adulto, en conflicto entre personas adultas, quiero decir. Pero a Balmes, al Dalai Lama o a Gandhi, me gustaría verles tratar y/o convivir con niños y adolescentes difíciles. No es lo mismo atenuar un estallido de furia aislado, que conflictos que se dan cada dos por tres entre padres e hijos, adolescentes y adolescentes, maestros y alumnos, día sí y día también, varias veces al día, durante semanas, meses y años. Y no quiero decir que no lo hayan experimentado, sino que me gustaría observar cómo mantuvieron la serenidad, si es que lo lograron. Asimismo, a veces parece olvidar que no todos las personas poseemos las mismas cualidades de nacimiento. Habrá quien haya nacido con un temperamento apacible, otro impetuoso, un tercero risueño, uno más inteligente que otro, un cuarto talentoso en un área y pobre en otra, etc. Incluso unos más dotados que otros en la ingente tarea de conocerse a uno mismo. Por eso, estas afirmaciones sobre el conocimiento de uno mismo pueden ser cuestionadas, por demasiado generales: “Poco conocedor de sí mismo, sin formarse por lo común ideas bastante claras ni de la cualidad ni del alcance de sus fuerzas, creyéndose a veces más poderoso, a veces más débil de lo que es en realidad, encuéntrase con mucha frecuencia dudoso, perplejo, sin saber ni adónde va ni adónde ha de ir. Además, para él es a menudo un misterio qué es lo que le conviene; por manera que las dudas sobre sus fuerzas se aumentan con las dudas sobre su interés propio”. ¿Cuántos os habéis sentido identificados con estas líneas? Aunque hubierais sido muchos –que estaría por ver-, me parece a mí que estas impresiones a algunos nos vienen más a la cabeza en horas bajas, no son una constante que predomine en la vida. Pero cuando ocurren pueden ser profundas y quedar registradas a fuego en la memoria. El Criterio me recuerda a un libro de autoayuda. Y no es un desprecio que le hago. En el fondo, ¿qué son, si no, muchos libros de ética? Nietzsche, sin ir más lejos. Balmes ofrece consejos prácticos y eso me recuerda también a estoicos como Epicteto, Séneca o Marco Aurelio. Otro ejemplo, cuando con la ira el teólogo nos aconseja pensar en otros asuntos para dividir y desviar la atención sobre el motivo que nos genera cólera y así distraer a la mente de la causa que la ha precipitado.

Balmes nació en Vic en 1810 y murió 38 años después en la misma población. A punto estuvo de ser miembro de la Real Academia de la Lengua, pero falleció. Su conocimiento del alma humana hizo que en la Corte se lo rifaran. Se dedicó también a la física y a las matemáticas. Supongo que de ahí que en su obra no ningunee las ciencias como podría esperarse a veces -y juzgo bajo el yugo del prejuicio- de un teólogo. Que no las menosprecie no significa que nunca las critique: “¿Qué no descubrirá en los cuerpos celestes el astrónomo que maneja el telescopio no con ánimo reposado, sino con vivo deseo de probar una aserción aventurada con sobrada ligereza”. O cuando añade: “Dominado por su opinión favorita, ansioso de encontrar pruebas para sacar la verdadera, examina los objetos no para saber, sino para vencer”. Pero para ser honestos, en estos pasajes critica más al científico obnubilado que no a la ciencia en sí. Se podría aplicar también al periodista tales ideas, por aquella denuncia que reza: ‘Que la verdad no te estropee una buena noticia’. Ya que hablamos de periodistas, y perdonad la digresión, mencionaré otro apunte de Balmes que interesa al gremio sobre las fuentes anónimas. El autor argumenta que si ya una persona con nombre y apellidos puede mentir aun sabiendo que en el futuro le puedan atrapar en el embuste, qué no hará o manifestará alguien que se vea libre de juicio público por sus declaraciones.

Atentos a cómo diferencia vanidad de orgullo, aunque sean hermanas y a menudo se mezclen en un mismo carácter. Parece que sea una cuestión de grado, pero Balmes indaga hasta distinguirlas con claridad. El orgullo busca la superioridad, la vanidad, el halago, incluso la adulación. Para el teólogo, la vanidad, “como es una complacencia en la alabanza más bien que un sentimiento fuerte de superioridad, no ejerce sobre el entendimiento un influjo tan maléfico”. Pero creo que a veces es demasiado severo al juzgarlas. De hecho, aunque sea por pragmatismo, cuando más adelante en el libro propone instrumentos para combatir la pereza, recurre al placer de la gloria como estímulo para perseverar en el trabajo. Y el placer de la gloria, ¿no es un tipo de vanidad? El anhelo de gloria suministra placer, ergo energía y fuerzas, para evitar que abandonemos tareas fatigosas. Ahora bien, siempre que uno pueda, qué mejor que buscar la dicha en la misma acción, como nos instruye Spinoza. Es cierto que la soberbia la hallamos en cualquier humano: en el rico, en el pobre, en el sabio, en el ignorante, en el niño, en el anciano, etc. Entonces, ¿por qué un orgulloso se comporta así? Quizás en origen no haya más que un sentimiento de inferioridad, el no sentirse válido a no ser que se destaque en algún campo; el necesitar capas y trapos porque la persona desnuda no es suficiente valor, no es digna por ella misma, por el hecho de existir; el no saber quererse a uno mismo por ser tal como uno es, con su ignorancia y su falibilidad, en el temor a que se descubran esos supuestos defectos o debilidades. El falto de amor crea así, con distracciones, el ente orgulloso, pero en el fondo es otro pobre ser sufriente. “Eres digno de amor y estima solo por el hecho de ser persona”, podríamos inculcarle. Claro que también pueden existir orgullosos bien conocedores del alma humana que se vanaglorien solo para deslumbrar a quienes admiran tales fuegos de artificio. Pero en este caso hablaríamos de manipuladores. Y, oiga, que podemos ser orgullosos a ratos y soberbios por ignorancia.

Explica Jaime Balmes que entorpece la acción la vanidad al exagerar fortalezas y minusvalorar debilidades y la pusilanimidad al disminuir capacidades y habilidades y engrandecer flaquezas. No nos queda otra cuando esto ocurra que ser conscientes de que rumiamos o actuamos bajo el peso de la vanidad o la cobardía. Pero puede entenderse que seamos precavidos en ocasiones, sobre todo, ante novedades.

La inconstancia, para Balmes, es un sucedáneo de la pereza. La perseverancia y la fuerza de voluntad logran que nos apliquemos y profundicemos en una materia; en cambio, la inconstancia hace que nos dispersemos y que la mente picotee de aquí y de allá, porque para ello requiere menos esfuerzo. A su entender, la inconstancia impide que multitud de personas extraigan lo mejor de sí mismos y provoca que la sociedad avance a menor ritmo. Estamos ante lo mismo, hay quienes por temperamento poseen mayor resistencia al esfuerzo, o incluso otros que, tras largos años de fatigas sin frutos, caen en el nihilismo, en el para qué hacer nada. El esfuerzo cansa, duele. El sobreesfuerzo provocará aversión a sucesivas intentonas. Por eso, recurrir a Spinoza, qué mejor que buscar la dicha en la misma acción. Sea como sea, Balmes ataca a los inconstantes de esta guisa: las generalidades, la universalidad de conocimientos, el punto de vista holístico, está reservado solo a unas pocas mentes preclaras, el resto cree que sabiendo un poco de cada rama del saber conoce mucho y, en realidad, desconoce todo. Pero, como afirmaba Ortega y Gasset, también existe un riesgo en la suprema especialización y es el peligro de deducir que como somos reconocidos expertos en, pongamos por caso, economía, creeremos que sabemos con el mismo nivel de profundidad en otros campos del saber, como puedan ser la abogacía, la sociología o la pedagogía. (Dicho sea de paso, esta hipótesis de Ortega falla para materias como las matemáticas, la física o la química; ¿quién cuestiona una fórmula matemática, si no es otro matemático?) Para ser constantes podemos tirar de la gloria, aconseja Balmes, contradiciéndose a sí mismo cuando ataca la vanidad. ¿Pero importa mucho si al final gracias a la perseverancia nutrida de vanidad consigues un logro estimulante? ¿Haremos asco a un dulce? También habría “pecado” en ello. Todo dependerá de cómo hayas conseguido la meta. Atendamos en el proceder de la vida a un fragmento del poema Desiderata de Max Ehrman: “(…) sean cuales sean tus afanes y aspiraciones, en la ruidosa confusión de la vida, conserva la paz con tu propia alma”.

¿De qué depende la fuerza de voluntad? Así nos responde Balmes: “La idea es la luz que señala el camino; es más: es el punto luminoso que fascina, que atrae, que arrastra; el sentimiento es el impulso, es la fuerza que mueve, que lanza”. La fijeza de la idea y la fuerza del sentimiento dan energía y firmeza a la voluntad. Pero, para mí, existen otros dos factores decisivos previos. Primero, el buscar y encontrar un proyecto apasionante, ese “punto luminoso”. No es fácil descubrir o inventar un objeto que te embargue hasta el punto de soportar, si fuera necesario, el sufrimiento por su consecución -por el mero esfuerzo y cansancio que acarrea-, esperando del futuro placeres que compensen el dolor del presente. Y segundo, la creencia absoluta en lo que haces, pensar que vale la pena y que merecerá el esfuerzo aun no logrando coronas de laureles cuando alcances la meta. De nuevo Spinoza, perder de vista por un momento la finalidad y centrarse en el placer que genera la misma acción. Eso ayudará, la alegría en la acción. O, más coloquialmente, sarna con gusto no pica.

Esperar que nunca seamos pasto de errores y pasiones desbocadas que nos produzcan sufrimiento no solo es un error, sino que además nos generará daño adicional al comprobar cómo una y otra vez caemos cuando nos habíamos propuesto no volver a sucumbir. Así, Balmes advierte: “Entre dichos escollos debemos caminar siempre no con la esperanza de no dar jamás en ninguno de ellos, pero sí con la mira, con el deseo y la esperanza también de no estrellarnos hasta el punto de perecer”. Generar la expectativa de que podemos vivir exentos de sufrimiento generará más sufrimiento. ¿Quién no ha sufrido nunca? La cuestión es evaluar la intensidad, frecuencia y causas. Y, entre estas últimas, juzgar si son razonables. Eliminar por completo el sufrimiento es irreal, pero tratar de dilucidar qué sufrimiento es inevitable y cuál innecesario es posible y deseable. Pongamos por caso la ira. Nos enfadaremos, sí, perderemos los estribos, puede, lo ideal sería expresar de manera adecuada la furia, sin hacer daño a nadie ni a uno mismo ni a ningún objeto, sí, pero alguna vez puede que perdamos los papeles. Hay que tender a mejorar, pero la pasión volverá; quizás, la próxima vez sepamos canalizarla mejor y estallemos en el lugar y en el momento adecuados y de la forma y con la persona apropiadas, perjudicándonos lo menos posible y solucionando el embrollo de la mejor manera posible. Nos queda también la fortaleza de espíritu para soportar mejor los embates inevitables de dolor: “Alimenta la fortaleza de espíritu para que te proteja en los momentos de inesperada desventura”, de Max Ehrman, de nuevo. Y si nada de eso funciona, sufre, es lo que toca, ese sufrimiento es inevitable, hay que pasar el trago, con dignidad o sin ella. 

Balmes demuestra un gran conocimiento de las emociones humanas, de su variedad y mutabilidad, y que no siempre cambian debido a hondas transformaciones del estado de ánimo. El sueño, el cansancio, el calor, el hambre, una palabra, una mirada… pueden ser motivos más que suficientes: “No es más mudable e inconstante el mar azotado por los huracanes”. Pero el alma humana todavía es más compleja. Unas emociones pueden esconder otras. Como afirma el psicólogo Leslie Greenberg, sentimos enfado porque, en el fondo, estamos tristes, por ejemplo. O podemos abrigar emociones contrarias a un mismo tiempo: alegría por un ascenso el mismo día que despiden a un compañero.

Aún picotearé en El Criterio de Balmes, pero será en un artículo breve que publicaré pronto.